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Viaje de autor: Julio Verne, el profeta de Nantes

Isidoro Medino, 04 de septiembre de 2019

Un día, en una biblioteca pública cerca de mi casa en la que nos metíamos para refugiarnos del frío cuando jugábamos en la calle, eché mano de un libro. Era Cinco semanas en globo, la primera novela que leí. Empecé a leer y me precipité al interior del libro, de manera que cuando cerró la biblioteca me entró un ataque de angustia, porque no era socio y no me lo podía llevar. Al día siguiente estaba en la puerta de la biblioteca una hora antes de que abriera por miedo a que alguien se llevara el libro. Ese libro me hizo lector.

Juan José Millás resume a la perfección qué es lo que el lector del siglo XXI, cuando la realidad ha superado con creces los pronósticos más visionarios y se acaban de cumplir 50 años de la llegada del hombre a la Luna, puede encontrar hoy en las novelas de Julio Verne: el placer de la lectura, de la inmersión, de la aventura, del viaje por un territorio inagotable.

Saludado como el padre de la ciencia ficción moderna, el escritor francés, nacido en Nantes en 1828, predijo con sorprendente precisión muchos de los logros científicos del siglo XX (entre ellos, los viajes espaciales, la navegación submarina con propulsión eléctrica o el cine), pero su obra y los maravillosos inventos que en ella aparecen pueden resultar algo cándidos a los ojos contemporáneos. Nadie puede arrebatarle, sin embargo, el sabor a terra ignota que conservan sus relatos, de los que han bebido todas las historias de aventuras posteriores, y muy especialmente las cinematográficas.

Entre 1863 y 1876 publicaría, entre otros muchos, títulos definitivos como Cinco semanas en globo (1863), Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Los hijos del capitán Grant (1867), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), La vuelta al mundo en 80 días (1872) o Miguel Strogoff (1876). En las primeras ediciones colaboraron reputados ilustradores de la época, como Emile-Antoine Ballard (De la Tierra a la Luna), Jules-Descartes Ferat (La isla misteriosa), Édouard Riou (Viaje al centro de la Tierra) o Alphonse de Neuville (Veinte mil leguas de viaje submarino).

Los libros de Verne, tal vez por ser leídos con pocos años, fueron también de los más disfrutados. Su prolífica obra —el contrato que firmó con Pierre-Jules Hetzel, su editor, le obligaba a entregar tres libros al año— acompañó innumerables tardes de lectura adolescente, demorando siempre el momento de atacar algún odioso problema de matemáticas. Leyendo sus novelas se aprendía más geografía que en todas las clases del colegio; con ellos, el gusto por la lectura fue más allá de los queridos tebeos.

Los primeros viajes discurrían sobre un viejo atlas, siguiendo con el dedo los pasos de Phileas Fogg alrededor del mundo o el periplo de los hijos del capitán Grant en busca de su padre, de los desiertos australianos a los hielos de la Patagonia. Viajes que conducían a los límites del mundo, a las fosas oceánicas, a la órbita de la Luna, al centro de la Tierra. Poco importaba que los americanos acabasen de alunizar en el mar de la Tranquilidad; que Jacques Cousteau desvelase años más tarde, en los primeros televisores en color, los secretos de las profundidades abisales. Nunca el mar sería tan fascinante como a bordo del Nautilus, ni las inmersiones con escafandra alcanzarían el poder de evocación de los paseos en compañía del capitán Nemo por el cementerio de coral o los bosques submarinos de la isla de Crespo. Y ningún Parque Jurásico, ningún dinosaurio creado por ordenador, volvería a emocionarnos tanto como aquellos maravillosos monstruos antediluvianos que aparecían en Viaje al centro de la Tierra.

Tomado de El País

Foto tomada de Wikipedia