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Alas de vuelo alto

Enrique Pérez Díaz, 02 de noviembre de 2018

La literatura es como un gran árbol, un árbol que da sombra y cobijo a muchos, un árbol de muchas ramas, a veces infinitas, que se entrecruzan, apuntan hacia destinos diferentes, se tuercen, forman apretados haces y en oportunidades hasta se quiebran por su propio peso.

Todos los escritores nos debemos mucho, unos y otros. Partimos de antecedentes que nos nutren. A la vez que somos el puente por donde transitan confiados algunos que nos suceden. Ese toma y da de las influencias, sonoridades, mudas y préstamos es en realidad muy interesante y provechoso para todo movimiento literario. Hay libros sin los cuales todos hubiéramos sido diferentes. Son libros que cambiaron al mundo, que nos enseñaron la realidad con nuevos ojos, que fueron el inasible peldaño de una escalinata en pos de la mejor literatura.

Hay muchos escritores que alguna vez nos inspiraron, con su obra y con su vida de leyenda. Al tanto que renegamos de otros, pero al leerlos también nos alimentan sin nosotros saberlo.

Muchos autores han escrito sobre otros. Su discurso fundido a partir de exergos de aquel, de ideas suyas, de emociones inconfesas que no siempre somos capaces de percibir. Esa es la enorme responsabilidad que tiene el hecho de publicar, que nuestro texto puede abrir horizontes a la gente, puertas infinitas por donde escapen personas; y los escritores, que antes siempre fuimos lectores, ya no somos iguales luego de trasponer determinados umbrales.

Pienso en todo esto al leerme un libro inusual, que acaba de publicar Ediciones Matanzas en una hermosa edición a cargo del poeta José Manuel Espino Ortega, con diseño de Johann E. Trujillo: Alas que rozan, de Anely Fundora Moreno.

Nacida en Matanzas en 1965, esta poetisa ha venido trazando, de libro en libro, un estilo peculiar y nada complaciente de asumir la lírica para la infancia. Para Anely lo más importante, además de las formas, que estudia con esmero, es lo que transmiten sus versos. Su breve, pero trascendente recorrido por la lírica, ha legado títulos como Último tren a los sueños, Ediciones El Abra, Nueva Gerona, 2007 (Reedición conjunta con Gente Nueva, Colección La Puerta de Papel, La Habana, 2008, Premio de la Ciudad de Matanzas); Mariposas de invierno, Editorial Gente Nueva, La Habana, 2008; Para subir las cumbres, Ediciones Matanzas, 2010 y Enamorarse en el limbo, Editorial Gente Nueva, La Habana, 2011.

En Alas que rozan, la autora nos propone un interesante rejuego poético con la vida y obra de otra matancera ilustre, la escritora para niños Dora Alonso, quien con su obra formó generaciones de lectores y autores a quienes hizo descubrir el mejor modo de rescatar la fantasía desde lo más cotidiano.

Tributaria confesa de la herencia del legado de la Alonso, Fundora juega a capricho en sus versos con todo el universo de dos niñas de tiempos diferentes que se tropiezan en el azar de un poema y van desgranando con singular gusto sus afanes y sueños, sus penares y diario hacer, su medio vivencial y los mil y un sentimientos que el universo despierta en ellas, en un diálogo poético que nos retrotrae a infancias compartidas desde el afán de un entendimiento recíproco.

Bebiendo en los textos y emblemáticos personajes de Dora Alonso, esos con los que muchos crecimos, Anely Fundora rescata el temperamento libérrimo y emotivo de la autora de Palomar, El Grillo Caminante, La flauta de Chocolate, Ponolani, Las aventuras de Guille, El valle de la Pájara Pinta, El Cochero Azul, Pelusín del monte y tantos personajes de la infancia de cualquier criatura nacida en Cuba en décadas pasadas.

Pero no se trata de un simple recorrido por la geografía literaria de una autora, es mucho más. Con osadía Anely Fundora cala en sus razones y sinrazones, en lo oculto que apenas se transparenta de una primera lectura y va en busca del sentimiento, la razón humana de cada verso, personaje, argumento o modo de hacer.

Esto da por resultado una interesante simbiosis de dos mundos paralelos, quizás distantes en el plano temporal, como ya dije, pero sí muy cercanos desde el ámbito espiritual; pues las niñas, que luego son jóvenes y en esencia mujeres, aparecen dotadas de esa aguda percepción extrasensorial que les permite comunicarse en versos donde viento y olas, monte y rocío, palomas y nidos, leyendas y costumbres, se van hermanando para hacerlas transitar por un mundo muy cubano a la vez que universal.

Libro con regusto a tradición y contemporaneidad. Con sus daguerrotipos antiguos y sus viñetas exclusivas, Alas que vuelan, nos hace volver a sus páginas con el regocijo insospechado de siempre encontrar en ellas algo nuevo. Esa vuelta al hogar la consiguen pocos libros en verdad. El lector aventurero encuentra entre sus páginas un puerto seguro donde refugiarse del mundo cotidiano, por demás, tan permeado de mal hacer y música estridente.

El diálogo perdido en el tiempo recuperado para estas dos niñas de épocas y contextos dan diferentes, viene a enriquecernos como seres humanos. Nos demuestra, asimismo, que la buena poesía reivindica, que el sentimiento es capaz de latir en las páginas de un libro inusual y que esa emoción provocada por la lectura de un buen texto, no por conocida, deja de ser menos trascendente, arrolladora y edificante para el recóndito niño que alguna vez fuimos, aquel que nunca dejaremos atrás.

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