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Cien años de un Nobel que no se dio

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli, 03 de enero de 2018

Antes de usar balas, disparo con palabras.
Calle 13

Entre los daneses Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan —1917—, y el suizo Carl Spitteler —1919— hay un vacío catapultado por la guerra. El mismo que hubo antes entre Rabindranath Tagore y Romain Rolland. El vacío del Nobel de Literatura que no se dio.

Y este 2018 evoca un siglo ya del segundo de los seis años (1914, 1918, 1940, 1941, 1942 y 1943) en que las balas han dejado desiertas las letras. O lo que es igual, cien años del premio que no se otorgó. Como quien recuerda lo que el odio puede cuando el amor se posterga; cuando hablando —o escribiendo— la gente no llega a entenderse y pretende resolverlo todo abriendo la herida que después no cierra.

En total han sido siete los años del “no” para el Nobel literario, de 1901 al 2017. Y, de ellos, los seis debido a la (absurda) causa de las dos guerras mundiales se postulan como un gran y mal average en la historia de vida de cualquier premio.

Quizá pudo ser ese el año de Tolstói, quien murió cuando ya la Academia Sueca andaba repartiendo sus galardones… Esa voz que en Guerra y Paz juega, desde el título mismo, con la fuerza y el simbolismo de dos palabras homónimas en ruso: paz y mundo… Subrayando la guerra cual antónimo de ambas, que es decir todo lo contrario a la vida. Curiosamente, a partir del propio 1918, la reforma en la ortografía rusa legitimó igual escritura para paz y mundo… Y Tolstói sigue mereciendo, desde la espera, el cetro.

Pudo ser, también, el gran año de Rubén Darío, el nicaragüense que se fue de esta vida dos calendarios después de iniciada la Primera Guerra Mundial y la misma cifra antes de que terminara. En el epicentro de los dos primeros Nobel de Literatura desiertos. El poeta de un Azul encendiendo lo bueno; el iniciador y mejor múltiplo del Modernismo hispanoamericano, el modernismo nuestro.

Pudo, a lo mejor, despuntar entonces la llegada del pionero de esos lauros para las letras cubanas. Y hubiera nacido así la crónica de la felicidad desde un pedazo de tierra al que, además del agua, le bordean su anatomía generaciones  de grandes plumas y de obras cimeras.

Lo peor es la incertidumbre de lo que pudo ser, en nombre del amor y de la inteligencia; la incertidumbre arrebatada por la certeza y deshumanización que llega con una guerra. La de vivir con la frustración lanzándote cada día hacia una ventana y la ventana, con el dedo índice, invitándote al vacío; la que bombardea familias y naciones enteras. La que destruye la creatividad edificada y destierra lo fértil para ¿quién sabe qué tierra?

Sin embargo, lo que pudo ser… no fue. Y hay un drama de la desesperanza que grita desde ese espacio sin autor ni obra en la lista de la Academia Sueca; que le restriega su existencia a la crónica de la felicidad… pospuesta.

Para el belicismo no hay justificación, solo ambiciones disfrazadas de pretextos: repartirse el mundo como si la diplomacia se resolviera en una mesa de monopoly —pero a tiros, jugándose otras fichas—; destronar la coexistencia de un modelo diferente en un mundo “diseñado” para el unilateralismo de un puñado capitalista; quimeras fétidas de oros (metálicos y negros)...  Y cuanta ambición superflua quepa en una cuartilla… para hacerle las veces de prólogo al conflicto. Para agujerearle el pecho, de nuevo, a la inteligencia.

La palabra —la literatura toda— puede, en cambio, lo que no se atreve a conquistar la guerra. Puede devolver la fe quebrada por un impacto de bala, la ilusión rota y la sensibilidad dinamitada. Responde a la destrucción con ciudades reverdecidas desde la cultura; cicatriza con otra pólvora que proyectan las ideas; regenera los tejidos que la ignorancia desgarró “a siniestra”. Cuando el primer jueves de octubre, como es hábito (o en alguna fecha cercana), la Academia Sueca entregue su veredicto, habrá cerrado sus cuentas el siglo que se abrió con aquel 1918 en que ganó el silencio. Y habrá que despojarse del pesimismo que le frena las ganas al futuro, sin negar la relectura de moralejas a la vuelta de ese tiempo. Habrá que parirle nuevas esperanzas de orgullo —de crear, de respetar, de resistir a pie de letra— a la literatura universal, en aras de imprimirle fuerzas frescas al orgullo otro que llega con un Nobel.

La única guerra que podemos permitirnos es la de no sucumbir, pacíficamente, a la mordaza que calla el sentimiento. La guerra que se libra individuo adentro. Y el único armisticio aborrecible sería —en este conflicto permisible— el de desarmar (sin razón) el criterio, el de la ética y la moralidad socavadas, el de la verdad (y la vida) colapsándose por el despeñadero.