Manuel González Bello: en el camino de convertirse en un mito
Se cumplen dieciséis años de la muerte del periodista y escritor Manuel González Bello y cuando le menciono la cifra a quienes fueron sus amigos, se sorprenden: “¡Tantos!”, y quedan pensativos. Estoy seguro que entonces recapacitan, aun sin decirlo por lo manido de la frase: “Si parece que fue ayer”.
Quien redacta estos apuntes no conoció personalmente a Manolo —así lo citan sus amigos—, solo a través de una parte de lo que escribió, aunque esa es también una manera de conocerlo. Lo leí cuando escribía para Bohemia y cuando lo hacía, en sus últimos años, para el diario Juventud Rebelde. Lo admiré, lo eché de menos en la última página de JR, y sentí su muerte.
Al cabo de dieciséis años de aquel aciago 31 de mayo de 2002, me acerco a algunos de sus amigos y compañeros, y me doy cuenta de que está vivo, de que su huella no solo perdura en la escritura. Se le recuerda con inmenso cariño, unos se detienen en anécdotas sobre su humor ingenioso, otros en su carácter abierto, en su sentido de la libertad, en los afectos que sembró. Si a un hombre o a una mujer se le puede medir por la calidad de los amigos que hoy honran su memoria, llegamos a la conclusión de que Manuel González Bello fue un tipo chévere, brillante, colaborador con los jóvenes colegas, muy cubano, inolvidable.
Su crónica de los sábados en Juventud Rebelde lo convirtió en uno de los periodistas más leídos del país. Para Manolo, escribir tuvo que representar una satisfacción, o una necesidad mucho más allá de la económica. Una necesidad del intelecto inquieto, de la creación desbordada ante la página en blanco. Un placer. Colegas y lectores le reconocieron una maestría en la cual hoy muchos pueden beber. No para imitar, por supuesto, sino para tener un referente acerca de lo que es escribir bien, con amenidad, saber decir, hacer pensar y entresacar los detalles que el lector y la vida agradecen.
Vivió físicamente poco más de cincuenta años y nació en la provincia de Ciego de Ávila. De niño llegó a La Habana y se asegura que pretendió ser actor pero terminó siendo periodista, carrera de la que se graduó en 1974. Dentro de la profesión se dio el lujo de moverse por los géneros que quiso, como el pintor que trabaja sobre diversos materiales, que para él fueron el reportaje, la entrevista, el artículo, la crónica, el comentario. Poseía la cultura de quien lo asimila todo.
En dos publicaciones sentó cátedra: Bohemia y Juventud Rebelde, uno y otro (opinión muy personal) los más exigentes y probatorios de capacidades profesionales. Porque por uno y otro han pasado las plumas más audaces del periodismo cubano.
La impronta mayor —aún se recuerdan algunas de sus más de 100 crónicas en poco más de dos años— la estampa en la edición sabatina de Juventud Rebelde. Sus crónicas se leían de un tirón, a veces después se releían o se comentaban. No pocos conservan alguna que otra en una gaveta o un armario.
Escudriñador del detalle, observador del micromundo, irónico, creador de imágenes, malabarista del idioma, pertrechado de conocimientos, Manolo González Bello sacaba los conejos del abundante repertorio de la cotidianidad. Tenía de mago y de humorista. ¡Vaya curiosa dualidad!
Sin embargo, no solo fue periodista. Escribió ensayos, publicó libros de su autoría como El canciller, con Raúl Roa como protagonista; Pablo, entre la bruma y la muerte; dejó trabajos inéditos. Escapan otros muchos detalles sobre su vida que este redactor deja a cuantos estuvieron más cerca de él.
Manolo González Bello, sin saberlo ni pretenderlo, solo por merecimiento propio, está en camino de convertirse en una leyenda del periodismo cubano, al lado de Víctor Muñoz, Emilio Roig de Leuchsenring, Eladio Secades, Enrique Núñez Rodríguez, Héctor Zumbado y otros inolvidables.