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Amores difíciles: Julio Antonio, entre Olivín y Tina

Leonardo Depestre Catony, 20 de noviembre de 2019

Difícil es hallar en las tres primeras décadas del siglo XX una personalidad con mayor carisma natural que la de Julio Antonio Mella. La aseveración puede resultar atrevida, pero resiste el análisis. Mella lo reunió todo en sí: una presencia física imponente (obsérvese en las fotos cómo sobresale por su estatura), una inteligencia brillante (su oratoria es fogosa y su periodismo, no suficientemente conocido,  denunciante), un valor temerario (¡era necesario tenerlo para enfrentar a Machado a pecho descubierto!).

En el instituto, en la Universidad de La Habana, en la Federación Estudiantil Universitaria, en la revista Alma Máter, en la creación de la Universidad Popular José Martí, en las regatas (como remero), en el exilio por Centroamérica y México, entre las filas del partido comunista, por dondequiera que pasó, Mella dejó una impronta hoy casi convertida en leyenda. Otro audaz de aquellos tiempos, Pablo de la Torriente Brau, lo vio «joven, bello e insolente, como un héroe homérico».

Un hombre así tuvo que ser sumamente atractivo a las mujeres, tuvo que ser amado por ellas. Y Julio Antonio seguramente las amó con igual pasión. Dos mujeres se integran a su vida, y aunque una, de ejecutoria arrolladora, Tina Modotti, es siempre mencionada, la otra, Olivia (Olivín) Zaldívar Freyre, con quien casó y tuvo una hija, es escasamente conocida. Polémico asunto, espinosa circunstancia. Olivín y Tina, muy diferentes en verdad, son mitades indisolubles de un gran todo, el de la historia de un héroe.

La camagüeyana Olivia Zaldívar y Nicanor Mc Partland  —apellido de la madre de Julio Antonio, por ser hijo natural— se casaron en 1924 y pasaron su luna de miel en Camagüey, compartida entre la casa paterna y la de sus abuelos también paternos. Se habían conocido en La Habana, como alumnos de la Universidad.

Al año siguiente, 1925, se creó el Partido Comunista de Cuba, del cual Mella fue uno de los fundadores, después se le aprehendió por argumentos supuestos y al no concedérsele libertad bajo fianza, se declaró en huelga de hambre en el mes de diciembre. Con el transcurso de los días, la vida de Mella peligró seriamente. De nuevo Pablo de la Torriente narra:

Mella se moría, y, a pesar de todas las protestas; a pesar de las manifestaciones efectuadas en varios lugares del extranjero; a pesar de la expectación peligrosa en que se encontraba la república, la estupidez de un hombre (Machado) cegado por sus instintos no acababa de comprender lo que significaría el que Mella se muriera de hambre.

Finalmente liberado, Mella partió hacia México como única válvula para preservar su vida. Amores difíciles comenzaban a ser aquellos signados por la persecución sobre Julio Antonio, y Olivín, embarazada, viajó poco tiempo después para compartir juntos las vicisitudes del expatriado político. Una primera criatura fue abortada, pero una segunda, Natacha, pudo concebir Olivín exitosamente. Con la pequeña regresó definitivamente a Cuba, en tanto Mella se involucraba cada vez más en el trabajo político en México. Sin embargo, Christiane Barckhausen-Canale, en su excelente libro Verdad y leyenda de Tina Modotti (1989), asegura que Olivín partió hacia Cuba antes de nacer Natacha y que él nunca llegó a conocer a su hija.

Rosendo Gómez Lorenzo, redactor del periódico El Machete, órgano de prensa del Partido Comunista Mexicano, fue testigo del encuentro primero entre Mella y Tina Modotti, en junio o julio de 1928, en momentos en que Mella se desempeñaba, en representación de Rafael Carrillo, como secretario del Partido Comunista de México:

Yo estaba trabajando con Tina en un artículo del periódico de los comunistas italianos. Ella lo tradujo textualmente y yo puse el texto en un español mejor. De repente llegó Julio Antonio, y aunque solo nos saludó brevemente, yo noté enseguida la flecha que voló de él hacia Tina. Dijo que tenía que ir a una reunión y que solo quería entregar algunos materiales… Cuando terminamos nuestro trabajo, yo invité a Tina a una taza de café. Julio Antonio estaba todavía en la biblioteca, y así, lo invité también a él, pero él dijo que estaba demasiado ocupado. Me fui con Tina al café Cantón en la calle Bolívar donde, después de un cuarto de hora más o menos, apareció Julio Antonio. «La puerta de la oficina está cerrada con llave», dijo. «Tengo que escribir en tu máquina…» Y yo le dije: «Ya que estás aquí, tomate un café con nosotros». Así, los dos empezaron a conversar.

La italiana Assunta Adelaide Luigia Modotti, Tina, había nacido en agosto de 1896, era siete años mayor que Mella y por la lectura del párrafo anterior se deduce que entre él y ella brotó lo que se llama «un amor a primera vista». 

Julio Antonio le escribe: «…Como si fuera el crimen más grande el que cometemos al amarnos. Sin embargo, nada más justo, natural y necesario para nuestras vidas».

En el pequeño apartamento de Tina en México se estableció Mella, y allí vivieron como amantes, en común, porque compañeros de ideales políticos ya lo eran. 

Tina trascendía cada vez más como fotógrafa y Mella se dedicaba por completo al trabajo político del partido comunista.  De él recordemos su condición de periodista cuando desde 1922, siendo administrador de la revista Alma Mater, ya escribía colaboraciones, como este texto, titulado «Nuestro credo», aparecido en el número inicial de la citada publicación:

Laboraremos por la unión de todos los estudiantes cubanos en una federación que nos haga fuertes y capaces, para defender nuestros derechos, para progresar, para aprender cuando jóvenes las conveniencias de la hermandad, de la unión, y así aprender a encontrar en el mañana la solución a nuestros problemas nacionales.

Otro artículo suyo, «El mar denuncia los crímenes del verdugo de Cuba», publicado en El Machete en abril de 1928, revela los nuevos procedimientos del régimen de Machado, al lanzar al mar, atados a un lingote para desaparecerlos, los cadáveres de los opositores políticos.

Mella murió asesinado a los 26 años, en la noche del 10 de enero de 1929 en México; el crimen fue ejecutado por sicarios al servicio de Machado. Lo acompañaba Tina Modotti quien recogió sus últimas palabras: Muero por la Revolución.

Se ha afirmado que al morir Mella, él y Olivín estaban en gestiones de divorcio (desconocemos el grado de certeza de ello), no obstante, el nombre de Tina era casi desconocido de los cubanos y Olivín era oficialmente su viuda y madre de su única hija.

También en México murió Tina, en tanto Olivia Zaldívar —quien se graduó de abogada— falleció en Estados Unidos. Una y otra amaron a Mella intensamente. Y quien redacta no tiene dudas de que también él las amó con la misma pasión que impregnó a todos los actos de su intensa vida revolucionaria.

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