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Dibujas un corazón y una flecha: a propósito de Tras mi ventana

Enrique Pérez Díaz, 08 de octubre de 2018

Querido Lázaro:

No puedo expresarte mi enorme alegría al terminar de leer tu “iluminado” poemario Tras mi ventana, pues eso tienes y despides: La luz, necesaria luz para tiempos de tinieblas, de sombras y, en ocasiones, desesperanza sin horizontes.

Cantas al amor, que no es poco, pero lo haces desde el amor, y eso es mucho, inabarcable hecho que conmueve y seduce a tus lectores, impenitentes amantes todos ellos que vuelven a la dorada e imperceptible edad de la adolescencia, tumulto de emociones, inseguridades, espejos falsos cuyos brillos enceguecen o seducen, enaltecen o te pierden…

Se extraña en nuestro panorama literario una poesía como la tuya, que cante a los sentimientos más auténticos del joven amante (o amador) y aunque una colección como esta que hoy te abre sus puertas se ha encargado de divulgar —no solo los clásicos del género amatorio—, sino a muchos de aquellos que con la fibra de su alma escriben versos pensando en el más sublimado y extraño de los sentimientos, leerte me lleva con las redes del júbilo a las cimas del verso sin edad, pues el amor, amigo, nunca conoce edades ni fronteras, se salta todo valladar, prohibición o tabú.

Y tú liberas las riendas de tu corazón, desbocado potro que no conoce rieles y que, cual un tren que venturoso navega la noche más oscura, se adentra en los senderos del alma humana, esa que a sí misma se suele esconder sus secretos más caros y solo un poeta de fina vibra conseguirá develarlos del misterio que les reviste.

Tus poemas me llevan lejos y alto, al corazón de tantos jóvenes, muchachas o donceles que a diario, desde una ventana, el aula, la calle, un recodo de la esquina, el más puro sentimiento, las páginas de un libro, o creyéndose un personaje literario, sueñan con la figura amada y le dedican sus mejores anhelos y sentimientos. Tus jóvenes príncipes y sobre todo, las princesas que también asumes con un íntimo punto de vista, nos atrapan y conmueven…

Como bien dices en tus versos, tú “ajustas los relojes rumbo a la felicidad” de todos y cada uno de tus protagonistas, y me has hecho sentir, indistintamente, como cada uno de ellos.

Lo más hermoso que encuentro en tus versos es pues su realidad, pero no una realidad que descienda a lo chato, a lo burdo o manido de la jerga cotidiana, sino que es capaz de devolvernos “literariamente hablando” a esa realidad otra que se quiere omitir de tantos espacios y medios de la “Realidad”. En esa realidad hay jóvenes que todavía sueñan con lo romántico y se alejan de lo vulgar y pedestre que lamentablemente tanto nos aqueja. Son jóvenes que confían sus cuitas a la almohada, que preguntan a su espejo (sí, ambos, tanto varones como chicas) si son el más bello entre los bellos y si su belleza será capaz de auxiliarles en la cruzada de alcanzar aunque solo fuera el más bajo peldaño de la escalera del amor de la pareja soñada…

Son jóvenes que, como todos los grandes amores de la literatura universal —esos mismos que intangiblemente desfilan en tus versos hedonistas y sentidos—, sienten ser portadores del más grande e inabarcable sentimiento; se creen los conquistadores de un imperio por domeñar y adelantados descubridores o dómines de ese misterio en el que, piensan ellos, jamás nadie ha osado hurgar antes.

Aunque tu lenguaje no es críptico como tanta poesía al uso, ni para dar lo verosímil acudes al pretexto circunstancial de una época, cada uno de tus versos dialoga culta y sensorialmente con sus lectores y les enseñará que el amor es una prenda. Una prenda, sí, eso mismo, la cara prenda que solo podremos confiar a Dios y es que Dios puede ser uno mismo cuando se siente un creador y el amor es un sentimiento que funda y construye, que crea valores, inalcanzables en apariencia, pero valores muy perdurables, diríase que eternos, como tanto pedía Martí, ese gran amador que tanto amor nos legó en su vida y con su obra.

Con tus sentimientos dibujas un corazón y tu literatura es la flecha que alcanza el nuestro, porque tus versos devuelven a mi persona cansada el asombro de una incierta adolescencia que jamás dejo sepultar en el olvido pertinaz y arrollador en que me sumen los días de la adultez. Cuando te releo, esos versos tuyos me permiten regresar presuroso a los amores que incendiaron de luz mis quimeras o hacia aquel sublime desvelo de mis noches sin calma.

Enciendo entonces, justo cuando acabo de leerte, un verso hecho candil y lo pongo ahora en una barca de papel que navegará desde el río de mi alma hasta los océanos de tu sentir y te agradezco, amigo —y a tu editora Amanda, alguien que es el amor porque el verso es— la oportunidad de compartir con ustedes las páginas de este libro y, por supuesto, de este grande amor que alumbrará de pasión jubilosa y eterna a tantos jóvenes corazones.

 

Enrique

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