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Los óleos del perdón

Elaine Vilar Madruga, 19 de julio de 2018

"Perdón", la breve pieza narrativa de Manuel Roblejo Proenza, bien podría calificarse como monólogo o cualquier otra forma textual dramática —quizás basada en lo testimonial o en el texto documental— que se base en la exploración cinética de una sinestesia construida a manera de relato. Insisto en que la base teatral monologada de esta obra no forma parte de una arquitectura ad libitum, sino que es cimiento del edificio escritural, argamasa y cúpula. A medio camino entre la dramaturgia y la narrativa, "Perdón" reutiliza (recicla) algunas buenas maneras de lo teatral, en esa mezcla que es tan recurrente en algunas historias contemporáneas.

Merece un renglón aparte el uso constante del “Yo”. Como afirmación. Como recurso. Como cadencia verbal repetitiva. Como esencia del personaje que constantemente requiere una tabla (de salvamento) en la cual apoyar su historia y su discurso. "Perdón" indaga en esas construcciones sociales y familiares que estigmatizan a la figura masculina. Va más allá. No se conforma con eso ni con la construcción genealógica de un árbol que podría explicar por qué un hombre se siente hembra en “tierra de generales”.  Y está bien que así sea. Es correcto que el autor elija ese molde —lleno de algunas imágenes narrativas muy bien logradas— para su historia.

No es tan convincente —desde mi punto de vista— que el relato solo se concentre en la exploración relativamente lineal de sentimientos y acontecimientos, en ese “Yo” que una y otra vez se reafirma y reaparece como cláusula para el abordaje de la narrativa. ¿Es aquí hándicap lo teatral? ¿Lastre? De manera inicial, sería demasiado afirmar que sí. No me atrevería a tanto, pues es bien visto que la historia funciona, que tiene sus resortes y mecanismos colocados en puntos álgidos y esenciales del discurso. Sin embargo, ¿solo discurso?, ¿la acción verbalizada y solo eso?, ¿el recuento monologado del recuerdo? Un poco más no habría sido malgastado en canvas sin óleos, o tela sin puntada.

Existen tela y canvas. Pero falta el material que cubra sus puntas.

Los largos saltos narrativos —más largos aún se perciben, quizás, por la brevedad del texto— nos remontan a una escritura que tiene mucho de trepidante pero que aún carece del equilibrio para dosificar la violencia del ritmo con la manera —muchas veces poética— del discurso.

Sin embargo, sí es meritorio destacar cómo el escritor trabaja al doble. La contraposición entre la criatura que es el personaje y la criatura que desea ser, es la dicotomía vital que enriquece la historia. Esta comparación —su reborde filoso— es la mayor riqueza que el autor logra. Eso, y ciertos momentos narrativos de una solidez sin quiebra: instantes en los que solo una oración o una frase constituyen y articulan el universo de la historia.

El perdón es más que leitmotiv narrativo. Es su raíz más esencial. Esencial en el sentido de que conforma las dinámicas de relaciones entre los personajes, también entre el protagonista y su contexto externo e interno. Finalmente, el perdón es la nebulosa que penetra en la dicotomía de ser y desear de ese hombre que escribe mientras sueña cicatrices. Es la justificación. La arquitectura. El decorado. Los esenciales óleos que, quizás, han aparecido para demostrar que no todo necesita ser dicho. 

                                                              2 de julio del 2018.

 

 

Manuel Roblejo Proenza. (Bayamo, 1982). Poeta y narrador cubano. Ganador de diversos premios nacionales e internacionales, entre los que sobresalen la Primera Mención Honrosa en el XIII Concurso Literario “Gonzalo Rojas Pizarro” de cuento, Chile, Febrero, 2016; Finalista del Premio Internacional de Poesía “Hispaletras 2016”, Panamá, 2016; Finalista en el Premio Internacional de Cuentos “Gabriel Miró”, España, 2016; Primer Premio VIII Concurso Literario "Relatos Asombrosos", Argentina, 2016; Mención del Premio Nacional “Emilio Ballagas” 2016 de Cuento, Cuba, 2016; Primer Premio en el Concurso de Cuentos “Carmen Rubio”, Cuba, 2016. Sus relatos y poesías han sido publicados en antologías de países como España, Argentina, EEUU, Chile y Cuba.

                  

                          

 

 

                                         Perdón

Yo nací en el barrio equivocado. Y en un año de inmensas promesas.

Me paseé por los muslos de mis tíos, hundiendo el dedo en sus vasos tallados de ron de tienda. Yo iba a ser como mis tíos. Lo que pasa es que algo se rompió.

Luego mi padre, temeroso, me colgó un saco de boxeo en el patio. Yo iba a ser boxeador. Lo que pasa es que mi primo siempre me ganaba. Ahí me entró el miedo, de repente. Un miedo insoportable a mi primo y a los golpes, que nunca confesé.

¿Cómo se confiesa algo así?

Uno baila aquí.

Y pelea.

Y es guapo.

Y se faja.

Uno no es un señorito aquí.

Y yo era como un señorito. Hembra.

Y uno no es hembra en esta tierra de generales. De todos modos aguanté un poco. Hasta los doce o trece años aguanté. Con el ceño fruncido y piedras en las manos.

Casi desbarataba las piedras con las piedras de mis manos.

Sobreviví, sí; pero lloraba por las noches en una almohada de lona guerrillera.

Lloraba y escribía poesía. Las mostré a la gente, temeroso también, como mi padre, y aquellos trazos, incomprensibles hasta para mí, terminaron por demostrar que las becas no son para todo el mundo.

“Sólo uno sirve. Ese canto al fusil”.

Y en las prácticas de tiro siempre acertaba con rabia en el blanco lejano, a doscientos metros. Hubiera podido quedarme allí, lejano, donde era bueno, pero imágenes antiguas venían tormentosas y me sacaban otra cuartilla, y otra, y otra más.

Ya no enseñaba ninguna.

Quería la lástima.

Y el consuelo.

La comprensión.

El perdón.

Quería la lástima.

Frente al espejo admiraba mi belleza. Me animaba la sensación de ser casi perfecto, sólo para mí; sin embargo mi destino era otro.

Un rostro con cicatrices.

Cara de delincuente.

Es mejor ser un delincuente que una hembra.

Existen hembras, pero existen hembras temibles.

Por momentos parecía que dentro de algunos años alguien iba a temerme. Y luego le diría que no era para tanto. Que también escribía sobre mi primo.

Sobre mis tíos. Sobre la bolita y los gallos y las espuelas de gavilán.

Que lloraba sin consuelo y sin esperanza también.

La esperanza es para los hombres de verdad.

En el retrovisor de un camión militar buscaba mi barba, que no acababa de nacer. Y las primeras cicatrices vinieron cuando intenté desenterrar mi barba.

Entonces llegó la compañía. Por primera vez estaba feo y acompañado. Por todo tipo de felices, de normales.

Militarcitos.

Cientifiquitos.

Hombrecitos de pequeños discursos en los matutinos.

Iba de fiesta en fiesta y de propuesta en propuesta, mientras el tiempo se me agotaba.

Pero podía ser un ensayo aquello.

Alguien así merece un ensayo occidental.

Y un bastón.

Y una pajarilla.

Allá.

Allá puede ser que me entiendan.

Luego de allá venían y alzaban la mano para estar de acuerdo. Eran señoritos perdonados, lastimosos señoritos. Con toneladas de consuelo mal pagado.

Esto es el paraíso de lo nuevo.

El hombre nuevo. Que no entiende de la noche. La noche es para dormir. Si bailas de noche eres tan culpable como el que de noche escribe. No se puede apoyar la rodilla ni para escribir.

Sin embargo mis rodillas buscaban el suelo para todas las cosas.

En tiempo de olimpiadas observaba gente dedicada al deporte.

Y en otros tiempos gente que siembra.

Que habla.

Que sigue.

No sé si además lloran, pero debe ser que no. Los que siguen no lloran, porque siguen. Tienen a quién seguir. Y yo que no encuentro y que me muero…

En las profundidades descubrí bandos de cincuenta años, enfrentados en congresos completamente inocentes.

Vómitos y diarreas.

Miedo.

Tribunas. Juicios tontos.

Volví a mi tierra a seguir a los que siguen. Pregunté, pero todo era un secreto.

Yo no sé, yo lo hago así. Hay cosas que tú no sabes. Decídete, no hay ayuda.

La ayuda siempre llega si te decides por la primera letra y el primer número.

Una línea.

Una línea muy fina entre la desaparición y el seguimiento.

Una línea que florece en enero, o en abril, o en julio, pero ya. Ahora mismo en el mapa y en el almanaque yo no aparezco como algo trascendente.

Y mientras mis tíos morían, mi primo se convertía en tío; con línea y jardín y saco de boxeo. Yo te puedo ayudar, pero suelta la cadena. Y suelta el mono.

No escribas más mierdas.

Tienes una hija.

Siento su lástima; pero le digo que lloro por alguna efeméride sin importancia.

Llegó la lástima. Un clavo caliente. Una camada de perros a la cual pertenecer.

Echamos un topecito; mi primo me destroza el rostro. Se ha encontrado a un señorito, pero le sonrío miedoso mientras le digo que nunca fui bueno en esto.

Que soy malo.

Que tiene mucha suerte de ser así.

Que lo envidio.

Entonces me perdona. Sólo así me perdona.

 

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
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