Tiempos difíciles para el género epistolar
Del modo mismo que el desarrollo de las comunicaciones digitales amenaza conducir a la extinción de nuestra cotidianidad del cartero de barrio, el género epistolar vive momentos de incertidumbre.
Por supuesto que no vamos a culpar aquí al maravilloso correo electrónico del declive del género. Pero la tecnología sí trae consigo algunos cambios en el comportamiento de los escribidores. Por ejemplo, escribimos y nos comunicamos ahora más que nunca, pero raramente imprimimos los textos que enviamos o recibimos, porque sencillamente los leemos en la pantalla y luego los conservamos en la memoria de la computadora o el celular hasta que un día el disco duro se nos aparece con la majadería de romperse y perdemos toda o buena parte de la información. ¿Acaso no le ha sucedido a usted? Y por ahí mismo se fue la memoria de nuestra correspondencia...
También, y es apreciación muy personal, han aparecido modas que conspiran contra la belleza y la ortografía del lenguaje: algunos lo escriben todo en mayúsculas (piensan con ello evitarse el trabajo de los signos de puntuación y las tildes), otros aplican un lenguaje fonético de su propia invención, simplificatorio y elemental, que ni siquiera parece español, y por último, o casi último, están quienes apelan a las “caritas” y otros indicadores visuales (bastante pueriles) con los cuales pretenden describir emociones, estados de ánimo y sensaciones.
Claro que dicho lenguaje electrónico facilita la comunicación, la universaliza, aunque también la empobrece. A mí —y que me disculpe el lector si no comparte mi opinión— me cae muy mal cuando en medio del texto me “indican” por medio de un je,je,je que debo sonreír, recurso tan poco espontáneo como la risa grabada de los programas televisivos supuestamente cómicos, y que exonera a quien escribe de intentar conseguir la sonrisa mediante los recursos del ingenio y la palabra precisa.
Los grandes epistolarios de nuestros héroes, aun cuando escritos para la privacidad, se han salvado gracias a que fueron manuscritos y quedaron conservados. ¿Imagina usted el vacío insalvable en nuestra historia que hubiera significado la pérdida de los epistolarios de Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Juan Gualberto Gómez y tantos otros próceres de la independencia?
Después, con el siglo XX y la llegada de la máquina de escribir, la correspondencia, fuera familiar, comercial o de cualquier índole, casi siempre se redactaba con una copia para archivar.
Son las cartas, tan reveladoras de la personalidad, del aliento íntimo, del carácter, las que nos han permitido conocer mejor que cualquier biografía las preocupaciones y anhelos de Manuel Sanguily, de Rubén Martínez Villena, de Pablo de la Torriente Brau, de Raúl Roa, de Jorge Mañach, de José Lezama Lima, Juan Marinello y un sinfín de nombres medulares de la historia y la cultura cubana. Este es un servicio que agradeceremos por siempre a la máquina de escribir y a cuantos tuvieron la precaución de colocar una hoja de papel carbón y después archivar su correspondencia.
Claro que la computadora nos permite archivar, imprimir y hacer todo cuanto podamos imaginar, por lo que la culpa no es de la tecnología sino nuestra... porque es más cómodo leer en pantalla directamente y archivar mecánicamente en la memoria del disco duro.
Quede desde aquí nuestra alerta. Escríbase la correspondencia electrónica con la autoexigencia que nos demanda un manuscrito. Imprímase todo cuanto deba quedar, todo cuanto valga como testimonio, por personal que sea. Hágase de nuestra correspondencia un tesoro, y del género epistolar, un ejercicio del más íntimo goce. Las cartas son nuestro retrato para quien las recibe. Ese retrato será también una huella en la memoria y una contribución a la supervivencia de un género que merece vivir mejores tiempos.