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Detrás del velo de una historia de guerra

Elaine Vilar Madruga, 09 de enero de 2018

Para muchos, el nombre de Daniel Burguet es solo una vestidura, un disfraz que engloba el cuerpo del más conocido personaje de este joven autor: el Señor Muerte, actante que no es distopía ni cuadro fantástico, ni alter ego, sino que se encuentra a mitad de camino entre el seudónimo y la identidad. Daniel Burguet es, quizás, una de las voces más versátiles de nuestro patio literario. Es capaz de cultivar, con igual éxito, textos que abundan en las junturas de géneros como la ciencia ficción, la fantasía y el humor. Tiene la habilidad de gestar una escritura híbrida y liminal, esa que nace justo en el tuétano de las fronteras, en las encrucijadas genéricas. "Una historia belicosa", el cuento que hoy presentamos, nos permitirá ilustrar estas afirmaciones.

Partiendo de un principio fantástico —que es la coordenada temática, la columna/iceberg que circunvala a "Una historia belicosa"—, este texto nace muy cercano a la ucronía, solo que no abunda en detalles, no va directamente hacia la vertebralidad que permitiría justificar mejor la presencia de este subgénero de la ciencia ficción dentro de la textualidad. No obstante, sí se percibe su presencia a través de las breves pinceladas de sentido que los narradores personajes y sus múltiples visiones de la realidad dejan como testimonio. Es un testimonio que asume diferentes formas: la carta, el manuscrito encontrado, el diálogo con evidente influjo dramatúrgico, el fragmento de diario de campaña, incluso el monólogo interior.

Como primera verdad, afirmaremos: la columna fantástica que sostiene este texto es la ucronía. Daniel, al parecer, según las trazas textuales que nos deja —migajas en el camino del cuento—, elige uno de los giros históricos que más se ha utilizado para dinamitar el camino conocido de la historia. Philip K. Dick y su novela El hombre en el alto castillo (The Man in the High Castle, 1962, ganadora del Premio Hugo en 1963) son quizás los referentes más cercanos que nuestros lectores podrán reconocer tanto por su versión literaria como por su más reciente adaptación televisiva homónima. Daniel coincide con Philip K. Dick al estructurar su narrativa en un mundo donde los nazis han vencido en la II Guerra Mundial y desplazado, así, el orden político conocido; aunque, como ya hemos detallado anteriormente, para nuestro joven autor este es solo un detalle, una vuelta de tuerca más, una estructuración y pretexto para los acontecimientos de su cuento.

Porque esta historia, lector, es antes que nada un divertimento, un juego lúdico: sin perder los ciertos valores literarios que posee, su principal cualidad radica en la capacidad de hacer un humor inteligente, despojado de pedantería, que elude por momentos el chiste fácil y se concentra en otros tuétanos más jugosos. Sin dudas, Daniel conoce el género y nada en sus aguas con soltura de profesional. Hay, sí, parodia de la vida en los campamentos de batalla y de la existencia que los camaradas de guerra comparte; hay cierta carnavalización de la última noche —heroica— de un pelotón suicida que marcha a una misión casi imposible. En torno al testimonio de estos hombres que buscan a la muerte, en torno a esta salutación final que abunda en los pensamientos más enterrados y, hasta cierto punto, reprimidos en los actantes es que se construye no solo la historia, sino también los personajes que la pueblan. Advertiré que no son actantes nacidos de la nada, soldaditos de plomo que solo tienen un presente narrativo —ni pasado ni futuro—, ya que Daniel evita con habilidad la caja cerrada, el espacio constreñido, la claustrofobia textual.

No pretenderé que mi oficio es el de pitonisa ni escribiré una ucronía bajo la forma de reseña: sin embargo, creo que Daniel Burguet pronto perseguirá objetivos textuales más ambiciosos. El humor negro y la parodia, sus conocimientos de la fantasía y de la correcta articulación de las historias le hacen capaz de alcanzar nuevos peldaños evolutivos en su trabajo como narrador; peldaños que no sustituirán su capacidad para lo lúdico, sino que le otorgarán mayores honduras escriturales y un seguimiento realmente medular de los géneros que ha elegido para dar cuerpo a su verdad como autor.

                                    9 de enero del 2018

 

                               

Daniel Burguet. (La Habana, 1989). Egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Miembro de la Asociación de Hermanos Saíz (AHS). Ha publicado en revistas como La Jiribilla, Korad y El Cuentero. Entre sus reconocimientos se encuentran: Premio Luis Rogelio Nogueras, 2017; mención en el concurso David 2016, en la categoría de Novela;  Premio Aquelarre a mejor libro, 2016; mención especial en el concurso David 2016, en la categoría de Ciencia Ficción; Premio César Galeano, 2014, entre otros.

 

 

Una historia belicosa

19 de Abril de 1948. Cuartel principal del Oriente

 

Del diario de José Luis Bárcenas.

Hoy mataron al gordo Piquera. Le dieron cuatro tiros en la barriga. Se tiró delante de los argentinos para que no pudieran matar al capitán. Jodidos argentinos fascistas. Cuando Alemania arrasó con los soviéticos, fueron los primeros en unirse a Hitler. Dicen que el Führer quiere poner un chiquero aquí en Cuba. Van a tener que matarnos a todos para eso, aunque no lo veo muy lejos. Mañana tenemos que tomar la playa y quedamos muy pocos. El capitán nos impulsa mucho, nos da tremendos ánimos, pero no creo que podamos contra dos regimientos de argentinos.
Ahora estoy acostado en la litera, con Gzegozewski en la de arriba, fumando como un tren. Ese no para de fumar e insultar a la gente en ruso. Casi todos estamos escribiendo o haciendo algo, menos él. Solo fuma. Algunos están haciendo cartas a sus familiares. Yo no tengo a quien escribirle cartas. Cuando empezó la guerra y bombardearon La Habana me mataron a todo el mundo. A los viejos, a mi hermana, al cuñado. El instituto lo bombardearon también. Me quedé con ganas de seguir estudiando. Si salgo vivo voy a terminar el bachillerato.
Y si salgo vivo le voy a dar un beso en la boca al capitán. No me va a dar pena. No voy a seguir aparentando que no me gusta. Y que se ponga bravo quien se ponga bravo. Desde que Clavel me lo dijo, descubrí que es verdad; que es imposible no amar al capitán Ubaldo. Y esa voz que tiene tan fuerte, y esa manera de caminar y dar órdenes. En este tiempo que llevo bajo su mando, he fantaseado tanto en verlo mientras se cambia, o ayudarlo en el baño. Ya no me va a dar más pena. Si mañana salgo vivo que se entere todo el mundo: amo al capitán Ubaldo.

 

Carta de Gustavo Clavel

A Sandra:

Loquilla. Te escribo a ti porque eres más que mi familia, eres mi alma gemela. La guerra es un asco. He visto tanto hombre muerto que me han dejado de gustar. Mañana tomamos un manglar insoportable, lleno de mosquitos, donde los argentinos pusieron cuartel. Debemos expulsarlos cueste lo que cueste. Somos un buchito contra una pila de gente, tengo miedo. Llevamos cinco días en esto y para mañana nos pidieron el esfuerzo máximo. Me parece que no vamos a salir vivos. En mi pelotón solo quedamos ocho de treinta y cinco que empezamos. Tal vez sea esta mi última carta.

Te voy a hablar como nunca lo he hecho por cartas. Siempre tuve miedo a que las revisaran y embarcarme. Te cuento que me gusta el capitán de nuestro pelotón. Es un ángel.
Prefiero que me maten a mí, a tener que verlo mañana hecho pedazos por culpa de una bomba, o que lo capturen para torturarlo. No lo soportaría. Es que tiene un magnetismo, una manera de atraer a la gente. Es tan puro, tan buen mozo, tan especial.
Sueño mucho con él. Cuando se paró a hablarnos por primera vez me temblaron las piernas y me dio ese pálpito en la barriga, del que tanto me habías hablado. Me pasó, loquilla. Y esa noche soñé con el capitán, y a la noche siguiente. Y estuve un mes volviéndome loco, sin saber qué me pasaba. Hasta que vi a Giraldo mirándolo también.
A Giraldo lo habían traído esa mañana de otra compañía. Se pasó toda la hora de almuerzo contándole a Bárcenas y a Piquera de las mujeres que se había “cepillado”. Tremendo especulador. Cuando el capitán salió a dar las indicaciones de la tarde, Giraldo se quedó bobo, tieso como una estatua, atento a cada paso, cada palabra. Tocándolo con la mirada. Ahí me di cuenta que no era un problema mío, ni de Giraldo. Es que el capitán le gustaba a todo el mundo.
Después de la comida, cuando estábamos reunidos, le pregunté a Giraldo que si a él le gustaba el capitán. Se puso muy mal, empezó a decirme “cherna” y “pato”. Yo le dije que daba igual, que no lo consideraba maricón a él, pero que admitiera que le gustaba el capitán. Como a todos.
Ahí saltó Remigio, un guajiro cerrero que hay en el pelotón. Es un viejo pero está fortísimo. Me empezó a caer a piñazos y hubo que aguantarlo. Para qué contarte, loquilla; me dejó hecho un asco. Después me pidió disculpas, pero igual me dejó hecho un asco. De poco le valieron los piñazos, él también tuvo que confesar que le gustaba. Que había soñado con él, con abrazarlo y sentir sus besos.
El gordo Piquera se echó a llorar, supongo que de alivio. Imagínate que él era el ordenanza. Pobre gordo, hoy lo mataron por la mañana defendiendo al capitán. Aquella noche, todos dormimos más aliviados.
Ese ha sido mi secreto, el secreto de todo el pelotón. Queremos tanto a Ubaldo. Supongo que por eso peleamos tan fuerte, y no nos dejamos matar. Tampoco queremos unirnos con otro pelotón, o dejar que nos entre gente nueva.
Nos han condecorado, cuatro veces, como el pelotón más aguerrido y temerario de todo el ejército. Te lo imaginas, los más temerarios, una panda de homosexuales reprimidos que no se dejan matar porque dejarían de ver a su jefe.
Mañana tal vez me maten. Mañana tal vez deje de verlo por siempre. Eso me duele en el alma. Que a mi capitán, nuestro capitán, lo maten.
Si estuvieras al lado mío seguro me dirías que le confesara todo. Que lo amo, que me tiene loco y que no paro de soñar con él. Pero no puedo, me falta valor. Además, prometimos en el pelotón que nadie diría nada.
Tengo ganas de hacer el amor con él, de poder sentir su cuerpo.
Tú siempre has sido muy atrevida. Si estuvieras aquí, tal vez me empujarías a sus brazos. O serías capaz de secuestrarlo para dejar que yo lo bese, o lo viole.
Qué rico sería poder tener al capitán amarrado, y poder besarlo, y hacerle el amor.
No es mala idea, loquilla… No es mala idea. Amarrarlo con la barraca a oscuras; y besarlo y sentir, al fin, su piel bajo mis labios. No puedo más de la excitación. Se lo voy a comentar a Carmenate a ver qué me dice.
Por siempre…
                                                                                              Tu Clavel.

 

Del diario de Remigio Antúnez

Al capitán casi lo matan hoy por culpa de Víctor. Se puso a comer mierda con un argentino y no se dio cuenta que se habían quedado en primera línea, solos. Menos mal que Piquera salió del parapeto, fue corriendo hasta allá, y se metió delante del capitán. Nunca había visto al gordo correr tanto. Ese sí que quería al capitán. Clavel se moría de envidia cada vez que veía a Piquera limpiarle las botas, o lavarle el uniforme. Clavel siempre ha querido el puesto de ordenanza. Si sobrevive mañana creo que lo va a pedir. Y quién no quisiera serlo, para poder estar un poco más cerca de él. Yo al principio no quería admitir que me gustaba, y me fajé una vez a los piñazos con Clavel cuando dijo que el capitán le gustaba a todo el mundo. Yo no le creía. Que mariconería era esa. ¡A mí me gustan las mujeres, coño! Las mujeres… y el capitán.
Lo que piensan hacer esta gente es una locura. Ya casi todos están de acuerdo y me parece una locura. Eso fue idea de Clavel, seguro que fue de él. Tan pervertido como siempre. Carmenate vino a hablar conmigo. Me dijo que se lo va a proponer a todo el mundo, pero él sabe que el más terco soy yo. Que me daba un tiempo para que lo pensara.
Lo que me faltaba, carajo. En parte quiero, es que el capitán me gusta mucho y tal vez todos muramos mañana. En parte no quiero, me da pena con el pobre muchacho.
Además, me siento como un viejo verde. Yo que he templado tanto, que he visto tanta teta y tanto culo, y venirme a volver loco ahora por el capitán, que es un chiquillo. Cojones, por qué me viene a pasar esto ahora, a los cincuenta y cinco... No es que quisiera que me pasara antes, pero tampoco ahora. Ojalá que nunca. Ojalá que los alemanes no hubieran ganado en Europa, que los argentinos no se les unieran, que no invadieran La Habana, que no me reclutaran para esta puñetera guerra.
Tuve que decirle que sí a Carmenate. En el fondo, yo sí quiero.


Conversación al pie de la Litera

Gustavo Clavel:  Y lo vamos a amarrar al final, al lado de los baños, cuando vaya a apagar la luz. Pero esperamos a que la apague, para cogerlo  desprevenido.

Franklin Carmenate: Vamos a hacerle de todos. El primero va a ser Clavel, que fue el de la idea, pero cada cual que participe puede hacer algo, en turno, claro está.

Jorge Luis Bárcenas: Caballero, esto me parece una locura. Coger al pobre capitán desprevenido es un abuso. Que somos ocho, ocho para él. Quizá somos pocos para los argentinos, pero para él somos muchos. Piénsenlo bien.

Gustavo Clavel:  ¿Y a ti no te gustaría? ¿Me vas a decir que a ti no te gustaría? Vamos, muchachito, no te me hagas el macho, que yo sé que estás loquito por toquetearlo. Si tú no le quitas los ojos de arriba.

Víctor Gzegozewski: (Risa sardónica.)

Gustavo Clavel:  Y tú, rusito. No me vas a decir ahora que tampoco te gusta el capitán. Que no quieres aunque sea darle un beso.

Victor Gzegozewski: (Sádico.) Y otras cosas más.

Jorge Luis Bárcenas: Pero miren para allá, caballero. Miren qué tranquilo escribe el capitán. Él nos tiene tremendo afecto. Imagínense qué va a pensar de nosotros si lo amarramos para toquetearlo. Capaz de que se suicide, o peor, que nos hagan una corte marcial por agredir a un superior.

Gustavo Clavel:  Mejor si se suicida, mejor. Seríamos los últimos en tocarlo. En amarlo. Sería hasta romántico. Pero tenemos que ser todos, no puede quedar ni uno. Si no, esto se jode. Piensen que mañana todos vamos a estar muertos. No importa lo que pase hoy.

Franklin Carmenate: Dime, ruso, ¿te unes? Tú eres el tipo para amarrarlo. Eres rapidísimo con eso.

Victor Gzegozewski: (Afirma con un movimiento de la cabeza).

Jorge Luis Bárcenas: Todavía tenemos que convencer a los demás. Y a Giraldo y a Remigio, que tú sabes como son.

Franklin Carmenate: Ya hablé con el viejo y me dijo que sí. Y tranquilos, que a Giraldo yo lo convenzo.

Gustavo Clavel: Entonces qué. ¿Cuándo apague la luz lo cogemos?

Jorge Luis Bárcenas: Sí… cuando apague la luz.


 

En la cabeza de Giraldo Petraforte

¿Qué cojones se traerán esos cuatro? Llevan hablando casi una hora en la litera de Bárcenas. Algo irán a hacer. Están con Clavel, seguro hablando de mariconadas de las que habla Clavel; que si le gusta el capi, que si lo vuelve loco. Maricón. Y lo peor es que nos ha vuelto maricones a todos. Cojones. Si no hubiera conocido al capitán, no me hubieran pasado pensamientos cochinos por la cabeza.
Tú nunca has pensado en tirarte a un hombre. Eso es culpa de Clavel. De Clavel y del mariconsón del capitán. Seguro que es maricón, un enfermo, si no cómo coño va a lograr que te gustara tanto. Carajo, que solo tuve que verlo una vez, una vez, para empezar a babearme. Qué carajo tiene ese tipo que a todo el mundo le gusta. No es porque estemos en la guerra, ni porque seamos todos maricones; es que el capitán tiene algo que cuando se le mira bien, todo el mundo se queda enamorado. Coño, que hasta el coronel lo mira raro. Seguro que le gusta también.
Ay, coño… que yo nunca me he enamorado de nadie, nunca, nunca. Cómo me voy a enamorar de un tipo. No, cojones, no... Mañana te matan, tranquilo que mañana te matan y todo esto se va a acabar.
Piquera se dejó matar por su amor al capitán. Se tiró delante de las balas.
¿Ese tipo qué tiene? ¿Cómo hace? Me dan unas ganas de pasármelo por la piedra.
¡Pero qué carajo estás diciendo!... ¡que cochinada es esa!
Sí, si me lo paso por la piedra una vez, seguro se me quitan las ganas. Una sola vez y se me quitan las ganas, y me vuelven a gustar las mujeres. Nunca te han dejado de gustar las mujeres. Si me lo cepillo una vez seguro que se me quitan las ganas. Seguro. Estos cuatro están en algo. Carmenate viene caminando hacia acá. Deja ver qué quiere. Tengo unas ganas de cepillarme al capitán...


 

Carta del capitán Ubaldo Oramas

Clara:

Amor, el destino es dueño y decidirá si esta es mi última carta o no. Mañana vamos a la primera línea de combate contra los argentinos. Tienen tomada casi toda la costa sur de Oriente. Debemos tratar de expulsarlos, al menos de este pedazo de tierra que nos ha tocado defender. Del pelotón con que comenzamos la campaña, solo me quedan ocho hombres. Por la mañana éramos nueve, pero mataron a mi ordenanza, un muchacho noble y obeso que estuvo dispuesto a dar su vida por mí.
No voy a olvidar, mientras me quede memoria, a Luis Piquera saltando delante de los argentinos para darme tiempo a correr.
Cuando llegué a la trinchera, los hombres hicieron una bulla de la alegría. Hasta Remigio, un guajiro viejo y huraño que tenemos en el pelotón, me abrazó llorando y me dio un beso en la frente. Me imagino que se sienta como un padre para conmigo.
Carmenate, que es tan serio, estuvo abrazándome y gimoteando un rato. Tuve que pedirle de favor que se tranquilizara. Y Clavel, de quien te he contado ya, no paraba de llorar en una esquina. Los hombres me tienen afecto, se les nota.
Estos años de guerra nos han unido como a familia.
Hoy en la tarde se hizo una reunión para determinar lo de mañana. El coronel, cuando terminó la reunión, me pidió que me quedara en la oficina. Me abrazó fuerte y me pidió disculpas. Me dijo que no había sido decisión de él mandarnos a la primera línea, a esa misión que todos saben es suicida, pero necesaria. Me regaló su pistola y me volvió a abrazar. Cuando me despedí, él tenía los ojos aguados. Me siento bien por haberme ganado el cariño y la estima de un hombre tan admirable como el coronel.
El Ruso y Clavel están ahora al final del cuartel, al lado de los interruptores, fumando. Me da lástima por ellos, por todos en general, que mañana van a una muerte segura y yo los dirijo hacia ella. Esta es su última noche. Cuántas cosas no les pasarán por la cabeza. Nunca sabré.
Cariño, no me olvides que yo, incluso muerto, no te olvidaré.
La noche ha avanzado. Voy a apagar las luces para que los hombres descansen un poco.
 

Eternamente,

Ubaldo.


 

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