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El libro de los elogios: homenajes y homenajeados

Cira Romero, 10 de marzo de 2019

Conocí a Eduardo Heras León en 1970, cuando trabajaba en la fábrica Vanguardia Socialista, en el municipio de Guanabacoa. Ya habían ocurrido sucesos lamentables con su libro Los pasos de la hierba y estaba vetado en la vida literaria cubana. Iba con frecuencia a mi casa de entonces, en Regla, sobre todo para conversar con quien era entonces mi compañero, el muy olvidado Manuel Cofiño. Era una época de feliz abundancia de calamares y aun cuando llegara sin avisar siempre había tiempo para prepararlos.

No recuerdo haberlo escuchado quejarse de lo que había ocurrido tiempo atrás y, por el contrario, lo que hacían ambos era leerse mutuamente cuentos que estaban aún en proceso de elaboración. Cuando las aguas cogieron su nivel continuó visitándonos y tampoco se refería a esa especie de resurrección que había ocurrido en su vida y en su obra. He seguido con atención su obra cuentística a lo largo de los años, que ya suma once títulos, cerrada, aunque no lo esté con sus Cuentos completos (2012), ahora republicados, así como algunos títulos que integran este libro que han visto la luz de manera independiente con motivo de dedicársele la 28 Feria Internacional del Libro.

Si importante es su obra cuentística, casi a la altura de ella está el hijo que nunca tuvo, el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, fundado en 1998 y que aún dirige, ahora con la ayuda de sus más cercanos colaboradores. Los frutos obtenidos han sido notables, apreciables en premios como el Calendario de la AHS, el David de la Uneac y el Alejo Carpentier auspiciado por la Editorial Letras Cubanas y la propia institución que lleva el nombre de este narrador de talla mayor. Su creación y consolidación ha enaltecido lo que él considera su vocación mayor, la de maestro, reconocida al otorgársele, en el 2009 el galardón Maestro de Juventudes, la de editor (obtuvo el Premio Nacional de Edición en el 2001) y más recientemente, en 2014, El Premio Nacional de Literatura.

Pero mis palabras no se referirán a su obra cuentistica, sino a una obra que tituló El libro de los elogios editada por Ediciones Extramuros de La Habana, que recoge textos suyos dedicados a autores cubanos y extranjeros.

El libro agrupa charlas, conferecias y palabras de homenaje. En estas páginas se entreveran la literatura, que a veces alcanza predominio testimonial, el predominio nacido del amor por los que invoca, estén vivos o muertos. Asimismo, late la pasión de otros ahora compartida mediante el autor, devenido en pieza clave para decir, pero sobre todo sorprender. Pero también se comparten tristezas y textos dedicados a nuestro Cuentero Mayor, para nada casual.

En el libro coexiste la poesía, el humor, mezcla a veces imprecisa que da como resultado un texto único, donde conviven el dolor, la alegría, la satisfacción porque sabe que está cumpliendo un deber con los suyos, sus hermanos de letras. Libro que derrocha profunda humanidad, participativo, coherente e imantador, es capaz, por sí mismo, de reunir textos que son expresión de vitalidad discursiva, casi cuentos ellos mismos, nacidos de sus propias experiencias con aquellos que no fueron o no son aun cercanos, como cercana no es también la obra de los extranjeros que incluye, voces todas imprescindibles del universo literario cronológicamente más cercano a nuestros días.

Creo que El libro de los elogios constituye un acercamiento perfecto a los juicios críticos de nuestro siempre querido "Chino", alma noble como pocas, que ahora se encarga de los otros, de esos que siempre los han rodeado.