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La cruzada de la escritura

Elaine Vilar Madruga, 08 de noviembre de 2018

Este es un diálogo que empezó en Cuba y que ha continuado luego gracias a las redes sociales. Al fin y al cabo, la palabra país es más vasta que la extensión de tierra. País es, también, ese espacio virtual que guarda a nuestros amigos y colegas. Maielis González Fernández viste la piel de narradora con facilidad. En ocasiones, esta se confunde, se troca —como las cabezas en el libro de Thomas Mann— con la de estudiosa de la literatura.

Ama a los nerds y al ciberpunk cubano, y es una de las pocas —escasísimas— autoras de la Isla que abordan lo fantástico en su escritura. Si estos motivos no son suficientes para justificar una entrevista, entonces debo declarar, también, que Maielis es una autora de creciente fuerza que, en breve tiempo, ha sabido conquistar ruedas y ruedas de la simbólica tierra de la escritura.

Llegaste al género fantástico primero como investigadora literaria, ¿de dónde nació el deseo de enrolarte en las lides de la escritura de ficción? ¿Cómo comienza esa travesía?

Como nos pasa a muchos, enrolados ya sin salvación en esta cruzada de la escritura, desde pequeña sentí el impulso de narrar y el impulso vino a mí por imitación, precisamente de las lecturas que hacía. Claro, que nunca pensé que llegaría demasiado lejos, que se me adjudicaría la etiqueta de escritora o publicaría libros enteros. La verdad es que esas cosas me siguen pareciendo hoy un despropósito.

Pero, efectivamente, al fantástico llegué primero como investigadora; más bien como estudiante curiosa, mientras cursaba la carrera de Letras en la Universidad. Después de tropezar con Las cosmicómicas, de Ítalo Calvino, a la altura de tercer año, mi mente recibió una fuerte sacudida. ¿Qué era eso que escribía aquel italiano? ¿Existían más cómo él? De ser así, necesitaba esa clase de escritores en mi vida.

Equivocadamente leí en algún sitio que aquellos relatos de Calvino eran clasificados como «ciencia ficción», y digo "equivocadamente" porque en realidad sus cosmicómicas son relatos fantásticos, solo que tratan temas astronómicos y de otras ciencias de mayor o menor dureza. Así que por pura equivocación me vi de repente sumergida en el fascinante mundo de la ciencia ficción; un mundo al que accedí, debo decir, con una total inocencia sobre el menosprecio que sentía la Academia hacia él; un universo del que no conocía prácticamente nada, pues no fui una adolescente lectora de Verne u otros clásicos del género.

De manera que llevaba muchísimos años de retraso, así que me vi impelida a devorar un montón de libros trasnochadamente. Así fue como llegaron Bradbury, Asimov, Orwell, Wells, Stapledon, Dick y muchos otros a mi vida, para mi suerte y regocijo. Luego, buscando y buscando, descubrí que en mi propio país se escribía aquel género, que existía toda una tradición que corría subterránea y paralelamente a la literatura cubana que se estudiaba en clases, que aparecía en las historiografías y que año tras año eran tema de tesis en mi propia Facultad.

Y puesto que a nadie parecía interesarle tal asunto decidí que mi propia tesis de licenciatura sería sobre literatura cubana de ciencia ficción, específicamente sobre el ciberpunk y las cosmogonías de Vladimir Hernández Pacín, Erick Mota y Michel Encinosa.

Tengo que decir que estudiar Letras, conocer de cerca el inabarcable mundo de la literatura supuso un freno para mis deseos de escribir y de fabular por mi cuenta. Era evidente que la literatura no me necesitaba. ¿Qué podía aportar yo a ese sagrado e inamovible templo?

Tuvo que transcurrir más de un año luego de graduarme para que me decidiera a dar algún paso en esa dirección. El paso fue matricularme en el curso de técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Lo principal que me aportó fue seguridad en mí misma, la certeza (que en ocasiones se me diluye un poco) de que aquello que yo podía narrar era algo válido, interesante o atendible.

Dicho esto, los primeros cuentos que escribí fueron realistas. Lo fantástico, la ciencia ficción eran géneros que se me planteaban prácticamente como imposibles, a pesar de que mis autores preferidos escribían esa clase de textos. La cercanía con otros escritores a los que les interesaban estos temas, el vínculo con Espacio Abierto y con Raúl Aguiar en su contubernio con el grupo Ariete, me ayudaron a deshacerme de esos miedos.

Y ahora me pasa que todo lo que se me ocurre escribir es ciencia ficción o distopía o fantástico e, incluso, cuando es realismo (como ocurre con la novela en la que estoy trabajando actualmente) la ciencia ficción como tema, como hipertexto, aparece ineludiblemente.

¿Cuáles son los temas que hoy mismo te interesan?

Evidentemente quien me conozca o quien conozca algo de mi literatura sabrá que estoy totalmente fascinada con el personaje del nerd. Esa clase de seres obsesionados con el conocimiento, compulsivos adoradores de los mundos artificiales, tecnófilos incorregibles, hackers, bordeliners, marginados, cools solo a su propia manera… me cautivaron; y a explorar sus diversas manifestaciones me dediqué en mi segundo libro de cuentos Sobre los nerds y otras criaturas mitológicas, publicado en 2016 por la editorial Guantanamera.

Por otra parte, los temas de la inmortalidad, el libre albedrío, la poshumanidad, las Inteligencias Artificiales, el otro; la creación de distopías; la propia ciencia ficción como gueto, como república independiente, creo que han aparecido ya y seguirán apareciendo en lo que escriba.

¿Piensas, tal vez, que el hecho de escribir ficción te alejará en algún momento de la ensayística y la crítica? ¿Existe una marcada diferencia entre un tipo de escritura y otra?

Lo más peligroso era que escribir ensayística me alejara definitivamente de la escritura de ficción y, al menos por el momento, ese escollo parece superado. Creo que, a fin de cuentas, escribir una cosa u otra son experiencias totalmente distintas, que me enriquecen y que me provocan placer de maneras muy diferentes.

Ahora, tengo que confesar que me siento más segura, más convencida de mí misma cuando escribo no ficción. Quizás mi título universitario, la trayectoria que he recorrido dentro de ese terreno me provea de una mayor credibilidad, incluso ante mí misma. Nadie te da un carnet de escritora (bueno, la Asociación Hermanos Saíz (AHS)…) Pero lo que intento formular es que publicar un libro no es garantía de convertirte en escritor y  menos en los tiempos que corren, cuando basta pagar por ello. Cuando vine a vivir a España enfrenté una especie de crisis de identidad.

Desde que me graduara de la Universidad, yo había sido "Maielis González, profesora de literatura", y de repente me vi desligada de ese epíteto y ya no sabía explicar qué era, a qué me dedicaba. Ya se me ha pasado un poco y voy por ahí diciendo que soy investigadora literaria y punto. Cosa que nunca deja de ser cierta porque siempre estoy a la caza de nuevas experiencia literarias y el comunicar lo que me hicieron sentir o reflexionar tales experiencias es un paso inevitable en mis procesos de lectura.

Claramente se trata de dos tipos de lenguaje diferentes. El ensayo o la crítica suelen ser más comedidos, racionales, si se quiere, discretos. La ficción supuestamente permite más libertad y desparpajo. Pero creo que en nuestra contemporaneidad esos límites se diluyen cada vez más. Si me pongo a ver, mis autores preferidos ostentan un lenguaje que se correspondería más al ensayo y muchos de sus textos juegan a violar tales categorías.

Eso es lo que hacen Borges, Bioy, Piglia, Bolaño; lo que hace Ramiro Sanchiz más contemporáneamente. Y sí, yo misma he sido acusada de contaminar demasiado mis textos con lenguaje académico, pero visto lo anterior eso es casi más un elogio que un hándicap, ¿no?.

¿Crees que la mujer creadora, dentro del fantástico, ha sido lo suficientemente reconocida en nuestro país o ha quedado relegada a un segundo orden de importancia?

En realidad sí fui la primera cubana que publicó en este proyecto tan hermoso que viene desarrollando hace unos años la editorial Palabaristas, y que no solo incluye la serie de Alucinadas, sino también a Aterradas, una convocatoria para autoras que escriben terror, e Infiltradas, una antología que está próxima a salir con artículos que, desde la perspectiva de género, desde una postura feminista, analizan la literatura de género (ciencia ficción, fantasía, terror, new weird) y en la que también he tenido el honor de participar junto a investigadores de primer nivel del mundo de la ciencia ficción, no solo en castellano.

Esta asociación en realidad ha ocurrido de una manera casi azarosa. Creo que en el caso de Cuba no existe una situación discriminatoria con las mujeres, en particular, que escriben literatura de género. La importancia, bien merecida, que se le ha dado a las obras de Daína Chaviano, Chely Lima, Gina Picart, por mencionar autoras que pudiéramos llamar clásicas del género en nuestro país, o la visibilidad que tú misma, Elaine, has recibido por la indudable calidad de tu obra, es muestra de ello. Si existe algún tipo de menosprecio, en nuestro país, es para con la literatura de género en sí misma; pero incluso en ese aspecto creo que se están dando pasos muy positivos.

Sin embargo, sucede que me he encontrado viviendo en países (incluyo aquí también a mi querida Argentina) en los que la lucha feminista es una lucha por la supervivencia. He tenido que vivir fuera de Cuba para caer en la cuenta de que soy latinoamericana, de que soy negra y mujer, y aunque haya sido educada en que ese tipo de cosas no son determinantes, en estos contextos resulta que sí lo son.

El panorama de la literatura española de ciencia ficción, fantasía y terror está lleno de autoras (y ahí está el catálogo de la editorial Cerbero para respaldar tal afirmación), sin embargo, las grandes editoriales no las publican, premios como el UPC o el Alberto Magno han sido concedidos a mujeres en escasísimas ocasiones y los jurados de concursos suelen ser formados únicamente por hombres, la mayor parte del tiempo. Entonces sí que hay una lucha por librar en ese sentido de este lado y mira que solo estoy hablando de literatura.

La otra lucha, en este terreno, es que se conozcan a las impresionantes autoras y también autores latinoamericanos que tenemos. Eso me interesa más. La discriminación positiva puede ser un arma de doble filo y las autoras que yo defiendo, recomiendo, estudio, reseño, son ante todo buenísimas escritoras, ya lo de ser mujer es pura contingencia. Así debería ser siempre, pero desafortunadamente hay muchos prejuicios todavía para que tal cosa se dé con la debida transparencia.

En 2016 obtuviste el Premio de Narrativa Breve Eduardo Kovalivker, a raíz del cual se publicó tu primer libro de relatos Los días de la histeria, por la Colección Sur. Luego de ese libro iniciático, ¿qué ha sucedido con tu escritura? ¿Cuáles son los cambios más perceptibles en tu poética?

Bueno, el cambio más perceptible es que me he atrevido con la novela. Los que escribimos tenemos muchísimas taras y complejos detrás. Yo, por ejemplo, padezco un severo Síndrome del Impostor y eso me estuvo llevando a pensar que a nadie podría interesarle algo escrito por mí que se extendiera por más de diez páginas.

De manera que solo había concebido cuentos y relatos más bien cortos. Los propios lectores de esos cuentos se fueron quejando de que les sabía a poco esos microuniversos construidos por mí, así que, después de mucha autoterapia y superación de ciertos miedos, me he lanzado a proyectos más ambiciosos, que entrañan un desarrollo de un worlbuilding más intenso, pero que quiero suponer serán libros mejor logrados.

Los días de la histeria estuvo formado por dos relatos largos que eran distopías, ambas con muchas influencias de 1984 y Un mundo feliz. También tenían cierto deje asimoviano. Es un pequeño libro que, aunque primerizo, no me provoca rubor o vergüenza, y posiblemente "Seudo", uno de los relatos que lo componen, esté entre lo mejor que haya escrito hasta la fecha. Pero, ahora que me pones a pensar en eso, ciertamente ha habido cambios en mi "poética.

En primer lugar, he escrito y pronto saldrá publicada por la editorial Cerbero mi primera novela juvenil. Ciberpunk para púberes, ¿qué quieres que te diga? Disfruté mucho escribiéndola. Hay en ella hackers, inteligencias artificiales, robots mascotas, científicos locos, poshumanos y, por supuesto, nerds, que nunca es demasiado temprano para empezar a serlo. Creo que es un género, el infantil y/o juvenil, con el que me atrevería otra vez.

En segundo lugar, que acabo de concluir una novela corta de space opera, un subgénero que en mi vida me hubiera imaginado escribiendo, pero que me ha gustado bastante. Por último, también estoy trabajando en esta novela que mencioné antes, realista, casi podría decir que de “autoficción”, pues su protagonista es mi claro alter ego y va del mundillo de la literatura, de sus conspiraciones literarias endémicas, de historiografías no oficiales y mártires olvidados; pero también es una historia sobre la soledad, el desarraigo y los amigos”.

Desde hace unos años, el cyberpunk cubano —que durante un buen tiempo fue uno de los subgéneros más trabajados dentro de la producción de nuestra Isla— ha tenido que compartir centro de atención con otras escrituras: la ciencia ficción teñida de toques de fantasía, el steampunk, el biopunk, etcétera. ¿Crees que nuestro ciberpunk ha agotado ya sus temas y que, por repetición, está condenado a desaparecer o que evolucionará hacia otras búsquedas estéticas?

Vivimos un momento de notable hibridez en lo que a los géneros se refiere, por lo que no resulta sorprendente que a la par convivan corrientes como el ciberpunk, la fantaciencia, el steampunk o el horror. Ahora, lo que creo que pasa con el ciberpunk es que proveyó, no solo para Cuba, sino para toda Latinoamérica, de un prisma perfecto para mirar nuestra realidad. A los latinoamericanos poco les conmovió el costado “ciber” del movimiento. He leído novelas ciberpunk latinoamericanas en las que el ciberespacio no sale ni una sola vez.

Fue en la distopía postindustrial, en el futuro cercano e hipertecnologizado, en la proliferación de tribus suburbanas y de sujetos que tenían que bregar en los márgenes de la ley, donde los escritores que incursionaron en el pasado en este subgénero encontraron material para hablar de sus propias preocupaciones. Y creo que esas preocupaciones no se han apaciguado. Ya lo dijo Baradit: “Latinoamerica es ciberpunk.

Claro, que ese ciberpunk ya no será el de Gibson y Sterling, ni siquiera el de los primeros mexicanos que a finales de los noventa lo practicaron con tanto entusiasmo. Va a ser un ciberpunk de signos diferentes, que no va a poner reparos en mezclarse con la religión, con el telurismo, con el mestizaje, como ya lo demuestran las obras de Paz Soldán, Rafael Acevedo, Erick Mota o el mismo Baradit. A fin de cuentas, América Latina sigue siendo la tierra de elección del barroco.

Entonces, ¿cómo calificas tu propia obra? ¿Consideras que es también un producto híbrido?

Creo que mi obra también participa de esta hibridez. Aunque algunos de mis textos son inequívocamente clasificables como ciencia ficción, otros no tanto. Al principio pensaba que lo que pasaba era que yo escribía una especie de slipstream, que usaba y abusaba de cierta parafernalia cienciaficcional para mis egoístas fines maintream. En los últimos tiempos leyendo, hablando con amigos escritores e investigadores, tomé conciencia de un fenómeno que recorre toda la literatura latinoamericana más contemporánea y que algunos ya están llamando “posciencia ficción”.

Ha ocurrido una proliferación de obras que tratan temas típicos de la ciencia ficción, que se ubican en universos plenamente cienciaficcionales (y dale con la palabrita tan fea) y se publican en grandes casas editoriales que en su vida han publicado literatura de género (por supuesto, jamás encontrarás una nota de contracubierta que diga que el libro en cuestión es ciencia ficción o ciberpunk), pero que ni sus autores ni la crítica (pues estos sí están recibiendo atención de la crítica) se consideran o son considerados escritores de ciencia ficción.

Lo que sucede es que estos autores entienden la ciencia ficción antes que como un género literario, como un lenguaje; un lenguaje que les permite hablar con mayor eficacia de los intereses de su propia generación. Y ahí están los nombres de Pola Oloixarac, Ramiro Sanchiz, Martín Felipe Castagnet, Sebastián Robles, Liliana Colanzi, Agustina Bazterrica e, incluso, Ariadna Castellarnau (que es catalana pero tiene un fuerte vínculo con Argentina y su literatura). Luego, me di cuenta que posiblemente aquello me estuviera pasando a mí también, que la ciencia ficción fuera la lingua franca en la que me estaba siendo posible comunicarme y tender puentes con el resto de mis contemporáneos.

La carencia de críticos especializados en Cuba, ¿ha sido uno de los motivos que ha impedido que la escritura fantástica gestada dentro de la Isla sea poco conocida fuera de sus ámbitos, con algunas y contadas excepciones individuales?

Me parece que esa es solo una arista. Si nos ponemos a ver, no solo el fantástico, la mayoría de la literatura cubana actual, la que se está escribiendo ahora mismo, no se conoce fuera de los contornos de la Isla. Y eso no es culpa enteramente de la crítica, cuando esa misma crítica cubana no tiene prácticamente ninguna autoridad ni proyección internacional. ¿Quiénes son esos críticos cubanos que generan opinión, juicios de valor, análisis incisivos en torno a la literatura, y no hablo ya de la ciencia ficción o el fantástico?

De modo que antes de ponernos fantasear con difusión a nivel internacional deberíamos empezar por realizar verdaderos ejercicios críticos para con nuestra literatura. Por mucho tiempo, desde el gueto de la ciencia ficción nos hemos quejado de que no nos toman en cuenta, que no nos dan espacios editoriales o de promoción. Esa realidad ya no es tan así. No puedo hablar aquí de estadísticas que no conozco, pero es importante la cantidad de libros del género que se vienen publicando anualmente en Cuba en los últimos tiempos.

Creo que este es momento entonces de separar la paja del grano, porque claramente no todo lo que se publica es maravilloso, a veces, ni siquiera es bueno. Recuerdo que algo parecido comentó Rinaldo Acosta en un evento teórico de Espacio Abierto: “lo que hay es que escribir con calidad”, que el reconocimiento no se gana solo por el mero hecho de existir y formar parte de un movimiento que, en principio, puede resultar interesante como lo es, en potencia, una literatura de ciencia ficción escrita y pensada desde Cuba.

Entonces tendríamos que llamarnos a rigurosidad. Se podría empezar por los concursos literarios. ¿Por qué no utilizar a esos críticos y estudiosos, los pocos que hay como Rinaldo, Fabricio González, Rafael Grillo, como parte de los jurados? Y acabar de entender que en ocasiones es más digno dejar un premio desierto que otorgárselo a una obra que todavía le falta por madurar.

“Luego sucede que la propia ciencia ficción a nivel continental se encuentra sumamente aislada y son muy pocos los que logran dar el salto y alcanzar reconocimiento internacional. Se hace bastante, pero se hace en solitario, a nivel local, no hay iniciativas regionales. Y aquí en España ocurre otro tanto. La antropofagia: se consume mucha literatura de género en castellano, pero escrita por españoles, apenas si conocen a Angélica Gorosdicher o Daína Chaviano, y mira qué nombres estoy mencionando. ¿Qué quedará para los demás?

De manera que hay que generar métodos distintos. Creo que las redes sociales juegan mucho a nuestro favor en ese sentido. Lo otro es una predisposición nuestra a tender lazos, a movernos en este mar embravecido, que nadie dijo que iba a ser cosa fácil. No podemos siquiera continuar diciendo que no hay un interés desde la Academia por la ciencia ficción latinoamericana.

Hace pocos años, la Revista Hispanoamericana dedicó un especial a este tema con más de una docena de artículos increíbles de los más prestigiosos académicos de nuestra región. Ahora mismo estoy participando en dos proyectos de antologías también sobre literatura latinoamericana de ciencia ficción, que saldrán en inglés en los Estados Unidos en revistas de probada visibilidad, así que algo vamos haciendo. Se puede sentir que algo va cambiando y los tiempos son definitivamente menos hostiles para el género.

Has podido comparar la realidad del fantástico cubano con otras realidades, por ejemplo, la española, que actualmente —a mi entender— vive una edad esplendente. ¿Qué podría brindar la escritura cubana al mundo y recibir, a la par?

Se ha convertido prácticamente en un axioma aquello de que la ciencia ficción latinoamericana es una ciencia ficción diferente a la de cualquier otro lugar del planeta, sobre todo si este lugar es primermundista. Que el contexto económico y político ha engendrado una ciencia ficción única en nuestra región y que este fenómeno se agudiza muchísimo más si hablamos del espacio cubano, con su historia y su devenir tan particulares. Sin embargo, siempre se obvia en este tipo de análisis el contexto cultural y literario, que es igual o más determinante.

La ciencia ficción en países como Argentina, México, Chile o Cuba (por mencionar aquellos que cuentan con una trayectoria más larga y nutrida) se ha alimentado, contaminado, enriquecido con la literatura colindante, y eso es un rasgo que las une a pesar de ese incuestionable aislamiento que padecen. La ciencia ficción latinoamericana se ha contaminado de realismo mágico, de lo real maravilloso, del fantástico borgeano, y esto ha repercutido no solo en la elección de sus temáticas, en su preferencia por una ciencia ficción más filosófica o socio-política, sino en la propia manera de escribirla, en el regodeo en el lenguaje, en la no subestimación de la forma.

La diversidad, la proliferación de alternativas siempre es saludable cuando hablamos de cuestiones creativas. Lo que puede brindar el fantástico cubano es lo mismo que puede recibir de ese mundo ancho y ajeno; una contribución muy significativa a la diversidad de un corpus que cada día crece más en autores y propuestas”.

Dentro del panorama del fantástico cubano, ¿dónde y cómo crees que se puede insertar tu obra?

Mi obra está todavía muy al principio de su proceso de construcción. Todavía no sé (no podría saberlo) a dónde se va a dirigir. Entiendo que me sitúo en una posición muy ambigua: demasiado “académica” para el fandom y demasiado friki para el mainstream. Pero, en realidad, no me creo tan especial y encuentro ciertas afinidades con la obra de algunos contemporáneos míos como Carlos Enrique Lage, Raúl Flores Iriarte, Jamila Medina u Osdany Morales; una afinidad más desiderativa que real, pues ya me gustaría escribir o ser tan creativa como ellos.

Pero quiero decir con esto que comprendo que existe un nicho para mí, para lo que me interesa narrar, en el cuerpo de la literatura cubana contemporánea. Ya lo que queda es conseguir insertarme con cierto decoro en ese cuerpo, dejar en él alguna clase de marca, muy a despecho de que a esa literatura no le haga falta otra cicatriz u otra escarificación.

Tomado de AHS