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Ciento cincuenta y cinco años de Julián del Casal

Virgilio López Lemus, 07 de noviembre de 2018

Cuando Julián del Casal nació (1863-1893), José Martí había cumplido diez años de edad y sólo siente días antes murió José Jacinto Milanés. Era el 7 de noviembre y se henchía la vida cubana con un poeta al que habría de dolerle ella, en su juventud, de la que no saldría vivo aún sin cumplir los treinta. Y fue Martí quien mejor escribió sobre él, sorprendido por su muerte:

El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa. No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa. -Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián del Casal. Y luego, había otra razón para que lo amasen; y fue que la poesía doliente y caprichosa que le vino de Francia con la rima excelsa, paró por ser en él la expresión natural del poco apego que artista tan delicado había de sentir por aquel país de sus entrañas, donde la conciencia oculta o confesa de la general humillación trae a todo el mundo como acorralado, o como con antifaz, sin gusto ni poder para la franqueza y las gracias del alma. La poesía vive de honra. Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer. (Patria, 31 de octubre de 1893.)

Martí admiró al poeta en su contexto, lo observó bajo sus influencias, y en el vuelo que aún prometía la belleza de su voz. Y Julián del Casal pasó de pronto a una posteridad que lo exaltaría, lo olvidaría, lo volvería a enaltecer, lo fijaría como una de las voces más altas de la vida lírica cubana. Vida, porque el poeta que dijo: "ansias de aniquilarme sólo siento", se quedó en ella para rumorear en los oídos de sus lectores el halo (lado) doloroso de vivir.

Ya a sus dieciocho años, comenzó a publicar en periódicos y revistas habaneros, poco después, resultaba un poeta propio del Modernismo, lo admiró Rubén Darío (se conocieron en La Habana en 1892), toda Hispanoamérica supo pronto de él. A su muerte, dejaba por salir Bustos y rimas y, poco después de su dramático deceso, salía en México una reedición de Nieve (1892), prologado por el poeta Luis G. Urbina. En ese mismo octubre de 1893, ya Casal estaba escalando la fama continental. Dos años y medio adelante, otro gran modernista, perfecto coetáneo suyo, se fue de la mano del suicidio: José Asunción Silva (1865-1896), el bello colombiano que pudiera haber tenido una gratísima amistad con Casal, de haberse conocido. Sus obras tienen el parentesco del estilo, de la fuerza nueva que la corriente modernista traía a la lengua española por vías de poetas como ellos, altos y hondos, dramáticos; ambos alcanzaron a escribir una prosa de matices insólitos en la lengua española.

Y esa prosa casaliana bulle a veces de ironía ante el Poder, como cuando dice del general Sabas Marín que: "Parece que firma sus decretos, no con pluma de acero, sino con la punta de la espada". Así, hay que tener cuidado con llamar a Julián del Casal poeta evanescente, evasivo o dado sólo al dolor; fue hombre atento a su circunstancia difícil, cuando ya se salía de las primeras guerras independentistas y comenzaban los preparativos de la «guerra necesaria»", al decir de Martí y capitaneada por él.

Casal, sin embargo, tenía un concepto de la poesía referido al "sentido de lo vago, de lo misterioso, de lo lejano, de lo desconocido, es decir, de todo lo que constituye la esencia misma de la poesía", según escribió en un brillante texto sobre Bonifacio Byrne, en La Habana Elegante de abril de 1893. Se corresponde esa expresión de principios líricos con sus "Rondeles", en su primera estrofa: "De mi vida misteriosa / tétrica y desencantada, / oirás contar una cosa / que te deje el alma helada".  No nos cuenta la "cosa", sólo se refiere a "el secreto de mis males". El joven solitario y de faz hermosa se enfrentaba a su sino, a su juventud llena de anhelos frustrados en un país bajo el fuerte yugo opresor del colonialismo, bajo la vulgaridad de las clases más ricas. Casal tendría que hablar de pedrerías, flores artificiales, museos ideales, no porque se encantara con lo postizo, sino porque él buscaba un refinamiento mayor, típico de la mayoría abrumadora de los poetas de la corriente modernista, entre los cuales lo exótico y prístino seduciría sus versos.

Se ha de recordar la visión tremenda del mar en José María Heredia, y puede compararse con este símil serenísimo de Casal en su "Nocturno": "El mar, como la luna de un espejo", y ya se ve cómo él transfiere la realidad objetiva en imagen impoluta, incorruptible, incluso fría como una joya. Siempre me pareció extraño que aclamara tanto a la mujer rubia (incluso de cabello teñido) en un país de damas morenas, cabellera negra o tal vez castaña. Pero Casal, quien tuvo "el impuro amor de la ciudades", quería vivir en su pompa de poeta elegante, y no tuvo tiempo vital para confrontar la vida y el cambio social cubano que advendría tras su muerte. Sólo dos años adelante, José Martí daría su vida por la patria independiente; cinco años después de irse Casal del mundo, triunfaban los independentistas, mediatizados por una nueva potencia que no permitió aún el éxito de los sueños martianos. ¿Qué hubiese sido de Casal en ese contexto? La pura especulación no puede fijar respuesta. Quizás dijo sobre sí: "Joven, desde el azul de tu idealismo, / viste al cieno bajar tus ilusiones".

Poeta cromático, Casal prefería el azul y lo dorado, y, curiosamente para su temperamento, no hace gala de tonos en gris. En "Páginas de vida", sin dudas dirigido a Darío, cerró el poema con aquel verso inmortal "¿Por qué has hecho, ¡oh Dios mío!, mi alma tan triste?" Hay que leer el texto que le dedica José Lezama Lima en Analecta del reloj, cuando lo compara con Baudelaire, y luego le rinde pleitesía por haber depurado sus influencias, por haber creado una voz de valor estético en la medianía ambiente.

Vivió casi treinta años, para sobrevivir en obras más de siglo y medio, hasta hoy. Y hasta después. Ese ha sido el albur del gran poeta Julián del Casal, honra de Cuba, honor cubano, por la gracia de su palabra. Él supo siempre ("Preocupación") que moriría pronto: "al sentir los rigores de la suerte / temo que el soplo de temprana muerte / destruya la cosecha de mis sueños", pero no pudo ni siquiera sospechar cuánto permanecerían su nombre y sus versos en la poesía honda que Cuba entrega al mundo. ¿Sueños? Poesía. Legítima y noble. Julián del Casal nos acompaña en la vital evolución constante de la cultura cubana.