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Detrás del romance, Bécquer

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli, 29 de diciembre de 2017

Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía.

Gustavo Adolfo Bécquer

“Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”, dijo el poeta a las puertas de la muerte. Y había algo profético en esa observación suya que acompañó una petición al amigo Augusto Ferrán: “Si es posible, publicad mis versos…”.

Pero el día exacto del adiós aparente fueron dos sus últimas palabras: “Todo mortal”. Era el 22 de diciembre de 1870 y dicen que ese día hubo eclipse total de sol.

A 147 años de su muerte —recién cumplidos—, Gustavo Adolfo Bécquer se sabe más vivo que siempre.

Vienen sus Rimas y Leyendas a defender al poeta que late con cada arpegio. Llega su obra toda. Salen de las cartas —las que se publicaron y las que (pidió) quemara Ferrán, porque serían su “deshonra”— pretextos nuevos. Para poner la mejor tinta en el verso escrito y el recitado hacia adentro… Después de todo, le gustaba recordar a Lamertine repitiendo aquella frase: “la mejor poesía escrita es aquella que no se escribe”. Tal vez por eso —según voces de estudiosos— las Rimas son una postal de los versos que Gustavo Adolfo guardó para sí, o para sus musas.

No había alcanzado aún los cinco años cuando perdió al padre y recién estrenaba los once cuando la orfandad se hizo absoluta. A fuerza de los golpes de la vida, tuvo que aprender a ser hombre con la anticipación que un niño jamás espera.

Los libros se volvieron —con los años— una autoproscripción terapéutica en la biblioteca de su madrina. La lectura se hizo un saludable vicio, sin sospechar quizá que había nacido para que otros se deleitaran cuando lo leyeran. Para sanar con la palabra.

Aunque de cuna le venía la facilidad en los trazos, el Bécquer dibujante es un episodio de hobby, de desahogo, de otro tipo de terapia tal vez. Hijo del pintor José Domínguez Insausti —quien usaba la firma artística de José Domínguez Bécquer— y hermano del también pintor Valeriano Bécquer, el poeta quiso rubricar su obra con el honor de ese apellido. El nombre de bautismo, en cambio, era Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida.

La profecía de trascender con mayor calado después de la muerte, se cumplió. Resucitó así, con la publicación de sus mejores letras, el hombre que definió al amor con “un rayo de luna” y a la soledad con “el imperio de la conciencia”. Y la resurrección intelectual se debe —en buena medida— a la propuesta de su amigo y pintor José Casado del Alisal, de no dejar morir al poeta, a la salida de su funeral.

Se torna Bécquer el verso que desenvaina la sensibilidad frente a lo superfluo del ornamento. De traje sencillo viste su pluma para que luzca más elegante su poesía, para que fluyan más expeditos los sentimientos que le cuece el pecho.

Acuñan los más entendidos que a él y a Rosalía de Castro se debe el estreno real de la lírica moderna española. Le reconocen además, a Bécquer, cómo suscribió puentes con la poesía tradicional. Lo saben, incluso, una de las figuras más prominentes del Romanticismo.

Conmueve, de retorno, con una lírica que apuesta todo a su lado más intimista —de decir, de llegar, de conectar—; que le quita el envoltorio ampuloso a la palabra y deja al desnudo el sentimiento; que dice mucho más con solo lo necesario. Que fascina y alimenta.

Regresa el periodista, el narrador, el crítico. Se retrotrae del vórtice de la escritura con algún dibujo que va lanzando pinceladas desde adentro. Se burla de la tuberculosis que, se supone, lo llevó a un cementerio (y finalmente al Panteón de Sevillanos Ilustres). Tiene más  de los hijos que engendró, y más cátedra que esa que le permitieron. Y él se divierte, con humildad de poeta, de los poemas que germinaron cuando se le apagó la sonrisa aquel 22 de un diciembre incierto.

Insiste en desafiar a los rastreadores de poesía que creen —en ocasiones— al verso, muerto: “No digáis que, agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira: podrá no haber poetas…”.

Se voltea entonces hacia un libro que aspira a la imprenta o a destinos portátiles y se detiene a colocar el exergo: “La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. Apura el paso en dirección al banco desierto y obtura el universo detrás de la pantalla: se googlea complacido con los resultados de la búsqueda —ya tiene para responder con ironía a aquel augurio de “mal literato” que le lanzó su tío— y no desestima los nuevos formatos que han nacido con los años. Se relee a destiempo.

“Todo mortal” —repetiría Gustavo Adolfo a la distancia de 147 diciembres— se alegraría de saberse más vivo, a la vuelta de los siglos que le sucedieron. Revienta de un goce sano. Detona entonces las redes sociales con el selfie que dibuja el beso. A fin de cuentas “El alma que puede hablar con los ojos, también puede besar con la mirada”.

Y aparece, de cuando en cuando, en el examen (extraoficial) de Romanticismo de una estudiante —romántica y cubana— de Letras… Ella lo mira en los rastros de tiza que recitan lo prohibido en el pizarrón: “Por una mirada, un mundo; / por una sonrisa, un cielo; / por un beso… ¡Yo no sé / qué te diera por un beso!”

Todo le enciende y motiva. ¿Quién se atreve a negarle el regreso?

Muy pocos logran, en una vida entera, lo que Bécquer con apenas 34 febreros.