París, bajo el duro invierno
Poeta Yanira Marimón:
Gracias por enviarme tu poemario La fragmentada memoria1, que me ha llenado de emoción, como si estuviera residiendo en otro lugar. Viajo incontinente por cada estancia de tu isla, y eso realmente no me sucede mucho cuando leo la poesía de hoy, que en casos sobredimensiona lo intelectivo y nos deja como si estuviéramos en un ejercicio gramatical. En tu caso, no es así. Percibo un grato acomodamiento en cada palabra, en cada verso, que es sorprendente. Pienso que te has apropiado muy bien de una retórica de la poesía cubana de los 80 que fue muy interesante por los ambientes metafóricos y la singularidad o arte en decir. Ganar en esos terrenos un espacio te confieso que resulta muy difícil, y ya tú estás bien posicionada en tal sentido.
El libro se convierte en un ente dialogante, en un espacio para el (re)encuentro con la pujanza de residir en un territorio donde están cerca tu papá y tu hermano, a quienes admiro también por su obra literaria. El poema se orquesta como sajadura de estos años, y muestra como una especie de epílogo o lección que debemos retomar; de allí que la memoria se afianza para escapar del silencio. Es como si en un cuadro el pintor no quisiera que desapareciera la luz; así creo se nos define el paisaje en cada texto. El toque sensual o definitorio en los versos finales de cada poema aparece como una gran verdad, aquí vuelve la memoria a entronizar el tiempo pasado. Algo que me hace recordar las sentencias de T.S. Eliot cuando refería que todo tiempo pasado es tiempo futuro. Ese asumir algo como si fuera restaurar una dicotomía nos estereotipa un ser que ha luchado constantemente, que se afianza en los dominios del ser cubano.
De tal modo, querida Yanira, pienso que esas sutilezas que muestran poemas como "Nochebuena de 2004", "Mi madre y yo", "Invocación al árbol", nos seducen no solo por el desasosiego que habita en sus versos, sino por la genuina voz que las ponderan. Fragmentar algo, que de hecho está fragmentado, es posiblemente una utopía, pero si removemos en esos lindes los cielos que sostienen el paisaje, no quedaría otra forma de ver lo que sufre, lo que adivina o recuerda de esa otra vida que todavía pasa frente a nosotros, como bien dices en un poema: “Tengo la edad de Cristo, llevo dentro una crucifixión diaria”.
Alabado sea el que no tenga una crucifixión.
Tuyo,
Rainer Maria Rilke
1Editorial Letras Cubanas, 2016.