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Homo Pinocchius

Noel Alejandro Nápoles González, 28 de noviembre de 2018

...no nos imaginamos un mundo sin Pinocho…

Ítalo Calvino
 

 

Somos el único animal que fabrica instrumentos, que trabaja, que piensa, que habla. Al menos, eso creemos. Por eso nos autodefinimos como homo sapiens y alegremente nos colocamos  en  la  cúspide  de  la evolución.

A pesar del narcisismo de nuestra especie, muchos de nuestros actos y muchas de nuestras ideas sugieren que no somos tan sapiens como creemos.

Toda obra humana se aplica al bien y al mal. Lo digo sin asumir ambos términos como antípodas irreconciliables, sabiendo que la diferencia muchas veces es contextual y, por ende, relativa. Los que confiamos en una sociedad futura más humana, queremos creer que la humanidad será más buena que mala. Pero eso es algo que todavía está por ver. Lo cierto es que en cada época histórica el conocimiento se ha aplicado a la paz y a la guerra, a la vida y a la muerte, a la verdad y a la mentira. La energía atómica se emplea para alumbrar a un país y para matar a miles de personas, un microbio se convierte en vacuna o en arma bacteriológica, el lenguaje escrito transmite la sabiduría y la ignorancia.

Ello obedece a la naturaleza paradójica del ser humano, que es quizás un reflejo de la naturaleza del universo. Todo es esencialmente contradictorio.
 
Por esta razón he decidido hablar del libro de Carlo Collodi1 Las aventuras de Pinocho. Resulta que dicen algunos pinochólogos que Pinocho = Jesucristo. La ecuación es hermosa y está avalada por las coincidencias que una exégesis cuidadosa va revelando, teniendo en cuenta no solo los evangelios canónicos sino también los apócrifos.

En efecto, fíjense cuántas semejanzas: Pinocho es el hijo de un carpintero; el Hada Azul, que al principio es una niña, luego se convierte en una mujer que él asume como mamá a la manera de la Virgen María; a Pinocho parecen bautizarlo con una palangana de agua que le tiran después que se quema los pies; la hostería del Cangrejo Rojo, donde Pinocho come con la zorra y el gato, recuerda la Última Cena; los tres médicos que, por pedido del Hada, devuelven a Pinocho a la   vida  se parecen a  los Tres Reyes Magos; cuando, por decirle mentiras al Hada, a Pinocho le crece la nariz, unos pájaros se la “circuncidan”; los compañeros de escuela con los que pelea Pinocho son siete como los pecados capitales; el hombrecillo que conduce a los niños al País de los Juguetes actúa como un demonio; la historia de Pinocho es contada en cuatro ocasiones de manera diferente –la primera en el capítulo 7, la segunda en el 17, la tercera en el 34 y la cuarta en el 35- como los cuatro evangelios de Mateo, Lucas, Marcos y Juan; al final del cuento, Pinocho sufre la metamorfosis de muñeco en niño, lo cual  trae la remembranza de la resurrección de Jesús.
 
Claro que existen otros elementos, como es el caso del tiburón de más de un kilómetro que engulle a Geppetto y a Pinocho, que nos retrotraen  a  pasajes del Antiguo Testamento como el de Jonás y el gran pez. Dicho sea de paso, Collodi habla de un tiburón; Disney es quien dibuja una ballena.

Es hermoso ver a Pinocho como la Biblia de los niños. Pero me resisto a imaginarme a Collodi tomando casi dictado de los evangelios o de cualquier otra tradición bíblica o italiana para escribir un libro tan fresco como este. Coincido con Ítalo Calvino cuando dice que:


La única conclusión posible es que el acervo imaginativo de una civilización está compuesto por un número dado de figuras que pueden organizarse de muchos modos pero no de otros, para los cuales una historia que funciona tendrá siempre muchos puntos en común con  otra historia que funciona… 2


Más que ser una versión profana de los evangelios, Pinocho parece una fábula sobre la naturaleza humana. Todos tenemos naturaleza de Pinocho. Es más, todos somos Pinocho. Como él, constantemente prometemos que vamos a ser buenos y constantemente hacemos diabluras.

Dada su naturaleza paradójica, la especie humana no debería llamarse homo sapiens sino homo pinocchius. Lo cual estaría más cerca de la verdad, ya que cada persona es un  tablero de ajedrez donde el Bien y el Mal disputan su partida interminable.

En eso consiste el secreto de Pinocho: en captar de un modo fresco la esencia del ser humano. Pinocho es la paradoja que nos retrata. Un duelo a vida entre el que somos y el que queremos ser.

A finales de los 90 compré en la librería de la calle Reina –que algunos llaman Canelo y otros La  Avellaneda-  un ejemplar de Las aventuras de Pinocho. Era una edición barcelonesa de 1944, que tenía todo el texto en letras rojas y a dos columnas.

Cada vez que pasaba una página tenía la impresión de leer un libro totalmente desconocido. Decimos que sabemos quién es Pinocho, el muñeco de madera al que le crece la nariz por decir mentiras, pero pocos nos damos cuenta de que es mucho más que eso.

Conocemos el Pinocho de Disney, no el de Collodi, porque vemos la película y no leemos el libro.

La  comodidad  de  esta  época audiovisual, donde la práctica y la razón se subordinan a la comunicación y los sentidos, nos juega la mala pasada de hacernos creer que sabemos lo que ignoramos. ¡Cuánta gente confía en que domina la información que guarda en su ordenador aunque no  haya leído una sola página!

El por qué de esta situación parece complejo pero es elemental. Muchas personas pensamos que estamos por encima de Pinocho pero  básicamente somos presas del mismo espejismo que él. Queremos vivir en un mundo donde ni se estudia ni se trabaja, solo se disfruta, y por eso añoramos que pase el hombrecillo del coche tirado por borricos. Olvidamos lo que el mismo autor nos advierte:

¿Habéis comprendido ya, mis queridos lectores, cuál era el verdadero oficio del hombrecillo (que yo creo que debía de ser un demonio del infierno)? Pues aquel terrible monstruo, que tenía siempre la cara de risa, se iba de vez en cuando a correr por el mundo con su coche, y con promesas y halagos recogía a todos los muchachos holgazanes y traviesos que odiaban los libros y la escuela, y después de meterlos en  su coche los conducía a “El país de los juguetes” para que pasaran todo el día en retozar y en divertirse. Cuando algún tiempo después aquellos pobres muchachos, a fuerza de no pensar más que en jugar se convertían en pollinos, entonces se apoderaba de ellos con gran satisfacción, y los llevaba para venderlos en ferias y mercados. Y de este modo había conseguido ganar en pocos años tanto dinero, que era millonario.3

Este simpático pero cruel personaje del que habla Collodi equivale, hoy, a los medios de distracción masiva. Por mera comodidad, el hombre actual se pliega ante los medios de comunicación. No mira al cielo, se pregunta qué dijo el parte meteorológico, en vez de hacer las dos cosas. Así se ha ido atrofiando su capacidad crítica y se ha convertido en un consumidor pasivo de información.

Por supuesto que da placer ver el filme de muñequitos que Walt Disney hizo a principios de los años 40. Es una obra maestra de la animación y del entretenimiento que sigue provocando en nosotros admiración y placer.

Pero nada resulta más revelador que leer el gran librito de Carlo Collodi y descubrirnos en su personaje protagónico. Leer Pinocho es leernos. Tan  fuerte es su influencia,  que casi todo el que lo lee le da un sentido personal, lo identifica con su propia experiencia y termina adaptándolo a su contexto.

¿Acaso no fue eso lo que hizo el dramaturgo ruso Alexei Tolstoi? Su versión se titula La llavecita de oro o Las  aventuras  de  Burattino,  y apareció en Cuba en una bellísima edición soviética con dibujos de Alexander  Koshkin,  que  nada  tienen que envidiarle a las ilustraciones de Carlo Chiostri, Enrico Mazzanti o a las del memorable Atilio Mussino.

El valor de un libro no se mide por la cantidad de ejemplares que de él se venden sino por la calidad de los corazones que conquista.   Y el de Collodi conquista desde el principio porque es una caricatura  de la naturaleza humana. Sus hipérboles son excusables pues acentúan lo que de veras existe. Son mentiras que dicen la verdad.

Y créanme que es así, porque a mi libro de Pinocho no le ha crecido la nariz.

 

Citas:

1-Su verdadero nombre era Carlo Lorenzini.

2-Ítalo Calvino, Pinocho o las andanzas de un pícaro de madera, en Correo de la UNESCO, junio de 1982, pp. 12-13.

3-Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho, Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, España.

 

Tomado de Librínsula

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