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Los poemas de un amigo que escribe desde Nueva York
Arístides Vega Chapú , 03 de junio de 2009

A Sonita y Hernando


La añoranza es una enfermedad mortal, me dice Laidi en respuesta a un poema que le envío de un poeta amigo que reside en Nueva York, que me escribe con frecuencia cariñosos correos haciéndome llegar sus nuevos textos.

Pasamos la vida añorando sucesos ocurridos o no, paisajes existentes o imaginarios. Pero la añoranza parece ser la manera que tenemos de afianzarnos al presente.

A veces añoramos una casa, un tiempo, un amigo que ya no está, un suceso que nunca más se repitió a pesar de la satisfacción que nos provocó.

La añoranza es una enfermedad mortal, lo dice Laidi y como todo lo que ella dice, le creo.

Lo difícil es cuando se añora un sitio al que no podemos volver siempre que lo deseamos. Un sitio que puede que ya no exista más allá de nuestro imaginario, pues lo hemos idealizado tanto que ya no es real.
    

Pero más difícil que esto o cualquier otra cosa son el no estar atado a nada como si no se necesitara del pasado, de la memoria, pues quien no tiene recuerdo alguno no tiene presente. Esos, si es que existen,  lo perdieron todo.
    

Por eso prefiero la añoranza, la de mi amigo que me escribe desde Nueva York, con esa memoria tan clara de olores, sucesos, rostros, sitios, que incentiva la lejanía. Tan al tanto de lo que sucede aquí, de lo que escribimos, con ese sentido de pertenencia que no le han borrado la distancia, ni las luces, ni la nieve, ni nada.
    

Por eso disfruto de la poesía de Juan Carlos Recio. El amigo, que aunque escribe desde Nueva York lo hace para mí y para todos los que como yo saben que el cubano puede decidir vivir en la luna que seguirá anclado a esta Isla.
    

No hay escenario más propicio para rescribir cualquier historia que el que propicia esta tierra en la que no por gusto decidió aparecer la Virgen de la Caridad, para que además de todo lo otro tuviésemos una patrona, que junto al dibujo de la Isla es también elegida por los que necesitan tatuarse en su piel algún símbolo que los identifique entre tanta geografía posible.

Finales de mayo del 2009, en Santa Clara.

EL DESAMPARADO DE SUNSET BULEVARD
                                                                .
Era extraño el mendigo y su tos y sus ojos apenas abiertos
en Sunset Boulevard frente a The Wisky a go-go
 cuando me extendió las palmas de sus manos hacia arriba
y me dijo en susurro:_ lo ves_
Vi un tatuaje en tinta negra con la isla de Cuba
Y no vi más que el policía indagando por el truco.
Éramos nosotros de espalda a la virgen de la caridad
Llorosos con los ojos cerrados por el cobre
y la polvareda de la loma del ángel
antes que los rotos y los falsos  ojos del mendigo
me iluminara.
Tomé la dirección del océano pacífico
No recuerdo  si al final de esta calle
 y puse mis manos extendidas
pero no pude ver la isla ni siquiera la maldición del agua.
Vi  solo un anciano con su perro
y la imagen de una vez cuando niño
entrando a la bahía del puerto 
Con la tos de mi madre estrujada en una hoja de ciruelo.
No puedo decir que vi el mar era pequeño ante el muro
mi madre llorosa me dijo:_ es muy bello_
años después me asomaba por él
sin saber que en las palmas de mis manos
extendidas para que el agua y la sal la refrescaran
tendría el peso de una isla
como un desamparado en tinta oscura llevando la sobrevida.
 
Juan Carlos Recio Martínez.
 NY//Mayo/2009