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Réquiem para un comienzo

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli, 01 de enero de 2018

Dónde va la vida,/ la vida de adentro, / la que va conmigo,/ la que está en mi sueños./
La vida que fluye/ de la que me invento, / la vida que esconde tantos sentimientos.

Raúl Paz

Hay un silencio en algún minuto cercano a la medianoche, como un oasis de paz en el epicentro de la algarabía. Hay un tramo de 31 que, para mí, vale lo que todo el calendario. Un minuto quizá que tiene el sortilegio de un trozo de tiempo mágico.

Y ese silencio disfrutable parece habérselas arreglado para convivir con la vorágine. Es el conteo regresivo que reproduce, a flashazos, todo lo vivido en las doce páginas —meses— que recién volteas. Y, a flashazos también, se descorchan los sentimientos todos. A flor de piel y de venas. Como una gran trenza que, por fin, alcanza las puntas; como el mar bañándole las orillas a la arena. O el tren desenfrenado que aspira a la estación donde acaba el viaje y el futuro comienza.

Es el punto exacto en que los extremos se entroncan, como si recién los vivieras: amor y desamor, fuerza y flaqueza, vida y muerte, alegría y tristeza. Idealismo y lo contrario, aunque aterrizar de vez en cuando duela.

Hay un pedazo del día primero —el primero de cada almanaque— que también vale el riesgo. Que satura de optimismo las maletas, que prende las ganas de desbordar lo bueno e inventar manantiales para que la sonrisa no se desdibuje. Para que no muera.

Ese es el minuto otro: el de reinventarse y decidir. El de la vocación del timonel que ancla la mirada en las cosas buenas. Las malas —ya sufridas— quisiera dejarlas en la página recién volteada, para que el dolor no vuelva. O hacer, de ese dolor, un horizonte y una meta nueva.

Pero esos dos trozos de días suelen ser también los más difíciles: los de ida o vuelta. Los de filtrar las lecciones de vida. Los de tomar las riendas. Los de ser —¡al fin!—ese tú que se quedó recostado, con resaca de no haber sido, en una butaca cualquiera. Los de ser, verdaderamente, tú.

El conteo regresivo, entre diciembre y enero, se vuelve entonces el papelógrafo de los grandes proyectos que despuntan las ideas. Y el arquitecto dormido en algún ángulo de tu ser viene a despertarte las ilusiones inermes… las que la vorágine postergó por la urgencia de los imprevistos. Esa parte de ti que quisiste atizar y lanzar de bruces al vacío… esa parte de ti que, por alguna sinrazón, conoció en cambio las fronteras geográficas de una gaveta.

No es sencillo volver a empezar, pero es lo que cuenta. Al final, ¿qué es la vida, si no el ensarte sucesivo de reinicios, el trastornar y rehacer de maletas? Porque definitivamente no hay Alfa que subsista sin Omega.

Pitágoras de Samos le hizo un retrato al comienzo en el que puede leerse un pie de foto: “El principio es la mitad del todo”. Y la frase hace coros al oído: El principio es la mitad… El principio… Todo. Y llegó lejos, paso a paso, este Pitágoras.

Lo peor no es la duda antes del paso inicial, es el pretexto cuajado para no darlo. Cansadas de la hipérbole de tanto dejar “para mañana”, las buenas oportunidades terminan siendo estrellas fugaces que apenas alcanzan a ver los ojos de los pesimistas, los ojos de los que no se atreven a arriesgar.

Y palpitan—válidas— las preguntas en la primera escalada. Sobre todo las de esa canción que trasciende a la telenovela. Las que se cuestionan “Dónde va la vida,/ la vida que impone, / la vida castigo por estar debajo de las decisiones. / La pequeña vida, / la que nadie mira, / la que te confunde, / la que no termina”.

Y las que por alguna razón, vuelven a repensarse con la incógnita de “Dónde está la vida,/ la que nos gastamos/ la que merecemos, / la que nos debemos, / la que nos confiaron. / La vida que vuelve/ sin dejarnos vida, / la vida del otro, / que es también mi vida”.

Hoy quizá, sea el mejor momento para brindar por ti, para levantarte con mil ideas de hacer que cada página del 2018 cuente. Para hacer ese viaje que la urgencia dejó “para luego”: el de vivir,  de verdad, tu propia vida. Como si ahora mismo amaneciera en tu ventana y el sol, cansado de salir  por el lugar de siempre, estuviera compartiendo contigo la misma sábana. Como si volver a empezar.
 

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