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Grandes autores extranjeros y traductores literarios cubanos

Lourdes Arencibia, 18 de marzo de 2010

Juan Luis Hernández Milián nació en Matanzas, en el año de 1938, es poeta y uno de los traductores literarios más reconocidos y publicados. Licenciado en Traducción en la Universidad Lomonósov de Moscú y de Lengua y Literatura Rusa en la Universidad de la Habana. Ha publicado, entre otros poemarios, Más bien en la memoria del tiempo, Perfección del imposible, Entre página y marea y Morir de muchedumbre.

Este matancero, poeta y traductor, evoca el despertar de su vocación mediadora:

Cada viaje ha sido una lección que me acompaña en todos los órdenes de la vida. Cesaron los sueños cuando empecé a traducir, obra de la casualidad, sin formación teórica del arte traduccional, sin conocer a fondo la vida y circunstancias en que los poetas que llevaba al castellano habían escrito los textos, asistido sólo por cierta intuición, inspirado en las alentadoras palabras de Pushkin para quien los traductores son “caballos de posta de la ilustración”. Tal parece que, al sumirme en los poemas, la obsesión por la fidelidad, el terror a mis lagunas culturales e históricas, suplantaron aquellas imágenes del subconsciente para llevarme a Rusia en complicidad con la poesía y vivir otra realidad tan fascinante como aquella de los años estudiantiles…

En Cuba, distintas editoriales han dado a la estampa numerosas traducciones de Juan Luis Hernández Milián de los más importantes poetas rusos, tanto clásicos como modernos, entre las que destacan:  Poemas y La Fuente de Bajchisarai de Alexandr Pushkin, un autor a cuyas versiones ha dedicado gran parte de su actividad como traductor literario por lo cual ha devenido una verdadera autoridad en la obra de ese importantísima figura de la literatura universal; otra de sus valiosas traducciones es La vida que he vivido de Serguei Esenin (Ed. Arte y Literatura, Instituto Cubano del Libro).

En su natal Matanzas, Ediciones Vigía ha entregado selecciones de Boris Pasternák, Esenin, Pushkin, Anna Ajmatova, Vladimir Visovski y una antología de poesía rusa de los siglos XIX y XX con el titulo Aturdir a las estrellas. A su vez, Ediciones Matanzas publicó también en 2002, Ruslán y Liudmila, y en 2006, nos entregó nuevamente Tres obras de Puhkin, obras con las que concursó y mereció por unanimidad del jurado el premio de Traducción Literaria “José Rodríguez Feo” de la UNEAC en su edición del 2006. Ya en 1996, Hernández Milián se había alzado por primera vez con ese mismo lauro, siendo, hasta el presente, el único traductor a quien se le ha otorgado por segunda vez este galardón que premia la traducción literaria en Cuba.

Posteriormente, la Ed. Aldabón de la Asociación Hermanos Saiz de Matanzas, publicó Las cordiales aldeas, de Valeri Shamshurin, 2007. con  selección, traducción y prólogo de Juan Luis. Y, más recientemente, la Editorial Sur de la UNEAC, dio cabida  a traducciones suyas, esta vez de Anna Ajmatova, en una compilación titulada Poemas que incluye, además, colaboraciones de Verónica Spasskaia, Pavel Grushko y versiones de Francisco de Oráa, Fina García Marruz y Cintio Vitier.

Juan Luis Hernández Milián, desde hace años, es de los miembros más destacados  de la Sección de Traducción Literaria de la Asociación de Escritores de la UNEAC.
 
Para la próxima Feria del Libro que se convoca en la Habana por el Instituto Cubano del Libro a principios de 2010 y que está dedicada a Rusia como país de Honor, Juan Luis nos prepara otras entregas.

A continuación, ofrecemos a los lectores los detalles y las imágenes del homenaje a Juan Luis Hernández Milián, el 15 de mayo  de 2009, en su 70 cumpleaños, organizado en la Casa de las Letras “Digdora Alonso” por la Editorial Matanzas, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con el concurso y adhesión entusiasta de la mayoría de las instituciones culturales de la Atenas de Cuba, y con la presencia de funcionarios de la embajada rusa en Cuba. Asimismo, se recibieron numerosos mensajes de felicitación de las instancias nacionales, entre éstas, del ex-presidente del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez y de la presidenta de la Asociación de Escritores de la UNEAC, Nancy Morejón.La presidenta de la Sección de Traducción Literaria de la Asociación de Escritores, Lourdes Arencibia hace entrega al compañero  Juan Luis de una obra de arte, a nombre de la Presidencia de la UNEAC.

Nos complace en reproducir las emotivas palabras del Co. Gaudencio Rodríguez Santana, poeta y editor matancero, uno de los oradores que hizo uso de la palabra en aquella tarde de merecido homenaje:

Elogio de Juan Luis en Casa de Digdora

Quisiera comenzar recordando dos encuentros en el mismo lugar. El primero se produjo hace quizás veinte años. El poeta me invitó a conversar acerca de lo que sería mi plaquete De cabeza sobre el mundo, que saldría por Ediciones Vigía. Hablamos mucho. Nos bebimos media botella de un ron nicaragüense (Flor de caña) en unos pequeños vasos que había traído de un viaje a la URSS, de Kalinin. El otro encuentro fue alrededor de otra plaquete, pero en esa ocasión Juan Luis era el autor y yo editaba el texto, muchísimos años después. De aquel encuentro salió Cifra abierta. No hubo ron nicaragüense ni cubano esta vez, pero sí un exquisito café y un almuerzo que compartimos el poeta, Yeyo y yo.

Creo que esas han sido las dos únicas veces que he estado en casa de Juan Luis Hernández Milián. Sin embargo, ¡han sido tantas las que nos hemos encontrado! En una época, día a día, nos veíamos en el parque de la Catedral –en aquellas tertulias surgían diálogos apasionados acerca de la poesía-. Era una discusión constante, sana y placentera. Era el encuentro con el amigo, el café (otra vez) y siempre mirar qué sucedía en la ciudad. Leí de una publicación, no recuerdo de qué parte del mundo, un soneto antiquísimo de César Vallejo. Me leía las traducciones en las que trabajaba. Le leia mis versos recién salidos de la pluma de turno, o de ese portaminas tan viejo que muchos me han visto. Hablábamos mucho.

Hoy me toca elogiar. El diccionario dice que elogiar es ensalzar prendas y cualidades que honran a uno. El elogio es alabanza. La alabanza la merecen quienes creemos que tienen alguna que otra virtud que nos ponen a esa otra persona en un sitio ponderable.

Juan Luis Hernández Milián es ante todo mi amigo. Quisiera empezar con esa cualidad porque creo que la gozamos en común muchos de los que aquí estamos. Amigo de conversar, de consentir a veces en sus majaderías. Pero amigo que siempre está ahí (claro, en la medida de las posibilidades que el tiempo y la salud lo permiten). Desde aquel primer encuentro, cuando apenas era un muchachito que había ganado un concurso, este hombre fue convirtiéndose en el amigo a quien confiar textos, con esa pedagogía propia del profesor que es.

Pero Juan Luis es un poeta en el sentido latente y profundo de quienes tienen el oficio de hacer pequeñas líneas, frases con ritmos interiores y exteriores. Diálogos del hombre con Dios. Es su poesía precisamente el combate, el arma de lucha. La poesía de Juan Luis “es mucho más que los versos que leemos como música de la palabra concedida. La sobredimensiona como espejo del alma, como recurso de reconocimiento”. Nos dice: “En las palabras /voladas del papel /vas invisible.” Estamos mas allá de ese texto, de esa gravedad sutil de la poesía que nace, se levanta y se construye a ella misma amplia, aún cuando para muchos los textos de este poeta no sean grandes ni pesados. Es que esa poesía vuela. Sutilmente se introduce en diversos caminos para llegar a nosotros.

Juan Luis se deshace en el mismo modo en que llega a descubrir la grandeza en lo más sencillo. Hay un poema de Morir de muchedumbre . “Blanca”, donde esa grandeza de la poesía se da en la sencillez. El hecho de no ser creyente no impide que su madre reconociera la obra de una religiosa como la Madre Teresa de Calcuta. Pero dicho sin aspavientos, como se dice que se cree en los hombres. El acto creativo forma parte de su fuero interno. Dice en un soneto: “Uno empieza a escribir y ya no sabe/a quien culpar o estar agradecido….” (Por lo pronto estoy agradecido y en deuda.)

Este hombre, a quien agasajamos hoy, es también y en grado sumo, un gran traductor (ya dije antes que me confiaba algunas de sus traducciones.) Conocer la poesía de Pasternák, Anna Ajmatova, Valery Shamshurin, Vladimir Visovski traducida por él, es una escuela. Y sobre todo, tener a Pushkin como un poeta más entre nosotros gracias a las versiones de tantos textos del gran poeta ruso, incluso Ruslán y Liudmila, aquella gran leyenda rusa. Traductor que ha llegado “a vivir el tiempo de otras vidas”, como dice en un poema, y con humildad nos lo ofrece en versos en castellano, que sé por quienes han conocido los textos originales que conservan la frescura de la dulce lengua rusa.

Una vez escribí este poema:

Paisaje

                           para Juan Luis Hernández Milián

Se sienta en su viejo sillón de madera,
él cuyo oficio fue siempre remendar
mesas y sillones, tablas que vuelven
de una inusitada extrapolación en el tiempo.

Se sienta en el portal, el último sitio
donde aguardan los pájaros
y donde puede que la muerte acuda
a sacudirle los bordes del bolsillo.

El anciano vive
en la soledad de los hombres viudos, en el día
que se va tras la puerta del patio
a convivir con maderos y recuerdos, mustios maderos
para reconstruir en paz
lo que siente el anciano a cada paso-
El anciano con templa las paredes vacías de la casa
y se agota por un poco de polvo
entrejuntas puertas y ventanas.

No siempre paso frente a su casa sola.
El polvo deja un significado
en la oscura sensación de la pared.
El sillón simple y solitario
se vuelve hacia el piso manchado de perros.
(El dibujo del hombre contra la pared
se refleja en el viejo taller del carpintero.)
Huele a metal y a mujer
que deja al hombre solo, roto su lugar frente a la puerta

Lo ofrezco a ustedes. Pero sobre todo, lo ofrezco a quien fue la primera persona que lo escuchó, y que ahora será la primera en guardarlo entre sus recuerdos: Juan Luis Hernández Milián.

                                                         Gaudencio Rodríguez Santana