En el balcón aquel
Acabo de leer, de un tirón y en un par de horas, el libro En el balcón aquel, de la filóloga, escritora y periodista cubana Dulce María Sotolongo Carrington, publicado en una segunda edición hecha por la editorial miamense Unos & Otros. Han sido dos horas de lectura que me han hecho recordar otros tiempos y viejas aventuras personales, pero también me han despertado otra vez los deseos de repensar la música; esa música que es la que a mí me gusta, por supuesto.
El libro de la investigadora Sotolongo es, en realidad, una sabrosa y bien ambientada crónica periodística; intenta, y logra, contarnos de primera mano −la autora conoció y trató personalmente durante años al personaje biografiado− los avatares de la vida y la fecunda obra musical del compositor cubano Leopoldo Pérez Ulloa (1931-2003), uno de los maestros más perseverantes y callados de la bolerística antillana.
Estamos ante una crónica periodística en la que la información, bien acotada y contrastada con las fuentes, proviene, más que del propio Ulloa, de un señor, campesino al fin, de modestia casi antológica, de sus amigos, de sus familiares, de la propia autora del libro y, sobre todo, de los recuerdos de los músicos que le conocieron y de los cantantes que interpretaron sus canciones, que no todas fueron boleros. Y proviene también de los arreglistas y orquestadores (Joaquín Mendivel, Severino Ramos, Javier Vázquez y otros) que supieron darle forma a esa manera “moruna” de componer (todo un subgénero del bolero) tan propia de la herencia directa de lo español que traía desde la cuna el guajiro de Catalina de Guines, Leopoldo Ulloa.
Pero hay más. Leer este libro es reencontrarnos, algo que agradecemos profundamente los que gustamos de la buena música, nacimos en Cuba y peinamos canas, con el “cubano europeo” Antonio Machín, la Sonora Matancera, la Celia Cruz de los primeros tiempos, el bigotudo Bienvenido Granda, Celio González, José Tejedor y su inseparable Luis, el conjunto Rumbavana, la sofisticada Gina León, la temperamental Moraima Secada, la delicadeza y elegancia de Clara y Mario, Lino Borges (otro guajiro con poco ego y soberbia afinación), Frank Fernández, el conjunto Saratoga, Wilfredo Mendi, Roberto Sanchez, Nestor del Castillo, Manolo del Valle y algunos otros artistas más jóvenes que conozco menos pero, presumo, poseedores de gran calidad interpretativa.
Porque por lo menos en Cuba, Leopoldo Ulloa, el maestro de los boleros sencillos pero profundos, no ha pasado totalmente de moda, aunque algunos entrevistados se quejen de que sus piezas se escuchan poco.
No se si la autora de En el balcón aquel (título de uno de los boleros más emblemáticos de Ulloa) lo pensó y lo estructuró así al recopilar y sentarse a escribir estas crónicas, pero logró, más allá de ponernos al día con la vida y la obra artística de Leopoldo Ulloa, contarnos importantes retazos, algunos muy poco o nada divulgados, de esa fascinante etapa de la música popular cubana y la farándula radial, televisiva y cabaretera que enlazan los años cuarenta, cincuenta y sesenta con lo que vendría después.
Quedar incrustado en el lenguaje popular con dichos y frases de uso común que casi nadie sabe de dónde vinieron es, según el poeta Antonio Machado, pasar a formar parte del alma de ese pueblo, en este caso el cubano. ¿Quién no ha comentado alguna vez, en broma o muy en serio, fulano anda “como nave sin rumbo” cuando las cosas se han torcido para el blanco del comentario, o “zutano tiene ´una pasión sin freno´ por tal o mascual persona o cosa”? Pues bien, esos son los títulos de dos de los muchos boleros que compuso, en cinco décadas de labor musical ininterrumpida Leopoldo Ulloa.
Y es justo confesar que repasando para esta reseña la lista de composiciones del maestro Ulloa encontré muchas que se las atribuía a otros autores o simplemente no tenía la menor idea de quién las había compuesto. Y eso se debe, creo, a que Leopoldo Ulloa, lejos de las luces (y sombras) de la farándula, dedicó toda su vida a solo tres cosas: su familia, componer boleros y guarachas y labrar la tierra.
No soy muy dado a comentar o reseñar libros de nuevo cuño, y menos cuando están dedicados a tratar temas en los que no soy experto. Pero aunque muy joven, adolescente aún, viví todavía un cachito de aquella Habana noctámbula, romántica y alegre −quizás la procesión iba por dentro−, y este hombre, Leopoldo Ulloa, con sus boleros, fue una parte pequeña pero muy recordable de todo aquello. Razón de más, por lo menos en mi caso, para disfrutar de esta crónica y razón de más, también, para escribir esta breve reseña.
Estamos pues ante un libro que se une a la cada vez más rica y cualificada colección de obras dedicadas a la música, sobre todo a la música caribeña, aunque no siempre, de la Editorial Unos & Otros. Una colección que vale para los especialistas, pero mucho más para los que simplemente queremos recordar y volver a vivir, como en la canción.
Y no estaría de más, se me ocurre, que la investigadora Sotolongo Carrington nos regalara alguna otra buena investigación sobre la riquísima historia musical cubana, incluso partiendo de algunos comentarios y anécdotas de personas entrevistadas para este libro. Yo, por lo menos, me quedé con hambre.
Para concluir, si le gustan los boleros y si ama o amó alguna vez a esa Habana noctámbula y un poco mítica, le recomiendo muy seriamente la lectura de En el balcón aquel. Lo va a disfrutar.