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Mella y Tina, el precio de querer “tempestuosamente”

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli, 10 de enero de 2018

Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.
Pablo Neruda

 
Hay una carta desnudando el suspiro con algún que otro verbo, orquestando una tempestad en el pecho de él… volviéndose sismo en el alma de ella.

Ese encuentro del joven fornido —el Tigre codiciado entre bellos rostros de habaneras— con aquella italiana que se negó a quedarse atrapada en el cuerpo de una estrella hollywoodense, conectó algo más que miradas en las oficinas de un periódico. Y empezó a escribir, de tensiones en intensidades, uno de los viejos y más lindos amores entre Cuba e Italia. Pero desde México.

Mia cara Tinissima (Mi querida Tinísima). Así comienza a hablar esa carta. La destinataria es Assunta Adelaide Luigia Modotti Mondini, una de las más entrañables hijas del Udine, en las proximidades de Venezia.

Y Julio justifica la imprudencia de un telegrama con unas líneas en las que libra su mejor combate, con el alma hecha palabra: “estás acostumbrada a llenarte de asombro por todo lo que hay entre nosotros. Como si fuera el crimen más grande el que cometemos al amarnos. Sin embargo, nada más justo, natural y necesario para nuestras vidas”. Le recuerda el joven de hermosura completa a la dueña de ese rostro que le hace eco en la mirada y le taladra el deseo.

“Tu figura no se me borrado en todo el trayecto”. Y la persecución del ansia encuentra lo mutuo, cuando más intenso se hace el sentimiento.

“Todavía te veo de luto, traje y espíritu, dándome el último saludo y como queriendo venir hacia mí. Tus palabras también las tengo acariciándome el oído. Y cuando llegué al trópico, y comenzó el festín del calor, con la selva y el cielo azul, ya sabes que me parecía ver en cada espesura su complemento: aquella espalda con aquel pelo negro, suelto como una bandera, que era mi consuelo al no poder verte”. Le susurra él, desde una separación que le duele muy dentro.

Ella lo lee palpando el corazón roto por las millas que se franquearon en medio: “He pensado con demasiado dolor en estos días y hoy tengo todavía abiertas las heridas que me ha producido esta separación, la más dolorosa de mi vida. Si ya te has serenado, escribe. Pon un poco de paz en mi espíritu. Cada vez que pienso en mi situación, me parece que estoy en la entrada de un cementerio. Te quiero, serio, tempestuosamente. Como algo definitivo. Tú dices que me quieres igual a mí. Si solucionamos esto, tengo la convicción de que nuestra vida va a ser algo fecundo y grande”.

La declaración del hombre que ha encarado ya a un dictador y le ha escupido mil verdades a su gobierno, escudriña ahora —como el niño que aspira a la caricia— el optimismo en algún rincón de una posible respuesta. Porque, por alguna buena razón, ha extendido un imperio en su cabeza la atrayente imagen de la fotógrafa, revolucionaria, actriz y modelo. Modelo en muchos sentidos.

“Por mi Tina, he tomado con mis propias manos mi vida y la he arrojado a tu balcón, cómplice de nuestros amores. Algunas veces he creído que soy un niño y me tienes lástima. Si no, explícame qué amor es este que me lleva a la desesperación. Dime cuál es la esperanza”. Son las verdades rubricadas por el puño del cubano que se sabe, a veces, débil en su fortaleza de amar a una mujer intensa.

Le propone una Cuba y una Argentina, si México no fuera el puerto donde anclar ese amor quisiera. “Tina, no está en mí suplicarte, pero a nombre de lo que nos amamos, dame algo cierto, algo que no sea humo. Conmigo no hay que temer, Allí va, no un beso, porque ya no tengo alma, pero sí un recuerdo muy cariñoso para mi madrecita. También esa lágrima que saltó sobre los tipos de la dactilográfica que tú has socializado con tu arte”.

Después de esa confesión solo nos queda otro enero. Y este del 2018 abraza aniversarios de complemento y contraste, de alegría y ahogo: los 90 calendarios de un amor con acta de nacimiento en tierra azteca (y, también, los 90 de esta carta), los 89 del adiós que le forzaron decir a él (más bien un hasta ahorita, que el siempre es nuestro) y 79 del que (im)pusieron en la boca de ella. Setenta y nueve, eso sí, del reencuentro definitivo de ambos, allí, donde la muerte es un impasse y la vida —de verdad— comienza.

A él lo ha llevado a la capital mexicana el precio de ser consecuente: con su lucha, con sus principios, con el futuro que arde y grita en un feroz presente de Isla corrupta por voluntad ajena.

A Modotti la enamoró antes el mismo país, cuando la amistad fue lo que quedó del amor entre Weston y ella.

Pero no fue Tina la mujer a la sombra de ningún hombre, como bien se ha escrito. Es la mujer al frente, o al lado, en todo caso. Que no necesita credenciales de referencia porque estuvo a la altura en la lucha, en el arte, en la apología de lo justo cuando otros temían defender lo bueno.

Y enero es el mes del adiós físico de ambos: Mella, la fría noche del diez de 1929; Tina, un cinco de 1942, en el mismo México que los vio amarse, tempestuosamente, desde el 1928 en que se conocieron.

Mucho después del viaje terminante del líder y de su regreso a Cuba cuatro años más tarde, vuelto cenizas e infinito —regreso del que harán 85 almanaques este septiembre—, la Modotti volvería al país con vocación de nido para ellos. Y en suelo mexicano también confesaría: “Me duele volver aquí, sin embargo me agrada porque a veces pienso que me voy a encontrar con Mella. He tratado a muchos dirigentes comunistas, y jamás encontré a ninguno con la profundidad de Julio Antonio”.

Así decía la mujer que había visto y enfrentado hasta la guerra; la que, incluso unida ya a otra persona, seguía solo enamorada de su Tinissimo Mella. Suscribe el testimonio de un reportero que el día de su supuesta muerte —supuesta “Porque el fuego no muere”, como diría Neruda en su poema a Tina—, no había  polvera ni peine en su bolso, “solo un pañuelo arrugado, un billete de a peso, unas llaves, una credencial con su nombre y dirección, y una fotografía de ovalito de un joven con el pelo crespo”.  Y esa foto era la del Julio que vino a acompañarle en la vida, en la muerte y en la sobrevida.

Ella, que conoció lo hermoso y amargo del amor y de la libertad, no renunció nunca a Mella… aunque el sensacionalismo y las apariencias de una nueva relación otras cosas esgrimieran. 

La tempestad —de ese amor— les duró pocos meses, pero bastó el minúsculo tiempo. A Tina se le quedó estampada su belleza: la de la masculinidad del cuerpo de Dios griego fotografiado por su lente, y la del alma sobre todo. Le surcaron el recuerdo los besos de él, la pasión de las manos cándidas, el manantial de amor que su “Julio” hizo brotar de y para ella.

Trece años antes de irse de este mundo la fotógrafa y comunista italiana, fue el turno de que se llevaran —cobarde y absurdamente— al hombre que se le había vuelto foto y ansia en el corazón.

El día en que las dos balas de un revólver calibre 38 le obligaron la despedida, Mella escogió los brazos de Tina para la última mirada y las palabras postreras. Poco antes estaban caminando de la mano por la intersección entre las calles Abraham González y Morelos.

Estaban, entonces, viviendo. Murió por la Revolución, no cabe duda, pero eligió morir —los únicos minutos espontáneos de una muerte planeada por terceros— en el calor borrascoso del abrazo de su Venus italiana. Y ese día el abrazo y la tempestad se hicieron eternos. “Como algo definitivo”, tanteando el amor desbordado desde un balcón cómplice. Cual si les hubieran pasado la factura anticipada con el precio de quererse, “serio, tempestuosamente”.

 

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