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La insoportable soledad del ser

Eldys Baratute, 18 de marzo de 2010

Hoy, que el posmodernismo rompe esquemas, impone asimetrías y fusiones de género, para muchos es difícil marcar con pulso acentuado la línea que divide lo que es arte y lo que no es. Un hombre que, vestido con harapos, a las diez de la mañana, atraviesa el parque central de una ciudad como la nuestra, pudiera  ser considerado el último grito del performance. Sin embargo, ese mismo hombre transita por el mismo lugar, media hora más tarde y entonces bien pudiera ser considerado sólo un vulgar demente. Muchas son las miradas que tienen los espectadores, y muchos los conceptos que se manejan a la hora de percibir el hecho artístico.

En el caso de la literatura, en la que siempre hay que estar buscando lo que está más allá de las líneas, todo se complica más, ¿es arte todo lo que se escribe? Ya sabemos que no, y más en un país como el nuestro en el que se escribe más de lo que muchos quisiéramos.

Como escritor, tengo mis propios conceptos, teorías, preferencias estéticas, que me conducen, incluso, a prejuiciarme frente un texto literario antes de leerlo. Sin embargo, como lector, como simple y vulgar lector, ajeno a concursos, editoriales y derechos de pago, les aseguro que es más fácil definir cuándo una obra literaria es buena.

En el cuento de un amigo, cierto personaje declara: «La ignorancia hace feliz a los hombres», y nunca le he dado más la razón. Con la alegría de nacer despojado de ciertas maldiciones, con sólo ser partícipe de la congoja de ese escritor a la hora de deslizar su pluma, ya estamos dando al texto literario la categoría de arte. Cuando se nos queda en la memoria cualquiera de esas imágenes que él describe, entonces podemos gritar a voz en cuello: «Diablos, estamos frente a un buen cuento, una buena novela, un buen verso».

Por desgracia, esa frase, esa simple frase, no se deja escuchar todos los días y menos con todos los libros. Es más, estoy seguro que algunos pasarán la vida entera sin decirla.

Hace unos años tuve la suerte de leer el cuento, “Corazón partido bajo otra circunstancia” (Premio La Gaceta de Cuba, 1999) de Alberto Guerra Naranjo, y desde ese instante la imagen de la mujer desnuda corriendo por un campo de flores, con una bolsa de nylon en las manos, no se apartó de mi cabeza.

Ese fue mi primer encuentro con la obra de este autor. La historia de Laura Miranda y el violador dejó en mi paladar el sabor del recuerdo. Posteriormente ese cuento fue incluido en el cuaderno Blasfemia del escriba (Ed. Letras Cubanas, 2000) con una reedición por esta misma editorial dos años más tarde.

En Blasfemia…encontré otro de los cuentos que ha marcado la carrera literaria de Guerra Naranjo: "Los Heraldos Negros" (Premio La Gaceta de Cuba, 1997). Mucha agua ha llovido desde entonces y nos preguntamos qué estaba haciendo este autor en siete años de silencio editorial, en un país donde tan rápido se escribe y se publica.

Y así, casi sin querer, me tropecé con su segundo libro: la novela La soledad del tiempo, editado por Ediciones Unión, el pasado año.

Antes de hablar de las interioridades lo primero es dar el grito: «Vaya, una buena novela de un escritor cubano contemporáneo, qué falta le hacía a mis apetitos de lector». La soledad… es uno de esos libros que te deja sin aire, sin ganas de reír, de llorar y mucho menos de escribir, sobre todo, es un texto que desde el primer capítulo está desafiando a los lectores. De otra forma no se pudiera nombrar el hecho de que su primer capítulo fuera exactamente el cuento "Los Heraldos Negros", el mismo que hace un homenaje a César Vallejo, premiado por La Gaceta en el año 1997 y que bajo la sentencia: «Necesito contar, y de paso enmendar la verdadera historia», el narrador reescribe el cuento que primero escribiera su amigo M.G. y que naciera de la experiencia de otro amigo escritor: J.L.

"Los Heraldos…" es un cuento (ahora convertido en capítulo de novela) que retrata la Cuba de los años 90: el yuma, la jinetera, el solar, los fulas… Sin embargo, el logro de este texto está en cada una de sus microhistorias (la de J.L., la de M.G., y la del propio narrador), cada una de ellas dejan de ser protagonistas para ponerse a disposición de la historia primaria, la historia que Alberto Guerra quiere que llegue a los lectores. Tres puntos de vista diferentes en función de una sola idea, demostrando que de cualquier hecho, hasta del más elemental, si eres un buen escritor, puedes hacer una gran historia.

Y ahora, con su novela, este escritor nos sorprende de nuevo, diciendo que lo finito en materia de literatura no existe, y un cuento que parecía llegar a su fin, sirve de pasto para toda una novela. La vida de estos tres escritores se desnuda en La soledad del tiempo.

«[…]Me llamo Sergio Navarro […] antes […] no hizo falta saberlo […] pero […] y con perdón de los estimados lectores, me urge ser protagonista […]». Así comienza el segundo capítulo y uno se va dando cuenta de que el tercer escritor, ese que no se llama M.G., ni J.L., ya tiene nombre. Indiscutiblemente, Sergio Navarro es el alter ego de Alberto Guerra. Incluso a partir de ahí la novela se desdobla en un ensayo sobre lo que sucede en los círculos literarios cubanos. No un ensayo sobre la poesía, el cuento o la novela, sino sobre todo lo que está por debajo, o por detrás. Algo de lo que se habla mucho, pero no se escribe: la paraliteratura, que se traduce en concursos, jurados, favoritismos, escritores censurados que después se convierten en censores, gays que premian a gays, heterosexualess que favorecen a los heterosexuales, jerarquizaciones invertidas, viajes al extranjero comprados o cambiados por favores, libros que con sus injustificadas tiradas masivas abarrotan las librerías y buenos títulos con tiradas mínimas, en fin, todo un paraíso al que sólo los maldecidos por Dios nos atrevemos a tocar la puerta. Quienes recuerdan el texto “El riesgo de la opinión o diez apuntes discretos sobre la crítica en Cuba”, publicado en la revista El Caimán Barbudo en el año 2000 y republicado en la revista El Mar y la Montaña, en el 2007, podrán encontrar puntos en común entre ese texto y el libro del que ahora les hablo.

Como toda obra de arte, esta tendrá tantos lectores como sean posibles, pero sé bien que muchos nos sentiremos identificados con ese escritor negro y pobre, que siente como la sociedad también lo mantiene al margen:

[…] Me siento turbado, es cierto, el ponchero y yo vivimos en el mismo país, pero en mundos distintos. Por mucho que finja siempre será descubierto. Cangrejo es cangrejo, como jugar dominó con estilo significa golpear la madera rabiante, desafiante, satisfecho. Allí está el grupo, la mesa. El espectáculo, cuatro juegan y el resto espera por los perdedores. Negros, mulatos, jabaos, blancos tan gritones como los propios negros, se pasan la botella de alcohol y beben del mismo pico. (…) Aquí tampoco mis códigos funcionan (…) Pertenezco a la ciudad letrada. Por mucho que lo esconda siempre será descubierto. […]

Entonces, ¿si no lo aceptan los círculos literarios y tampoco los jugadores de dominó, dónde se mete Sergio Navarro? Por momentos parece que en su afán ensayístico ni siquiera el autor lo sabe y el destino del protagonista, mediante trampas temporaespaciales, se construye, mientras volteamos las páginas del libro. Alberto Guerra nos hace cómplices de su juego metaliterario y llega el momento en el que no sabemos si la historia la escribe él, Sergio Navarro, o nosotros.

«[…] Me propongo una novela donde realidad y ficción se entretejan de modo natural, sin costuras, como si en el propio acto de colocar las palabras la vida fuera distinta y a la vez muy parecida al entorno que describo […]», nos dice el personaje y uno se percata de que, en ese texto, ha desaparecido la línea que divide la realidad de la ficción.

En algún momento, la suerte toca a la puerta de Sergio Navarro, se gana el premio con su cuento "Los Heraldos Negros" y luego…el viaje a la feria del libro de Guadalajara. Al fin se impone el talento sobre los grupúsculos, la buena literatura desplaza al oportunismo. Aparece una Guadalajara que significa llegar a la élite de la literatura, ser respetados por los otros, esos que nunca antes lo miraron, ya él es uno de los escritores que viajan, de los importantes.

Por suerte, La soledad… no termina aquí. Este happy-end sería echar al lodo todos los años de trabajo. Alberto Guerra le demuestra a Sergio Navarro que pertenecer a la élite es más que ganarse un premio, más que salir de Cuba, que él sólo es un personaje y no tiene vida propia y si la tuviera no fue una vida tan sencilla.

En el capítulo XXXIII, recordando la edad en que reaparece Jesús Cristo, se escucha la voz de un Mesías en el ómnibus, uno más de los dementes que pululan por las calles y ahí caemos en otra de las trampas guerranianas. Ya Sergio Navarro no es quien cuenta la historia, este que describe al Mesías no es otro que el propio Alberto Guerra, que deja de ser autor para convertirse en personaje, ¿y donde está Navarro? Los encontraremos detrás de los gritos del Mesías, detrás de la mirada perdida del hombre que pide limosnas en la calle, que ha perdido todo, incluso sus deseos de escribir. Y a Alberto Guerra no le queda más remedio que comenzar lo que otro había terminado: La soledad del tiempo, una novela escrita a cuatro manos por un autor que se desdobla en narrador personaje y viceversa.

Las historias de los otros dos escritores: G.M. y J.L., aunque interesantes, apuntalan el centro de la novela: Sergio Navarro. Y nada mejor que cerrar este texto con palabras de él mismo, palabras que caracterizan la novela que él quiso escribir, o mejor, que ya escribió. Quizás algunos de nosotros coincidamos con él:

 […] Una buena novela no se hace solamente con hábitos y costumbres. De nada sirve que describa la mesa, los gritos, la mulata, al ponchero comprobando la cámara, si no muestro sus instantes de alegría, sus miserias, los anhelos y las desesperanzas. Más que costumbrismo, más que caricatura, necesito alcanzar las esencias. Las historias que pienso escribir no serán nuevos bodrios para las letras nacionales. De tantas malas páginas y de tantos escritores ridículos el lector se cansa. Mi novela debe ser mi sangre y mi paz. Ah, Walter Benjamín, qué claro estabas, no es la forma ni el contenido lo que importa, es la sustancia, sólo la sustancia. […]