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Un lazo para el dios de las pequeñas cosas

Elaine Vilar Madruga, 31 de mayo de 2018

Despiertas como cada mañana sin saber que has caído en el bucle, en el loop de una historia que te acribilla. No es el balazo definitivo, pero sí tienes ventaja porque dibujan para ti un escenario de película. Te provoca la mirada inquisitiva que el autor dirige a los elementos fotográficos: la luz (o su ausencia) y el color (una mujer rubia de vestido rojo). Sonido. Acción. La imposibilidad de escapar del cerco porque no tienes idea de cómo, ni por qué te encuentras dentro de él, y dónde ocurrió la metamorfosis que te hizo carne de cañón del tiempo, cervatillo dentro de la trampa del tiempo, conejillo de indias de una historia.

En pocas palabras, esta podría ser la síntesis del cuento que Ariel Maceo Téllez nos presenta. El tema no es rara avis. Múltiples manifestaciones de un mismo sentido narrativo nos sorprenden —más, menos o nada— aquí y allá, tanto en la literatura como en el cine. Pero Ariel Maceo Téllez no pretende vendernos un final que, de cierta manera, ya es conocido por todos aquellos que dominen, básicamente, algunas convenciones de ciertos géneros (nuevamente literarios y cinematográficos). Ariel no se escuda en intentos de dar un vuelco a la historia para suscitar sorpresa en el espectador. Va hacia otros derroteros y quizás ahí, en ellos, es que sale vencedor.

El autor no se detiene en la idea del loop. Lo usa como una herramienta necesaria para orquestar un final y un comienzo, para lograr los correctos engranajes que ponen a rodar la maquinaria de lo cíclico. Hablemos entonces del loop como tecnicismo, como efecto especial, como el ángulo curioso de una foto, pero sin ir más allá. Importa lo otro. ¿Qué es lo otro? La capacidad de recrear algunas horas de un día a través de eventos intrascendentes —condenados, por ende, a lo repetitivo, si mal no leemos entre líneas— y hacer que el lector sienta que son hechos únicos, dinamitados por el resorte de la casualidad: un partido de fútbol, un encargo que no llega a tiempo, la necesidad de llegar temprano al trabajo, la historia —soterrada— de un inmigrante que sueña y ansía, y cuya vida —de alguna manera— antes de llegar al loop ya era cerco repetitivo.

Ariel sustenta la arquitectura de su relato en los pequeños detalles, en lo intrascendente que dota de naturalidad a lo acontecido en la trama: sin grandes saltos ni tecnicismos, sin hacer malabares de sentido. Curiosamente, con este tratamiento coloca a su cuento en la delgada frontera entre lo real y lo fantástico, una imbricación umbilical entre ambos géneros que tiñe al relato con uno y otro matiz, sin ofrecer un entintado definitivo.

Este cuento pudo haberse convertido, muy fácilmente, en un lugar común absoluto, pero creo que el autor consigue no cobrar por esa etiqueta, gracias —en amplia medida— al hecho de que las pequeñas cosas lo colocan en balance. Puedes olvidar lo obvio del final e imaginar, incluso, que no has visto dos veces esa misma película, ya que Ariel te invita a otros laberintos, a otros derroteros que sí recorren la senda de la angustia y la inconformidad pero que se concentran, más, en los detalles normales (y hasta cierto punto repetitivos) de una de las tantas historias anónimas del mundo. Ariel no cae en su propio lazo. Ariel no es carne de cañón del loop. Lo esquiva por poco, por muy poco. No obstante, sabe él y sé yo: el testimonio final será del lector, del espectador de esta película.

Ignoro si esta es una forma nueva de contar temas ya demasiado conocidos: no me atrevería a afirmar tanto, pero al menos sí me parece que —como relato individual— es capaz de sortear el canto de sirenas de lo demasiado común. No obstante, lector, no hablamos de una historia de grandes ecos. Estamos en presencia de lo que, auguro, puede ser una voz narrativa particular que precisa, aún, de estructurar otros lazos escriturales para atrapar sus presas.

Por ahora podemos contentarnos con mirar la fotografía y agradecer al dios de las pequeñas cosas por esos ínfimos detalles que le otorgan relieve, hondura y bordes. 
                                Mayo del 2018.

 

ARIEL MACEO TELLEZ. (16 de Diciembre de 1986). Ha trabajado como fotógrafo para el Festival Love In de La Habana, como gestor en transmisiones en la oficina de Visionaje, en el ICRT, como asistente de producción para el teatro musical del teatro Américas y como Especialista en restauración de medios audiovisuales, en el departamento de Patrimonio, perteneciente al ICRT. Poeta, narrador, fotógrafo freelance. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, de La Habana. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Graduado del 1er curso de fotografía integral de la Escuela de Fotografía Creativa de la Habana (EFCH). Ha participado en más de una docena de exposiciones colectivas fotográficas dentro y fuera del país.  Ha publicado poemas, cuentos y fotos en los sitios y revistas digitales Letralia, Revista Negra, Isleada, Literatosis, FullFrame, Cráneo de Pangea, Quinque, Todo Cuba, etc. Entre sus reconocimientos se encuentran: segundo premio de poesía y segundo premio de narrativa en encuentro de talleres literarios de La Habana, 2009; finalista del concurso de fotografía Art Efímero, España, 2013; finalista del concurso de fotografía De Cero, España, 2015; finalista del Premio Tarton de retrato, España, 2015, finalista del concurso de fotografía de la Revista Havana Times, La Habana, 2016. Su primer libro de poesía Último cumpleaños salió publicado por la editorial argentina Bruma Ediciones. Su libro de poesía ¿Sabes quiénes son los monstruos? fue publicado por la colección Guantanamera, de la editorial Samarcanda, en España.

 

                                  El encargo
                                                                                                        
Despiertas sobresaltado, lleno de dolor, con las sábanas mojadas. Entonces recuerdas que es el sueño de siempre, donde sales corriendo por un callejón y sangras de una herida en el hombro. Sin armas para defenderte. Cruzas la calle sin mirar los autos y te lanzas por la entrada de un restaurante momentos antes de que tres disparos mellen la puerta principal, la misma por la que acabas de salir volando hacia el otro lado. Caes delante de la rubia del traje rojo, imponente con su cuerpo, su pelo. Te quedas babeado, sin quitarle la vista a sus piernas difíciles. Te levantas atropellándole los zapatos. Echas una ojeada a la calle y la encuentras vacía, demasiado sospechosa.
La rubia extiende su mano y la tomas, comienzas a sentir una erección que los pantalones no van a resistir. La acompañas desconfiado, hay tres tipos cayéndote atrás por un motivo que no conoces. Te arrastra hacia lo que parece ser la bodega del restaurante, no logras entender, ni siquiera cuando te besa mientras se acomoda en un barril con las piernas abiertas que tus manos sudadas, temblorosas, tratan de tocar. No lleva ropa interior.
Disparos y gritos estallan en el salón cuando ya los dedos se inundan de humedad. La miras con ojos de bestia asustada, aguantando las ganas de morderla y vuelves a correr.
Entras por una puerta que nunca has visto y de nuevo en la calle. Subes las escaleras de un edificio donde en las noches de domingo hay un departamento que siempre tiene la luz encendida. Llegas y no te da tiempo abrir la puerta, los extraños ya estaban esperándote. Disparan desesperados por el odio y caes con el cuerpo adolorido, baleado. Sientes que una mano cercana palpa la frialdad de tus huesos, pero…
Despiertas sobresaltado, lleno de dolor, con las sábanas mojadas. Dejas caer los pies en la frialdad del suelo, te levantas, caminas descalzo por la habitación y prendes la radio por esa obscena manía de esperar alguna noticia. Vas hasta la cocina a preparar café, y mientras se esfuma de la cabeza esa pesadilla de la que eres víctima hace algún tiempo, recuerdas que hoy llega el encargo que pediste en aquella tienda de juguetes. Esa tienda que desde entonces te ha hecho saber que estás lejos de tu tierra.
La señora que atendía aquella mañana preguntó si te sucedía algo, y le dijiste que no, sin mirarla, sin percibir el perfume que llevaba puesto. Escribiste los datos de tu encargo en un papel que revisaste mil veces para no perder ningún detalle. Te aseguraste de que podían cumplir con lo que pedías y esperaste con mucha paciencia.
Hoy en la cancha va a rodar el balón, las gradas repletas, los cánticos, y tú aquí de suplente. No podías cambiar el turno de trabajo sin antes tener que aguantar la rabieta de tu jefe. El encargo debe llegar antes de irte a trabajar, así que estiras las piernas y sacudes los huesos. Escuchas en la radio que en el norte de Japón hubo un terremoto, pero no percibes los detalles, al fin de cuentas no estás allá, debajo de las piedras con el cuerpo destrozado, esa no fue la realidad que te tocó vivir. Terminas el café tratando de imaginar la emoción que sentirás cuando abras el paquete. Reunirte con tus amigos es la única ilusión que has tenido desde que llegaste a este país, eso y el fútbol. Una pasión que no viste llegar. De buenas a primeras te encontraste en el bar de la esquina viendo los partidos junto a los demás, llorando las derrotas. Sí, porque descubriste que la única manera en la que ibas a disfrutar del fútbol en toda su esencia, era sufriendo. Y justo ahora que el equipo te necesita, que tiene posibilidades de ganar la liga, debes irte a trabajar.
Tu situación ya no tiene arreglo, así que te vas al baño a cepillarte los dientes. Examinas tu sonrisa y notas que se ha desdibujado un poco, pero estas seguro que cuando aparezcan tus amigos por esa puerta, las cosas van a cambiar. En realidad los extrañas mucho. Hace más de un año que saliste de Cuba para llegar acá.
Te queda muy poco tiempo antes de irte a trabajar. Así que vas al armario y encuentras una camada de trajes, todos oscuros. Los observas con seriedad y al final coges cualquiera. Te cambias despacio, sin notar la gran diferencia que existe entre un traje Armani y tu uniforme de guardia de seguridad.
En la cacha, el juego ya debe haber comenzado. Tienes ganas de encender la radio pero hace tiempo juraste que cuando no pudieras ir a la cancha, bajo ninguna circunstancia ibas a conocer el resultado hasta que repitieran el partido en la televisión. Para vivirlo como si fuera en vivo, para llorar cuando las cámaras enfocaran a la hinchada desbordada en el graderío, y gritarle culero al árbitro.
Te pones la camisa. La abrochas hasta el final. Lo piensas varios segundos y la desabotonas lo suficiente para que se vea la camiseta azul y amarilla. La del club que aprendiste a amar desde que llegaste.  
Miras el reloj de la pared, sabes que estás atrasado y el encargo que pediste aún no llega. No puedes seguir esperando por más tiempo. Quieres aguantar unos minutos por si tus amigos llegan antes de irte a trabajar, pero no puedes con la desesperación, ni con ese reloj que está a punto de convertirse en una mina antipersonal a medida que avanzan las manecillas. Te cagas en la madre de la encargada de la tienda, ella te había asegurado que el encargo iba a llegar temprano, que tus amigos estarían plásticos y sonrientes en la puerta de tu casa para recordarte desde ese momento, aquellos tiempos cuando estabas en Cuba y todo era difícil.
No vas a esperar más. A menos que quieras quedarte en el paro, tienes que salir corriendo para el trabajo. Ya se te hizo tarde y no podrás ver a tus amigos. Ese encargo que tuviste que pagar a plazos, con negocios inventados y personas peligrosas. Lo único que sabes es que vale la pena. Por eso cierras la puerta y sales de la casa.

La calle está vacía. Las tiendas tienen colgados en sus vidrieras los carteles: Estamos para la cancha. Hoy ruge la 12… Caminas apurado. De vez en cuando te llega el sonido lejano de la transmisión del partido pero no logras escuchar bien. Te quedan pocos minutos. Tu jefe no va a perdonar esta tardanza. Comienzas a correr. Una, dos, tres, cuatro cuadras. Tienes demasiadas cosas en la cabeza y no te has dado cuenta en medio de tu desespero, de que el camino por donde estas corriendo, no es el mismo de siempre. Hasta que llegas a una calle que solo existe en ese sueño que te ha estado estremeciendo todos los días, y sientes un escalofrío que te recorre el cuerpo, como si fuera un camión despachurrándote las piernas.
Aprietas el paso y no quieres mirar atrás, sabes por culpa de ese sueño de mierda, que hay tres tipos vestidos de negro, con gafas oscuras, persiguiéndote. Quieren acabar con esa pequeña llama que a veces no cabe en tu pecho. Entras al restaurante apurado por los disparos. Pasas de largo a la rubia del traje rojo que siempre te espera con las piernas abiertas.
Tú solo quieres correr, abrazar a esos amigos que extrañas hasta para ir a orinar, y llegar al trabajo. Pero las circunstancias no lo permiten, porque la vida vuelve a ponerte en la entrada de ese maldito edificio. La única salida posible. Y todo sucede otra vez. Los tres tipos disparan antes de que abras la puerta. Caes. Entonces vuelves a sentir una mano fría que entra en tu carne, que te quema por dentro y te retuerces mientras…
Despiertas sobresaltado, lleno de dolor, con las sábanas mojadas. Solo que ahora, mientras aguantas la esquizofrenia con que suena el despertador, entre las lágrimas, el sudor y el semen derramado, recuerdas que es el sueño de siempre, y después de que este se disipa, también recuerdas que hoy llegan tus amigos en el encargo que pediste unas semanas atrás en aquella tienda de juguetes.

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