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Alexis Díaz-Pimienta: Chamaquili es todos los hijos de todos los lectores

Enrique Pérez Díaz, 02 de febrero de 2018

Alexis Díaz Pimienta es autor de medio centenar de libros de múltiples géneros. Conocido del gran público por sus dotes de repentista, que profesa desde su infancia, es además un acucioso investigador en la cultura popular tradicional, un promotor de sus mejores exponentes, creador de escuelas, talleres, festivales, cátedras, en fin, un gran animador. La Feria Internacional del Libro La Habana 2018 le cumple un gran sueño: aparece al fin su soñada edición de El Gran Libro Chamaquili, un compendio de diez aventuras del personaje creado por el binomio Pimienta-Oliver y que ha calado en el lector cubano desde hace más de una década. Mientras todavía esperan ver la luz otros diez chamaquilis creados por su autor, ahora el público disfrutará otra vez de aventuras contenidas antes en los volúmenes: ¡Chamaquili, Chamaquili! (2006); ¡Buenos días, Chamaquili! (2007); Chamaquili y la lámpara-luna (2008); Chamaquili en el cuarto de baño (2009); Chamaquili en La Habana (2010); Chamaquili en Almería (2011); Chamaquili vuelve a La Habana (2012); ¿Qué me cuentas, Chamaquili? (2013) y Chamaquili en el Oeste (2014). Por sus obras sobre este personaje ha ganado tres veces el importante Premio Nacional La Rosa Blanca. Para saber de sus inquietudes, conversamos con él, casi a las puertas de la FILH 2018…

¿Qué piensas de la infancia?

La infancia es la verdadera patria de las personas, dijo Rilke. Otros autores dicen que no, que la memoria (entre ellos, Borges). ¿Pero qué es la memoria si no la capital de la infancia? Cuando somos niños, en esa larga etapa formativa, en realidad estamos participando, pasiva y activamente, en la arquitectura de esa gran ciudad, personal e intransferible que es la memoria de cada uno. “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, escribió Antonio Machado y cantó luego Joan Manuel Serrat, redimensionando el verso, dotándolo de alas, y este solo verso constituye un retrato fiel de lo que digo. También el uruguayo Mario Benedetti fue claro (y tajante) en su apreciación de esta relación entre infancia y memoria: “la infancia a veces es un paraíso perdido, pero otras veces es un infierno de mierda”, una declaración contracorriente, sin edulcorantes sentimentaloides, porque no todas las “ciudades” son iguales, algo que se olvida muchas veces en el género.

En fin, la infancia es una etapa de la vida que no dura lo mismo en todas las personas y cuya duración no se corresponde, al menos matemáticamente, con la evolución biológica del cuerpo; el cuerpo puede crecer, madurar, desarrollarse por un lado, y la infancia permanecer, más allá de la adultez biológica; creo, por ejemplo, que ese es el gran secreto de muchos grandes autores en todas las artes (pienso en Chaplin, en Mozart, en Da Vinci, en Carrol y Twain); y de esto han hablado ya grandes filósofos, pedagogos, científicos (pienso en Jean Piaget, en Gianni Rodari, en Johan Huizinga). La infancia es, desde mi punto de vista, la mejor etapa de la vida, y la etapa definitoria, en la que ya “ocurre” todo cuanto acontecerá después. A nivel psicológico, la infancia es como el genoma: revisemos la infancia de cada cual y ahí veremos el resto de sus vidas; no porque “se sepa” a priori lo que acontecerá, sino porque lo que acontezca nos afectará de un manera u otra, según haya sido nuestra infancia. Esto lo saben muy bien (y lo usan) los psicólogos, pero los creadores (escritores, músicos, pintores, cineastas, etc.) lo olvidamos muchas veces.

¿Escribes para niños porque piensas que leen hoy más que antes?

Indiscutiblemente, sí, aunque temo a las generalizaciones. “Antes” también había niños que leían poco. Ahora hay muchos niños que leen bastante. Sobre todo en Cuba. En la época actual, la diversidad de soportes y medios para consumir cultura y entretenimiento es muy grande, y esto está influyendo muchísimo. Hemos pasado de tener el libro, el cine, la televisión, el teatro y el proyector de pared, a tener los cuatro primeros, más Internet, y la telefonía móvil, y los smartphones y cuanto soporte tecnológico sirva de utilización en el tiempo muerto, que antes, muchas veces, se cubría con la lectura.

Las nuevas generaciones son más propensas (no sé si es la palabra exacta) a la imagen audiovisual, en movimiento, que a la grafía pura y dura. Por suerte, el libro ilustrado, el álbum ilustrado, en algunos casos se convierte en soporte intermedio. Creo que está desaprovechado el audiolibro, por ejemplo, y que debemos encontrar un soporte audiovisual para la literatura infantojuvenil (LIJ). El cortometraje animado, por ejemplo, es fantástico y he visto auténticas joyas. A mí me encantaría ver mis libros animados, poemarios animados, poema-clips, por ejemplo, con una factura artística de alto nivel, cuidada la obra hasta el mínimo detalle. Mi libro ideal en este momento sería una especie de “caja” con los tres soportes: el texto en papel, el audiolibro y el audiovisual. Y estoy trabajando en ello, en un formato de “libro enriquecido” que lo contenga todo y que el lector (niño o adulto) tenga distintas posibilidades de entrar en la obra.

¿Eres parecido a los personajes de tu obra?

Chamaquili es mi hijo. Es todos mis hijos. Es todos los hijos de todos los lectores. Intenta serlo. En cada libro Chamaquili gana más independencia. Uno de los últimos libros de Chamaquili que he escrito se tituló precisamente Todos somos Chamaquili y los poemas están escritos a partir de vivencias y anécdotas que me mandan los lectores, ocurrencias de sus hijos pequeños que yo traduzco a versos con la voz, el estilo, el tono y el registro del personaje. Por lo tanto, Chamaquili en todo caso es el Alexis que yo fui a los 4, 5, 6 años; no el Alexis que yo soy ahora.

¿Cómo ves a un autor para niños?

Un autor que respete a los niños-lectores tanto como respeta a los adultos que leen. Que se meta en su piel, en su cabeza y escriba poniéndose en su lugar, pensando qué le gustaría leer si tuviera esos años. No soporto al autor que trata a los niños como si fueran minusválidos emocionales, que les vende humo como si fuera oxígeno y algodones de azúcar como si fueran nubes de verdad. Me gustan los ilusionistas, los que juegan a la magia verbal y provocan que el niño esté todo el tiempo expectante intentando descubrir el truco. Y la gracia está —el éxito está— en que no lo descubra. Ni el niño ni el padre.

¿Reconoces influencias de autores clásicos o contemporáneos?

Decía Bousoño, hablando de poesía, que si por estilo entendemos que se reconozca nuestra obra, nuestra marca, en todo lo que hacemos, lo ideal entonces es no tener estilo. Yo juego a eso. Intento ser camaleónico. Me disfrazo cada vez de un personaje distinto, de una voz distinta. Chamaquili por ejemplo es una voz, un tono, una personalidad; nada que ver con la voz que narra los cuentos clásicos, o con el cervantino narrador de mi quijote en verso; nada que ver con El niño al que acusaron de morder la luna. Al menos esa es la intención.

¿Cómo ves al autor Alexis Díaz Pimienta?

Yo siempre he sido un outsider, un autor fuera de los límites o de las fronteras grupales, generacionales, de tendencias. Siempre he ido por libre, y creo que en la literatura para niños también. Y esto me gusta. Escribo a pesar de. Escribo por necesidad ontológica, psicológica. También en LIJ. Ahora mismo estoy entusiasmado con las colecciones que estoy trabajando: colección Chamaquili ya tiene 20 libros escritos (y solo se han publicado 10); la colección Cuentos clásicos en verso ya son 10 títulos (y solo se han publicado 5 en Cuba y 1 en España); la colección Libros Útiles está conformada por varios títulos de los cuales solo ha visto la luz uno: El libro de los niños que usan gafas (Mención Honorífica del Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2013, editado por el FOEM mexicano en 2014); otros títulos inéditos de esta colección son: El libro de los niños que no comen, Piel de noche (sobre el racismo), El libro de los niños que le temen al dentista (se explica solo), Había una vez un perro enamorado de un gato (sobre la tolerancia sexual explicada a niños pequeños), El libro de Moco y Caca (se explica solo también) y otros libros de este corte. Entonces, yo escribo por necesidad, por placer, a veces por llenar un vacío que descubro a nivel bibliográfico en cuanto a temas necesarios para los niños. Y esto me aleja de los grupos y las tendencias. Ahora, por ejemplo, estoy comenzando con la narrativa infantojuvenil. Solo he escrito libros en verso (poemarios y cuentos en verso); ahora he comenzado con novelas y noveletas de LIJ. Ya veremos.