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En busca de las verdades perdidas

Enrique Pérez Díaz, 19 de diciembre de 2018

Acaba de salir de imprenta por Ediciones Áncoras de la AHS de la Isla de la Juventud, tras dos años de espera, En busca de un tiempo perdido, de Ariel Ribeaux Diago, obra que de manera indiscutida se alzó con el Premio David, de Ediciones Unión en el año 1995, en un momento del llamado Período Especial en que apenas libro alguno asomaba su faz en el panorama de las letras cubanas, por la conocida crisis material que se generó en esos años luego del derrumbe del socialismo en los países del Este.

Ariel era un joven tallerista (sí, de los talleres literarios) con una formación de Artes Plásticas, la especialidad en la que se ganaba la vida como curador y crítico y daba por entonces sus primeros pasos en el mundo de la literatura, ya fuera publicando en revistas sus cuentos para adultos (que luego integrarían el volumen Apocalipsis now (editado en Guatemala por su propia gestión) y de vez en cuando llevaba al taller sus primeros esbozos de la literatura que le haría célebre tiempo después. Acostumbrado por los años a este tipo de reuniones, recuerdo que le descubrí de repente en la Casa de la Cultura de Alamar cuando, para mi sorpresa y gozo, comenzó a leer uno de los cuentos que integrarían el que se iba a convertir por decreto de su trabajo y la suerte en su primer libro.

En medio de “poemas” que eran simples rimas con cierta consonancia y donde no se veían sustrato literario o aliento poético alguno, de supuestos “cuentos” o “relatos” que solo hablaban de bichitos, de abuelas buenas y hacendosas o de niños modelos, escuchar de pronto a Ariel leer con seguridad las primeras líneas de sus cuentos, me produjo una sorpresa inefable.

De alguna manera él sabía de mí, que a la sazón trabajaba en Revolución y Cultura y, justo cuando me le acercaba, ya dirigía sus pasos a mi encuentro. “Es imprescindible que publiques esos cuentos”, le dije entonces, “pero para hacerlo deberás ganar un premio”. Ariel me miró sonriente, desconfiado y, como quien no se cree lo que escucha, me dijo: “Pero ¿habrá un premio donde quepan estos cuentos?”. Confieso que me dejó sin respuesta. Poco tiempo después nos encontramos en la calle Línea, a pocas cuadras de la UNEAC y, esgrimiendo un papel, tuve la alegría de decirle: “Creo que ha llegado el concurso que te dará a conocer y, claro, que te dará un premio”.

Ariel tomó la convocatoria del David y todavía incrédulo respondió al instante: “pero solo tengo tres cuentos”. “Son suficientes, respondí al punto, no escribas más para ese libro”. Perdóneseme esta anécdota, pero creo oportuno contarla para dar una idea del poco aprecio o auto estima que Ariel sentía por sí mismo como escritor. Pese a legar dos de los libros más importantes de la década: En busca de un tiempo perdido y sobre todo, El Oro de la Edad, la modestia de este autor siempre le hizo preferir otros caminos creativos y vitales, que dedicarse a la escritura. Creo que sencillamente optó por escribir lo justo, aquello que le apasionaba o que campana doblando en su intelecto le anunciaba un tema necesario de ser tratado.

Huelga decir que Ariel ganó el premio y que desde entonces nos hicimos habituales uno al otro. Fui responsable indirecto de que años después ganara su Premio Ismaelillo por El Oro de la Edad, con un jurado que integraban José Manuel Espino e Ileana Prieto Giménez y del que se debió retirar Dora Alonso por razones de salud y se me pidió a la carrera que yo asumiera en tiempo record. Espino y yo siempre hemos comentado años después que la afortunada circunstancia de un hecho fortuito puede marcar de manera crucial la carrera de un autor.

Toda su literatura estuvo marcada por estos hitos y si hoy Ariel es toda una leyenda por los valores y lo novedoso de su creación, además de su flagrante ineditez —situación que al llegar el décimo aniversario de su muerte, la AHS y varias de sus editoriales decidieron palear— cuando muchos lo consideramos un adelantando, es razonable pensar que estos libros dieron al mundo de nuestras letras para niños un vuelco tan telúrico que hacía bastante tiempo venía necesitando…

La obra

Al margen de que por sí misma En busca de un tiempo perdido constituye un regalo al intelecto gracias a las inspiradas imágenes que el autor consigue recrear del universo infantil, desde que leí su manuscrito este libro confirmó mi teoría de que en los 90`s ya afloraba en Cuba una nueva literatura para niños que se abría paso hasta donde le era permitido, pese a que aún existan criterios “tradicionalistas” en jurados, editores, y cuantos pudieran ayudarla a ser y evolucionar positivamente. Ariel vino con la impronta de una especie de buldócer de cariño hacia la infancia, aunque no de manera expresa, pero sí por la forma en que ordena su obra literaria que se puede resumir en cuatro volúmenes publicados, los mencionados En busca de un tiempo perdido y El Oro de la Edad y Nomeolvides y Terreno de nadie, obra póstumamente publicada por la colección Veintiuno.

En busca de las verdades ocultas

Remitiéndose al universo entreverado del mundo de Marcel Proust (del cual toma hasta el nombre para el personaje de “Perdido”, en este volumen de cuentos que se relacionan entre sí —aunque presentan las realidades de tres personajes diferentes— Ariel incursiona por primera vez en el predio (in)feliz de una literatura destinada a la infancia. Cuando comenzamos a leer “En busca” casi se nos antoja habernos ido a las historias del célebre “Había una vez…” o del “Cuentan que…” o el “Érase que se era…” de tantos cuentos recordados de la infancia. Dos hermanitos andan en busca de la Esperanza, que en el peculiar es algo más —en realidad mucho más— que la esposa de un grillo verde. Por el camino van descubriendo la variopinta etimología de esta palabra y la repercusión que tiene para todos, más por los lazos afectivos que el concepto establece en las vidas de las personas. No es lo mismo vivir con una esperanza que sin ella.

En el segundo cuento, “De un tiempo” el universo se trastoca como en tantas historias para niños, pero no por la voluntad de un menor que se convierte en la víctima primera de su libertad casualmente alcanzada luego de la “crisis de infancia” que padecen sus padres. El protagonista deberá enfrentar esta crisis de empequeñecimiento, sobre todo mental, de sus “mayores” y él solo, sin apoyo de institución social alguna, hacerle frente a la vida que representa ser responsable de quienes antes devenían autoridad sobre nosotros. La paradoja que encierra el rico argumento de este cuento nos llena de más inquietudes que de certezas, pues nunca atinamos a entender cabalmente a qué sitio aspiraba llegar Ariel o ¿acaso su personaje solo está llamado a ser un irónico alerta del caos de la sociedad moderna adulta?

“Perdido” es sin duda alguna el relato más contundente en intertextual del volumen. Ariel ya se ha librado de toda posible herencia de sus lecturas más convencionales de los clásicos y suelta las amarras de su imaginación para llevarnos a un cuento donde aborda por primera vez la violencia infantil, sobre todo en un contexto escolar. Marcel no es distinto a nadie más, ni siquiera porque vaya siempre atildado y sus poses no sean todo lo varoniles que los otros esperan, sino sencillamente es distinto porque así lo quieren ver los otros. Ariel se adentra en el riesgoso terreno del ser y el aparentar —por demás luego muy frecuentado por otros autores, pero hasta entonces inédito en nuestras letras— y la realidad se recrudece al punto de que Marcel reniega de su padre al ser criticada por los otros su profesión de payaso. Tanto desea Marcel no ser hijo de un payaso, incluso un payaso bondadoso, bonachón y de alegre sonrisa que le prodigaba amor y entendimiento, que el padre desaparece en trágico acto de magia por un simple error y Ezequiel Pailock Vieta deberá dar al público una explicación.

El ambiente represivo al que es llevado Marcel por el nuevo esposo de su madre, precisamente el domador del circo que pretende hacer de esta fiera infantil un chico obediente, sumen al niño en un pesar que no encuentra consuelo, sobre todo cuando Marcel descubre que toda su lucha por ser como los otros resulta baldía. Con esa intertextualidad que le caracterizaba, no cultivada pero sí inmanente a su estilo, Ariel Ribeaux negará en una historia la verdad que en otra esgrimen sus personajes: ¿será la infancia el mejor de los mundos cuando alguien corre el riesgo de perder a su padre casi de forma milagrosa para caer en manos de un domador de niños? ¿Habrá esperanza para el chico que es abandonado por unos mayores inconscientes y hastiados de ser adultos? ¿Será la esperanza consuelo suficiente cuando nunca recuperamos lo perdido?

El abierto final de cada cuento y el que entre sí se encierren argumentalmente, como una serpiente mordiéndose la cola, en un círculo, revela intenciones bien claras en este libro que da mucho qué pensar. Habría que elogiar, además, la síntesis, el ritmo, el acertado uso de los diálogos y esa fantasía (no evasiva sino liberadora) que matiza cada ofensa de la realidad, cada arista dura y traumática, sobre todo para un autor que con esta obra se iniciaba en el mundo de las letras. El pulso y la seguridad con que fue escrito cada cuento dan la medida del talento de un joven lleno de inspiración e inquietudes.
Ariel Ribeaux regala un libro para que pensemos. Su mensaje llega claramente al niño, pero también llama a la puerta del corazón del adulto, ese corazón en ocasiones harto de vivir y de sufrir y carente de toda imaginación o lógica para emprender los ignotos y riesgosos senderos que a veces la existencia le pone por delante.

“Aparte de la originalidad, el dominio del oficio narrativo y la coherencia que posee este autor, la forma de narrar nos sitúa ante algo nuevo, precursor, anuncio de muchos textos que necesariamente vendrán de la mano de este y de otros autores”, escribí anunciando su aparición cuando finalmente Ediciones Unión daba a conocer el libro en un hermoso volumen de la Colección Ismaelillo, alumbrado con el encanto y luz de las ilustraciones de Sandro de la Rosa, el conocido pintor, quien era entonces otro gran amigo de Ariel. También recuerdo haber escrito por esa época lo siguiente: “Hoy, En busca de un tiempo perdido, como tantos originales inéditos lamentablemente por la difícil situación cubana, refleja la existencia de una literatura infantil subterránea, no aprobada del todo por la “norma”, con obras que son nota discordante en el panorama de nuestras letras para las primeras edades, donde por desgracia aún abunda lo manido, lo trivial y lo acomodado”.

Afortunadamente, tal y como de alguna manera predijeran mis palabras, hoy en día los textos que enfocan la problemática infantil y el hecho literario partiendo de las mismas premisas justicieras y el rango escritural de obras como En busca de un tiempo perdido, no son raras avis sino algo cotidiano en nuestras letras. ¿Textos posmodernos?, ¿novísimos?, ¿literatura de o con niños para los adultos? Poco importa. Lo cierto es que los libros como este inauguraron una nueva época, la esperada era en que las obras discordantes fueran aquellas que en los setenta y aún en los ochenta pintaban a los pequeños paraísos de bichitos, abuelitas buenas y modélicas y se evadían hasta el absurdo de los problemas y la realidad de los niños.

Si “El oro de la edad juega con códigos postmodernos en una visión contemporánea del mundo y, al tanto que aboga por la tolerancia, establece una relectura de los personajes de La Edad de Oro con rigor estilístico e imaginación”, como comentaba en su nota de contracubierta la editora Ena Lucía Portela y Nomeolvides, quizás sea el relato más críptico y a la vez ambicioso de las tres obras cubanas mencionadas en la edición del Premio Casa 2002, porque no renuncia a sus habituales códigos de postmodernidad, intertextualidades y a una urdimbre ciertamente compleja, desde En busca de un tiempo perdido ya Ariel Ribeaux Diago se anunciaba como el que luego iba a ser, siguiendo los patrones conductuales que luego marcan toda su obra (incluso el puñado de cuentos que dejó inéditos). Estos patrones serían, a saber: Una intertextualidad patente en retomar personajes y temas de otras obras, autores literarios, figuras de la vida real y elementos del cine, la plástica o el teatro. Una desconfianza innata hacia el adulto, algunas veces por represivo, otras por impotente para contrarrestar una situación de crisis, siempre porque representa los límites, que todos los personajes infantiles desean vulnerar en bien de su crecimiento espiritual y humano. Primeros atisbos de obras que calan hondamente en la personalidad infantil al abundar en la complejidad de los sentimientos de cada personaje, seres complejos, contradictorios, plenos de sentimientos desencontrados y que sienten una desconfianza intuitiva hacia el adulto, seres capaces de sentir odios e intenciones malsanas hacia sus semejantes, con la misma intensidad que pudieran amarlos. Un manejo cinematográfico de la narración, evidente sobre todo en planos temporales y físicos, en mudas de punto de vista o de tono narrativo y en el devenir, a veces, sorpresivo, que sufre un argumento que iban indicándonos irse por otro rumbo. Una feroz crítica al adulto, quizás con un lejano eco a las narraciones del inglés Roald Dahl, pero sin el humor mordaz de aquel y sí con un concepto del sufrimiento estoico que preside a cada infante que como Marcel (el protagonista del último cuento de En busca…) debe enfrentar el absurdo mundo del mayor, que le oprime y enajena.  Un recurrir a la fantasía liberadora, pero como dije antes no tanto en la evasión sino en las posibilidades imaginativas que el mundo alternativo que se inventan los niños les puede ofrecer para transformar esa realidad que son incapaces de asumir. Un hacer valer los derechos de la infancia, no tanto de forma verbalizada por ella sino más bien dando a la causalidad el acicate y la posibilidad de guiar el argumento hacia derroteros impensados por su protagonista y poco predecibles para el lector cuando se plantea el conflicto original. Un abordaje natural y no pintoresquista o forzado de varios de los temas que eran tabú por entonces, como pueden ser la muerte, el abandono filial de la infancia, el divorcio, la represión tácita en la educación adulta hacia el menor, las diferencias clasistas, sexuales o raciales. Una crítica más o menos velada a la sociedad y su relación con lo colectivo y lo individual y al uso más o menos encubierto del poder.

Tales motivaciones escriturales se sostienen también cuando nos vamos sumergiendo en historias posteriores (Nomeolvides) con esa hipotética sociedad dominada por unos tecnócratas que han inventado un spray contra la memoria de la gente y le corresponderá a una niña, Rosa Púrpura del Cairo, convertirse en paladín de una causa que ya de antemano parece perdida. Tan iconoclasta y ocurrente muchachita deberá luchar contra la desmemoria a la que ha sucumbido hasta su propia madre, por antonomasia convencional, retrógrada y algo cursi, y también contra un sátrapa y su tropa de burócratas. Impregnado de cierto aire a lo Michael Ende, Nomeolvides deslumbra por momentos gracias a su nivel de sugerencia y alcance ético, y en otros quizás abruma un tanto por los círculos que el argumento describe sobre sí mismo. No obstante, revela que el autor de En busca de un tiempo perdido y de la polémica (y censurada) El oro de la edad, se lanzaba con valor, a veces casi suicida para su época, en aventuras literarias de mayor alcance y, pese a su juventud e inexperiencia, conseguía sus objetivos comunicacionales con el tino y la seguridad suficientes de todo un consagrado, lo cual hace pensar, aun a la luz de casi tres décadas después, que Ariel Ribeaux Diago venía marcado por un sino especial que le hizo ser único, diferente. Cuando lamentablemente ya no tenemos a Ariel entre nosotros, siempre con la promesa renovada o el anuncio de otro libro “incómodo” que agite un poco el ambiente, vale recordarlo como el hombre inteligente, decidido y sensible que miró a la infancia con otros ojos, una observación entreverada de ternura y complicidad tácitas, pero también de una tristeza inmanente, de una insatisfacción plena ante el mundo y un deseo de trascender esos mismos sentimientos e ir más allá, quizás en busca de un tiempo perdido, del oro de una edad o al alcance de un horizonte apenas vislumbrado en la distancia.  Muchas personas se han quejado en ocasiones de la brevedad de su vida y de su obra. Sin embargo, pienso que Ariel era de los que deciden por propia elección “viajar” pronto hacia otros infinitos. El incidente violento acaecido en Ciudad Guatemala que produjo un acelerado y mortal deterioro de su salud y le convenció de que era preferible marcharse a los predios encantados de la imaginación, antes que permanecer entre nosotros como un vegetal, nos llevó la figura humana de Ariel, pero nunca ha conseguido arrancarnos su legado escritural, la trascendencia de sus obras y a esos personajes tan suyos e inimitables que permanecen indelebles en nuestra memoria. En busca de un tiempo perdido fue el pórtico por el que asomó este joven hace muchos años al codiciado Olimpo de los libros para niños del continente, un Olimpo donde —huelga decirlo— él fue, es y será siempre, para todos nosotros, una especie de Dios.
 

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