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Oscar Hurtado: padre de la ciencia ficción cubana

CL, 08 de agosto de 2018

                  

Oscar Hurtado es considerado el padre de la ciencia ficción cubana. En realidad también es llamado el padre de la literatura fantástica, policíaca y de terror en la isla caribeña. 
            
Sus obras el Rocío del Dragón y Los papeles de Valencia, el Mudo muestran una prosa de excelencia, densa, hermosa, con un discurso sólido y un idioma elegante y equilibrado.

Hurtado tenía gran habilidad para el suspenso y un gran poder de visualidad. Sabía crear atmósferas. Se destacó como escritor en estos géneros, y también por su labor difusora, pues fue compilador de varias antologías de cuento, entre ellas dos de las mejores de terror y ciencia ficción internacional que se han publicado en Cuba.

Creó y dirigió la legendaria colección Dragón, primer sello cubano que difundió la literatura policíaca, fantástica y de ciencia ficción en la Isla y que permitió que los cubanos conocieran clásicos mundiales como Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur Conan Doyle y C.S. Lewis. También fundó las colecciones Fénix (dedicada a promover la poesía cubana) y Cuadernos R (para igual función en la prosa).

Como escritor Hurtado trabajó varios géneros y publicó  La Seiba (poesía,1961); Pintores cubanos (ensayo, 1962); Carta de un juez (cuentos,1963); La ciudad muerta de Korad (poesía, 1964); Paseo del Malecón (cuentos,1965); Los papeles de Valencia, el Mudo (1983) considerado uno de los clásicos de la ciencia ficción cubana, el cual recoge la mayoría de su obra y se publicó póstumamente, con prólogo y selección de Daína Chaviano.
 
Oscar Hurtado nació el 8 de agosto de 1919 en La Habana, hijo de una familia de pescadores. Viajó a Estados Unidos, allí se desempeñó en diversos oficios y regresó a Cuba en 1959. Después también viajaría a la antigua Unión Soviética, donde estableció vínculos con autores de ciencia ficción. De su labor periodística quedan los artículos que redactó sobre temas no solo de ciencia ficción, también de arqueología, cosmonáutica, ajedrez y algunos más que ilustran acerca del vasto mundo de intereses intelectuales de este autor. Falleció el 23 de enero de 1977.

Tras su muerte, se creó el primer taller de escritores de literatura de ciencia ficción en Cuba, al cual se le dio su nombre, un reconocimiento de aquellos que se acercaron al género o lo empezaron a considerar fuente de creación literaria a partir del empeño que Oscar Hurtado puso en hacer de la ciencia ficción una cantera de renovadas lecturas.

El homenaje de Cubaliteraria para este gran escritor cubano llega a través de una entrevista que publicara Eduardo Heras León en La Jiribilla, en 2002.

        OSCAR HURTADO, EL DRAGÓN
 
(Era una aparición insólita. Un hombre gigantesco con cara de dragón y pies desmesurados que cubría con tenis blancos, ojos que parecían mirar hacia un punto situado más allá de nuestra dimensión espacio-temporal, y una reposada serenidad que añadía un matiz majestuoso –como de ceiba milenaria– a la leve atmósfera de misterio que envolvía su figura. Se llamaba Oscar Hurtado y tenía fama de extraterrestre recién desembarcado).

Usted salía de la Universidad, agobiado por las clases y el calor, y sin pensarlo dos veces, encaminaba sus pasos a la enorme casona de 17 y H, porque allí había un hermoso jardín que acariciaban las brisas de la tarde y una acogedora terraza de mesitas blancas, siempre ocupadas a esa hora del día, donde se dirimían –tablero por medio– las más feroces batallas que recuerda la historia de la UNEAC; y porque siempre era posible descargar una parte de nuestras miserias cotidianas bajo el fuego graneado de un gambito del rey o las incisivas maniobras de una defensa Alekhine. Usted sabía que aquel lugar, en aquella época, era uno de esos sitios “en que tan bien se está”.

Usted se sentaba, comentaba en voz alta las peripecias de una partida, recomendaba un jaque, el avance de un peón  o la prudente retirada del monarca hacia el flanco dama, para evitar la acción combinada de los poderosos alfiles del enemigo, y entonces lo veía llegar. Subía los pocos escalones que separan el jardín de la terraza, con pasos apresurados, y de repente ya estaba junto a nosotros clavando sus ojos en la posición del tablero. Y sonreía. Siempre sonreía.

Era una aparición insólita. Un hombre gigantesco con cara de dragón y pies desmesurados que cubría con tenis blancos –eran tiempos de terrible escasez–, ojos que parecían mirar hacia un punto situado más allá de nuestra dimensión espacio-temporal, y una reposada serenidad que añadía un matiz majestuoso –como de ceiba milenaria– a la leve atmósfera de misterio que envolvía su figura.

Se llamaba Oscar Hurtado y tenía fama de extraterrestre recién desembarcado. Quizás lo era. Por lo menos, esa fue la primera impresión que recibí de Hurtado aquella tarde de 1968 en que lo conocí a través de Germán Piniella. Los años no hicieron sino incrementar aquella sensación de desconcierto, de vaga incertidumbre, tal vez de cercana lejanía que provocaba su presencia.

Ese día de inicial conocimiento mutuo descubrí su cualidad más fascinante: el magnetismo de su conversación. He tenido la suerte de conocer grandes conversadores. Tres de ellos escapan a toda definición: Alejo Carpentier, con quien una sola charla me bastó para incluirlo en mi antología  personal de cuenteros inolvidables; Onelio Jorge Cardoso, con la poética cadencia de su voz de pico fino, y Oscar Hurtado, por esa notable capacidad de saltar de un tema al otro sin solución de continuidad, y de enriquecer con su memoria prodigiosa los asuntos aparentemente más áridos.

Usted seleccionaba un tema al azar, digamos, la caída del meteorito de  Tunguska, en Siberia, a  principios de siglo, y una suerte de corriente eléctrica despertaba los pozos de la memoria del Dragón. Y con aquella voz baja, de estridencias metálicas en sordina, comenzaban a abrirse los fabulosos archivos, y un torrente de información científica, especulativa, mítica, poética, literaria, desbordaba cualquier cauce lógico y nos dejaba literalmente abrumados. Pero, de repente, cuando una breve pausa del hilo narrativo o un extraño gesto de sus manos huesudas rompía unos segundos el hechizo de la conversación, usted se percataba de que ahora estaba descifrando los misterios del culto de los druidas en la antigua Bretaña, o señalando un dato desconocido de los pelagios, o analizando la interpretación de Leopold Infeld sobre la teoría de la relatividad de Einstein, o valorando las excelencias de Mario del Mónaco o de Beniamino Gigli en la interpretación de un aria de la Aída de Verdi, que podía recitar en italiano, francés o inglés, o interviniendo en una vieja polémica sobre un texto shakesperiano. Y ya era suficiente: usted quedaba deslumbrado por aquella conversación de maravilla.

Paradójicamente su obra fue escasa. Apenas tres libros de poemas: La Seiba (1961), La ciudad muerta de Korad (1964) y Paseo de Malecón (1965); un libro de cuentos, Carta de un juez (1963), y un ensayo sobre pintura cubana, además de un libro sobre el humor político escrito en colaboración con Evora Tamayo.

Los que lo conocieron de cerca afirman que lo atormentaba su falta de disciplina para escribir: el tiempo se le iba de las manos diluido en proyectos que nunca concluyó. A menudo lo escuchamos decir que haría una nueva traducción de Romeo y Julieta: aun reconociendo las excelencias de la traducción de Neruda, pensaba que podía aportar nuevos matices; quería escribir el tercer Fausto; acariciaba la idea  de acometer una voluminosa biografía de Capablanca, para la cual solicitó mi colaboración, y que fue tema de interminables intercambios conmigo. Pero su insaciable voracidad de conocimientos convirtió aquellos proyectos en sucedáneos del sueño.

Había nacido en 1919, de padres pescadores, y tuvo que trabajar desde niño de pescadero en la Plaza del Polvorín. Lo demás, ya se sabe por ser un lugar común en la seudorrepública: trabajos, esfuerzos, abandono de los estudios, el viaje hacia otras tierras y el regreso en 1959. Y siempre, la obsesión por saberlo todo: un hombre que sin terminar estudios secundarios estudia matemáticas para comprender a Einstein; que estudia pintura japonesa en Nueva York; que lee filosofía, historia, poesía, astronomía, antropología; que se convierte en erudito en peces, en música operática, en cine, en literatura policíaca y de ciencia-ficción y que escribe uno de los primeros poemas de ciencia ficción de la literatura universal, “La ciudad muerta de Korad”. Cuando murió en 1977, ya él sabía que había muerto unos años antes, cuando dejó de escribir.

Ahora los años han pasado. Tal vez su recuerdo se haya difuminado en los pliegues del tiempo. A ratos, un pequeño grupo de iniciados en la ciencia ficción, reclama el lugar que le corresponde como pionero –junto con Ángel Arango– de esa corriente temática en Cuba. A ratos también lo recordamos todos, y cuando lo hacemos, y nos toca evocar su figura de precursor, ordenando memorias, viejas nostalgias, caminos recorridos, siempre esa extraña aureola de misterio que rodeara su figura, que envolvía su rostro surcado de cráteres lunares, vuelve a interponerse como una cortina de niebla que no nos permite desentrañar las verdaderas claves de su personalidad. Porque nunca supe quién fue realmente Oscar Hurtado.

Tal vez cuando los primeros cosmonautas lleguen a Marte, allá se lo encuentren hechizando a los niños con los prodigios de su imaginación. Porque, parafraseando su propio epitafio, después de haberlo conocido, todo puede suceder.