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Enrique Serpa y Rubén Martínez Villena: una amistad inquebrantable

Jesús Dueñas Becerra  , 15 de enero de 2019

Escribir sobre el escritor y periodista Enrique Serpa (1900-1968) y el poeta y jurista Rubén Martínez Villena (1898-1934), obedece a una necesidad intelectual y espiritual que me conmina a evocar, en esta crónica, la vida y la obra de quienes, en vida, establecieran una amistad que solo Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo), pudo interrumpir, pero no destruir como lo hace el huracán tropical que —según el Apóstol— “arranca y arrebata”.  

Enrique Serpa desarrolló la línea temática marinera, y logró con su prosa un mayor esplendor de la literatura cubana y de mucho más allá de nuestras fronteras geográficas.

Nació en La Habana. Cursó su primera enseñanza en la escuela pública número 37 del (hoy municipio del) Cerro, donde fue condiscípulo de Rubén Martínez Villena (1899-1934), con quien entabló una sólida relación afectivo-espiritual, y por ende, se convirtió en su gran amigo.

Comenzó a trabajar desde niño. A los trece años de edad incursionó en diferentes oficios: aprendiz de zapatero, tipógrafo y mensajero de tintorería. En 1918 se trasladó a Matanzas, la Atenas de Cuba.

En la Ciudad de los Puentes, fue pesador de caña en el central Mercedes Carrillo, y con posterioridad, empleado administrativo en las oficinas del ingenio.

De regreso a La Habana trabajó en el bufete del doctor Fernando Ortiz (1881-1969), junto a Martínez Villena.

Como otros intelectuales de la época republicana, participó en las tertulias del Café Martí. Fue uno de los integrantes del Grupo Minorista. Como profesional de la prensa, ocupó la jefatura de corresponsales y de información del diario El Mundo (1921-1929), director literario de Chic (1925) y redactor del rotativo Excelsior (1930-1952). Colaboró con varios medios nacionales de prensa: Cuba Contemporánea, Revista Bimestre Cubana, Gaceta del Caribe, Castalia, Luz, Futuro Social, El Fígaro, Social, Carteles y Bohemia.

Viajó por Estados Unidos, Guatemala, Venezuela, Haití, España, Bélgica, Alemania, Suiza e Italia. También recorrió de un extremo a otro nuestra plataforma insular.
De 1952 a 1959 residió en París, donde desempeñó la función de agregado de prensa en la embajada de la República de Cuba en Francia.

Dio a la estampa, en colaboración con el escritor y periodista Fernando G. Campoamor (1914-2002), Recordación de Hernández Catá, y de su cosecha Contrabando (Premio Nacional de Novela 1938), La Trampa, así como el relato corto El desertor, llevado a la pequeña pantalla en la primera década del presente siglo, y magistralmente protagonizado por el carismático actor Denys Ramos.

Después del triunfo revolucionario de 1959, regresó a la capital cubana, donde colaboró con el periódico El Mundo, así como con las revistas Bohemia, Unión y Mar y Pesca, donde publicó sus vivencias, anécdotas y experiencias como amante apasionado del mar y sus secretos, que solo él conocía.

Miembro fundador de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), dejó inéditos el libro de cuentos Historias del juez, mientras que su obra literaria ha sido traducida a varios idiomas extranjeros.

Martínez Villena fue un luchador revolucionario de las décadas del 20 y el 30 de la anterior centuria, que se graduó de doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. Desde muy joven, se vinculó a la lucha contra la corrupción y el entreguismo de los gobiernos republicanos.

Lideró la Protesta de los Trece y fue fundador del Grupo Minorista; estuvo vinculado al Movimiento de Veteranos y Patriotas contra el gobierno del doctor Alfredo Zayas (1881-1934), y desde el ascenso al poder, en 1925, del general Gerardo Machado (1871-1939). “Asno con Garras” o “Mussolini Tropical”, lo combatió vehementemente, sobre todo con la fuerza de la ideología martiana y marxista y con la pluma, siempre en ristre.

Como dirigente del Partido Comunista de Cuba (PCC) trabajó en Moscú en la Sección Latinoamericana de la KOMITERN y de regreso a La Habana organizó y dirigió la huelga general revolucionaria que derrocó la dictadura machadista en agosto de 1933. Vate de elevado vuelo lírico; sin embargo, solo pudo crear una escasa obra poético-literaria, como consecuencia de que dedicó todas las energías vitales a la lucha revolucionaria y partidista, a la cual se entregara en cuerpo, mente y alma hasta el último aliento. No obstante, pudo escribir La pupila insomne, valorada por la crítica como su obra cumbre en el campo de la literatura cubana contemporánea.

Después de una breve síntesis de la trayectoria intelectual y revolucionaria de Enrique Serpa y Rubén Martínez Villena, habría que destacar —con letras indelebles— la sincera amistad que unió para siempre a esas dos relevantes personalidades de la cultura cubana.

Enrique y Rubén se conocieron cuando eran dos pequeños príncipes que asistían a la misma escuela pública de enseñanza común (primaria), para luego re-encontrarse —como compañeros de trabajo— en el bufete de don Fernando Ortiz, decano de las ciencias antropológicas cubanas; por consiguiente, los vínculos de afecto, cariño y respeto mutuos que los hicieron encontrarse en el espíritu fueron creciendo con el discurrir del tiempo hasta convertirse en “hermanos del alma”, como lo fueran, en su momento, José Julián Martí Pérez (1853-1895) y Fermín Valdés Domínguez (1852-1910).

Esa devoción que sentían el uno por el otro se vio reflejada —con meridiana claridad— en la correspondencia que sostuvieran cuando la distancia geográfica los separaba como consecuencia de las más disímiles razones.

En una entrevista a la señora Clara Elena Serpa Aenlle (1933-2019), hija de Enrique, publicada en el Portal Cubarte, y en la que ella evoca la memoria de su querido progenitor, menciona la mascarilla que le hiciera el padre a Rubén con motivo de su lamentable deceso, a la temprana edad de 36 años, víctima de una grave dolencia pulmonar; mascarilla en que se puede apreciar la mirada (tierna con los compañeros y amigos) y hostil (con los enemigos del pueblo cubano), que irradiaban aquellos ojos del color de la bóveda celeste, y que ella conservara como un preciado tesoro, no solo en un lugar sagrado de la casa paterna, sino también en su archivo mnémico, donde registrara, tanto los buenos, como los malos momentos, que Enrique y Rubén compartieron juntos durante la niñez, la adolescencia y la juventud en el contexto socio-histórico que les tocó vivir.

Esta crónica, en la que evoco la memoria de Enrique Serpa y Rubén Martínez Villena, deviene un verdadero canto a la amistad que aún mantienen en ese mundo lleno de poesía, música, luz y color, a donde van los hombres buenos como ellos que —al decir del poeta mayor de la patria grande latinoamericana— “aman y crean”.       

Fotos tomadas de Juventud Rebelde y 5 de Septiembre