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Fronteras con el otro mundo

Alberto Garrandés, 09 de enero de 2018

Pensemos en esta anomalía: cuando un ideograma fuerte se articula con otro ideograma fuerte, lo que la mente del lector/espectador ve o lee es un tercer ideograma. Sin embargo, se trata básicamente de una imagen lingüística sin materia comprobable, y, aun así, dicha imagen existe en un territorio dominado por la visibilidad interior.

En ciertos escritores ligados al panóptico y su conceptualización (visión alerta y a la redonda), el diálogo con/sobre el mal y sus rejuegos y expresiones puede conducir a la escritura reflexiva, o a la escritura no reflexiva. Aunque se trata de un mero esquema, podría asegurar que la primera está atravesada por la contemplación y los juicios, mientras que la segunda se aposenta en la descripción y deja que los hechos fluyan y hablen. Ambas se inscriben en una especie de trazo fosforescente, pues se apoderan de enérgicas metáforas visuales.

He aquí Díptico de medianoche, un libro escrito a cuatro manos, pero donde los espacios/comarcas son dos y se encuentran bien definidos. El paraje donde muevo mis metáforas se titula Midnight Rambler, como aquella canción épica y afantasmada (una suite, en definitiva) de The Rolling Stones. La región de Jesús Lara Sotelo se llama Ayyavazhi, palabra que nos remite, desde el hinduismo, a las verdades del Padre, o los juicios originarios como camino.

Según puedo entender, este libro (un díptico, como reza el título, situado en la frontera del mundo invisible cuando este penetra en lo visible) constituye un intercambio entre esas dos escrituras.

Jesús Lara Sotelo es una intensidad cultural como muy pocas (casi ninguna) en Cuba. Ya lo sabíamos quienes conocemos su trayectoria: pinta, graba, esculpe, diseña, hace cerámicas y fotografías, prepara instalaciones, compone música y escribe textos poemáticos. Yo, por mi parte, podría decir que tengo, en el arte, un pretérito que no me abandona. Fui, como he dicho en otras partes, un pintor. Pero me convertí en escritor y ahora sigo pintando, pero de otra manera.

Estos textos de Lara parten de la idea del mal (sus formas evidentes, sus huellas, sus indicios en el bien, o la corrosión que ocasionan sin darnos cuenta) y se expanden, como suele hacer en sus libros, hacia otros estratos de la realidad. Quien modula el poema en prosa con lo aforístico, lo sentencioso y el aliento de la crónica meditativa, no puede sino repartir su yo. Así obra Lara. Y regresa a su punto de partida teniendo al frente el paisaje (una estampa posible) del mal en tanto Gran Juego del Mundo.

Mis textos regresan al cuerpo, la historia, los mitos de la cultura, las obsesiones del amor, y narran breves historias hiperestésicas que intentan constituirse en estocadas desautomatizadoras de la percepción. (Una vez me dijeron que yo pinto mis novelas. Lara, creo, escribe algunas de sus obras visuales.)

Aparte de ser un privilegio colocarme, con él, en este escenario múltiple, la experiencia de hacerlo deviene toda una aventura. Esperamos a la medianoche, nos pusimos a trabajar y ahora tenemos un díptico inscrito en la interpelación de la cultura y en el hoy, pero también en las fábulas que nos arrastran al contexto en que vivimos.