Si no fuera por San Jerónimo…
Puede resultar un poco exagerado el título de este comentario, pero no lo es: si no fuera por Jerónimo de Estridón, tal fue su nombre completo, este mundo estuviera mucho más patas arriba de lo que está, porque el oficio de Jerónimo fue el de traductor y hoy día todos sabemos la importancia que tiene la traducción en cualquiera de las esferas de la comunicación humana para el mejor entendimiento de las naciones y los pueblos.
Jerónimo es un personaje histórico, existió, acumuló un vasto conocimiento para su tiempo y fue un hombre paciente. Está reconocido como uno de los cuatro grandes Padres Latinos de la Iglesia y a él debemos la traducción al latín de la Biblia, la llamada Vulgata, haciéndola accesible a la gente humilde.
Las fuentes indican que nació entre 340 y 342, se ordenó de sacerdote en Antioquia y murió en Belén el 30 de septiembre de 420. Esa fecha, la de su festividad como santo, es además la de celebración internacional del Día del Traductor. Mas Jerónimo no solo tradujo la Biblia, también otros textos sagrados, e hizo correcciones y revisiones de algunos. De entre sus escritos, los más conocidos son sus cartas y los comentarios bíblicos. Incansable y provisto de una sólida cultura, veló por la confiablidad de las fuentes de información.
Pero no es todo. Jerónimo era un políglota que dominaba el latín, el griego y profundizó en el estudio del idioma hebreo. Además censuró los desórdenes administrativos de los gobernantes y la vida acomodada de los representantes de la Iglesia, algo que finalmente lo condenó al exilio.
El estilo de su prosa era cáustico y el contenido un verdadero detonante por su mordacidad:
Ese freno de oro en la boca de tu caballo, ese aro de oro en el brazo de tu esclavo, esos adornos dorados en tus zapatos, son señal que estás robando al huérfano y matando de hambre a la viuda, quienes después que hayas muerto y ellos pasen ante tu gran casa dirán: “Con cuántas lagrimas construyó ese palacio, cuántos huérfanos se vieron desnudos, cuántas viudas se vieron injuriadas, cuántos obreros recibieron salarios injustos”, y así ni siquiera la muerte te librará de tus acusadores.
La huella de Jerónimo de Estridón ha sido profunda entre nuestros traductores. Tiene Cuba ejemplos de escritores ilustres que también ejercieron el arte de la traducción. José Martí, traductor insigne, en carta a la niña María Mantilla exponía las siguientes consideraciones: “La traducción ha de ser natural, para que parezca como si el libro hubiese sido escrito en la lengua a que lo traduces, que en eso se conocen las buenas traducciones”.
En otra ocasión señala “el cuidado con que hay que traducir para que la traducción pueda entenderse y resulte elegante, y para que el libro no quede, como tantos libros traducidos, en la misma lengua extraña en que estaba”. Para Martí, y son sus palabras, “traducir es estudiar, analizar, ahondar”.
Además de Martí, también traductores fueron los escritores Emilio Ballagas, Mariano Brull, Dulce María Loynaz, Alejo Carpentier, Mirta Aguirre, José Lezama Lima, José Zacarías Tallet, entre otros nombres.
Aun en tiempos de pasmoso desarrollo tecnológico y de grandes avances en las técnicas de comunicación, la traducción conserva su condición de trabajo artesanal. ¿Por qué lo decimos? Pues porque hasta los más avanzados programas computarizados de traducción requieren del toque personal e insustituible del traductor humano. ¿Se imagina usted a Poe, a Dostoievski, a Balzac, a Goethe, a Eça de Queiroz, a García Márquez, a Homero, traducidos por un ingenio electrónico automático incapaz de discernir entre palabras más o menos afines? ¿Imagina realmente el churro que harían de estas obras maestras?
Gracias a la traducción escrita podemos leer a estos y numerosísimos autores con el respeto debido a su maestría literaria. Gracias a la interpretación oral se comunican en vivo los hablantes de lenguas diferentes. Gracias a la traducción técnica y científica se divulgan por el mundo los nuevos avances tecnológicos. Muchas otras razones pueden citarse para avalar la importancia de la traducción.
¡Gracias, San Jerónimo! ¡Gracias, traductores, que en el mundo nos entregan el resultado de su esmerada labor! Vale, pues, celebrar cada 30 de septiembre, el Día del Traductor.