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Sobre la Historia: pensar y repensar, escribir y reescribir. Entrevista con Jorge Ibarra Cuesta
Teresa Fornaris , 15 de junio de 2009

Mirando el horizonte, el contorno que pone sobre la Verdad, lo verosímil, imagino al hombre que hereda la poética del faro: vigía acucioso de la línea del tiempo, un investigador incansable en la memoria de lo vivo y no, del transcurrir de eventos, de los legados definitorios en la Nación. Jorge Ibarra nace en Santiago de Cuba, Doctor en Ciencias Históricas, Premio Nacional de Literatura en 1996, ha publicado varios libros que resultaron Premios de la Crítica. Riguroso en la búsqueda y la actualización, en la reconstitución de pasajes y períodos de la historia no conocidos, ha dado un giro al prisma reinterpretando diversos hechos del pasado. Me escribe diciendo: La historia es una disciplina científica, no una actividad literaria más. Cualquiera no es un historiador, el estudio de la historia requiere dedicación, entrega, mucho tiempo y mucho estudio. Historiar requiere pensar y repensar, escribir y reescribir. Le agradezco. Descubro las preguntas que guardé por encima de otras, por la necesidad de educarnos no sólo instruirnos en la enseñanza de la historia y las ciencias sociales.

¿Cuál es el origen de su interés por la historia?

Mis primeras discusiones sobre historia tuvieron lugar en Camagüey, a fines de los años 40, donde las Estrada, unas maestras, que vivían al lado de la casa de mis abuelos, en Capdevila 259. Se debatía sobre el patriotismo de Céspedes y Agramonte, sobre la mayor participación de los camagüeyanos o de los orientales en la Guerra de los Diez Años. Permanecíamos hasta altas horas de la noche discutiendo. Como santiaguero, no creo necesario decirte de qué lado me alineaba.

El origen de mi interés por los estudios históricos como una disciplina  pudiera ser un curso que matriculé en la Escuela de Verano de la Universidad de Oriente  sobre José Martí, impartido por Andrés Iduate, un profesor mejicano de la Universidad de Columbia, en 1952. Ese año recibí el primer curso de Historia del Derecho Cubano de mi profesor Leonardo Griñán Peralta, que me dio una idea general de la evolución histórica de mi país.  Leí también la Historia Política, Económica y Social  de Cuba y la Historia de la Guerra de los Diez Años de Ramiro Guerra, obras que me fascinaron.  Hasta entonces no había recibido una clase de historia en el Colegio La Salle de Santiago de Cuba, ni en los Estados Unidos donde terminé el bachillerato y matriculé un año en la Universidad de Pensilvania.

La historia reseña los sucesos pasados, y aunque no resulta una “fórmula” para prediseñar la trayectoria a seguir, sí es posible que su análisis nos acerque a pensar en términos de los cambios y duraciones —como ha dicho usted en alguno de sus libros—, que se alternan en el devenir histórico. Si de algún modo lo que fuimos nos ayudará a comprender lo que somos y seremos, ¿Cómo se aplica este presupuesto en la sociedad cubana actual?

Siempre he pensado que las revoluciones vienen para quedarse. Las grandes transformaciones que se llevan a efecto  abren nuevos cauces  y por mucho que puedan ser  reformadas o alterado su sentido original, determinan el itinerario de los pueblos y  naciones en el curso de los siglos.  Nosotros somos hijos de la revolución de 1868, del mismo modo que los venezolanos de las gestas bolivarianas, los franceses descienden de la Revolución Francesa, los rusos de la Rusa y los chinos de la China.  En ese sentido, nosotros tenemos una de las tradiciones revolucionarias más ricas. En el siglo XIX libramos dos revoluciones, la del 68 y la del 95,  contra el poder colonial español; y en el XX, acometimos otras dos, la de los años 30 y la de los 50, contra las relaciones de dominio estadounidenses.  Eso explica el carácter prolongado de nuestras luchas contra el dominio extranjero, en el siglo XIX las guerras y luchas políticas  se prolongaron en un período de 30 años; en el siglo  XX y en el XXI se han extendido por 50 años.  El mejor armamento y coraza contra el dominio norteamericano en el último medio siglo, resultó ser la revolución socialista. No solo dio solución a demandas y anhelos seculares de amplios sectores de la población, sino que constituyó el mejor escudo contra el ingerencismo y expansionismo del “Norte revuelto y brutal”.  Renunciar a él, equivale a desarmarnos frente a nuestro poderoso vecino. Aferrarnos a las viejas fórmulas que heredamos del socialismo que fracasó, del socialismo de Estado soviético, significa seguir sus pasos.  El socialismo del siglo XXI, solo puede ser el de la creciente  participación  de los trabajadores en sus centros de trabajo, en la dirección de las empresas,  el de la creciente consulta al pueblo de las decisiones del Estado a través de referéndums, deliberaciones en las asambleas laborales, en los Comités de Defensa. El cuándo, el  cómo, y el dónde se implementará la institucionalización de esas prácticas, depende desde luego de un conjunto de factores coyunturales e  internacionales.  Pensamos, sin embargo, que se podría  ensayar en distintos escenarios y en distintos momentos de forma progresiva  estos principios elementales. A diferencia de los regímenes burgueses,  el nuevo socialismo postula formas propias de democracia, que  hacen realidad los ideales de la revolución francesa, de Rousseau y Montesquieu.

Regresar a la vieja democracia representativa que padecíamos, significa que el imperio nos auspicie,  financie y “monte” los partidos políticos liberal, demócrata, auténtico etc, a la  vieja usanza. De hecho, no ha cambiado mucho, la financiación de la disidencia a la revolución cubana, en salarios y prebendas a sus activistas en la Isla y Miami, le cuesta en la actualidad al Congreso estadounidense la insignificancia de $ 800 000 000.00 USA dólares. Una de las muestras más elocuentes de la significación real que tenía para los cubanos la democracia  representativa son las opiniones que tenían de la política los cubanos en la primera mitad del siglo XX. Un diccionario de cubanismos recientemente editado en Miami  reproduce cerca de doscientos dichos y refranes populares referidos a la actividad política que circulaban en los años 40 y 50  en Cuba. En esas fieles expresiones de la mentalidad colectiva se repudiaba unánimemente a la política.  Ni uno solo de los dichos y refranes dados a conocer en el diccionario, identificaba a la política que se practicaba en la Cuba republicana con la democracia, con la libertad, ni con las aspiraciones del cubano.  Por el contrario, la política era lo sucio, lo bajo, lo deleznable. Pienso que estas  abreviadas meditaciones te ayudaran a comprender lo que hemos sido, “lo que somos y seremos”. 

A través de los años buena parte de la enseñanza de la historia ha perdido atractivos para los estudiantes. Muchos profesores se limitan a hacer recuento de causas únicas en listas de elementos inamovibles, exponen sólo la victoria desde el patrón dominante y describen los resultados unipolarmente, sin mostrar el proceso en su totalidad. ¿A qué se debe esta visión limitada?

Esa visión esquemática de la Historia de Cuba responde a una concepción general que heredamos de la historia universal de los manuales soviéticos. La pedagogía soviética, que recomienda las explicaciones monocausales y  unilineales, a título de ser más escuetas y elementales, se muestra incapaz de ilustrar y formar culturalmente a los educandos.  

El determinismo férreo de los manuales, en el que las fuerzas productivas y las relaciones de producción constituían la clave única del acontecer histórico, era terriblemente aburrido. Esa visión de la historia comienza a ser substituida por una historia política y militar, en la que el accionar de los héroes constituye la causa de todos los acontecimientos de la historia. La nueva versión politizada  se queda en la superficie y no explica los condicionamientos, morales, sociales, culturales y sicológicos de los personajes.

Para comprender lo que somos y seremos debemos acudir a la Historia, esa gran maestra del presente, que no admite lecciones de los contemporáneos; en tanto el pasado transcurrió, no podemos modificarlo a nuestro antojo, fue lo que debía haber sido. Solo que la historia no es solo lo que sucedió, sino también lo que pudo haber sucedido y el historiador si es fiel a su oficio debe dar cuenta de las distintas tendencias y alternativas que hicieron acto de presencia  en una coyuntura determinada. O sea, debemos escribir la historia de los vencedores y de los vencidos, al mismo tiempo,  reseñar fielmente las tendencias que se enfrentaron en el pasado y dar cuenta de las posibilidades que se impusieron en el curso de los acontecimientos.  Si relatamos solo lo que sucedió corremos el riesgo de escribir una historia aburrida, uniforme, gris. 

Otro de los inconvenientes de la  historia política y militar “al pelo” es que en ella solo se describen los hechos que conducen a sus protagonistas al poder. No se explican los sistemas de relaciones  que condicionan el accionar de los protagonistas, ni que le impartieron forma a las maneras de pensar y sentir de los grupos y clases sociales.

Sobre la divulgación de la historia como ciencia social, ¿Cuáles son sus mejores canales de asimilación, sus formas de lectura?

En Cuba, Jorge Mañach dirigió por muchos años La Universidad del Aire, una mesa redonda donde invitaba a los más destacados pensadores, historiadores, filósofos, críticos culturales, a debatir sobre una diversidad de temas. Ese espacio tenía una gran popularidad y alcanzaba uno de los ratings de audiencia más altos de CMQ. Emilio Roig de Leuchsenring dirigió así mismo una colección editorial en la Oficina del Historiador de la Habana, que publicó unos 20 o 25 libros al año durante 25 años. Él publicó en cinco volúmenes un catálogo de las actividades y publicaciones de la Oficina,  las que  tenían una gran promoción y difusión. Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990 no hubo una actividad editorial parecida, ni en cantidad de publicaciones, ni en contenido patriótico. En la década en curso todavía no se ha igualado. Te pongo solo estos ejemplos porque son ilustrativos de cosas que se pueden hacer para divulgar a las más amplias capas de la población los conocimientos históricos y una concepción integral de la historia.

Ahora bien, lo más importante es la promoción que se haga de los libros de historia y duplicar el número de títulos que se publican. Entre nosotros basta que alguien se pare ante las cámaras de Televisión  y sermonee sobre la historia para que se le considere un  sabio o un magíster, aun cuando apenas haya publicado una investigación que merezca el nombre de tal.   En realidad nuestra cultura es una cultura oral. Por eso es necesario que se promueva por los medios la obra de los historiadores.

 
Escribir la Historia es un arte, delicado, minucioso y persistente  ¿Cuáles son sus métodos y técnicas de investigación?

Hay una variedad de métodos  de investigación, un verdadero abanico de procedimientos y técnicas de investigación. He podido emplear algunos porque me he preocupado por ponerme al día, por actualizar mis conocimientos históricos. En las condiciones del bloqueo, de sitio cultural que nos pusieron nuestros enemigos y el que nos pusimos nosotros mismos,  para coronar la obra de éstos, era muy difícil conocer los avances que tenían lugar en nuestra disciplina en los años 70, 80 y 90. En la actualidad sigue siendo muy embarazoso porque el llamado período gris sigue rigiendo para los estudios históricos  Una gran parte de los investigadores trabaja con los métodos artesanales de Morales y Morales de principios del siglo XIX, poniendo una por una las cuentas en el collar.

Solo me referiré, para no hacer muy extensa la entrevista, a la poca atención que se le presta a la puesta al día de nuestra disciplina. Los centros de investigación histórica, las asociaciones de historiadores, los departamentos de historia de las universidades no se preocupan en invitar a maestros de la historiografía contemporánea a impartir cursos o dictar ciclos de conferencias sobre los progresos en los estudios históricos No se organizan seminarios, con la participación de historiadores destacados sobre las escuelas de pensamiento historiográfico. Si acaso algún maestro del oficio, de paso por la isla, dicta una charla. Solo la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz publicó en 1996, un texto metodológico, La historia y el oficio del historiador y el Centro de Estudio sobre la Cultura Cubana “Juan Marinello” publicó también una valoración de la obra de Foucault.

¿A qué se debe la escasez de reseñas sobre libros de historia; a qué los pocos títulos publicados por las editoriales cada año en comparación con otros géneros; a qué la pobreza visual y de diseño de los mismos?

Bueno la pobreza visual y de diseño puede ser resultado del poco interés que ha habido y sigue habiendo en promover los estudios históricos.  La escasez de reseñas de libros de historia se debe al poco interés de los directores de publicaciones periódicas o de sus superiores en estimular la crítica y  el debate en la historia y en las ciencias sociales. Entre las revistas que tocan temas históricos sólo Temas se ha planteado estimular  recientemente, de manera activa, la publicación de críticas. Se ha considerado por mucho tiempo que la discusión en los medios culturales y científicos estimulaba pleitos y dimes y diretes entre  intelectuales presuntuosos y  desviados.

Pienso que la poca publicación de títulos de historia con relación a otros géneros se debe a algún esquema heredado de la Unión Soviética breshneviana, que no nos hemos atrevido a erradicar del todo. Sobre todo si se tiene en cuenta que en la época que Emilio Roig de Leuchsenring dirigía la Oficina del Historiador; y Santovenia y otros  la vetusta Academia de Historia, la proporción era más favorable a los textos históricos que en la actualidad.

De su libro Patria, etnia y nación, muy elogiado por el jurado y recientemente galardonado con el Premio de la Crítica Científico-Técnica, ¿qué rédito puede dejar en el lector y en la historiografía cubana?

Yo no soy un historiador erudito. Cuando pienso en uno, pienso en mi amigo César García del Pino, al que tantos aportes le debe la Historia de Cuba. Soy de la opinión que si alguien merecía se le dedicara la Feria del Libro es a él. 

Solo me he planteado esbozar problemas, revisar las concepciones del pasado y discutirlo todo. No pretendo haber creado una nueva escuela o manera de ver las cosas.  Si he realizado algunos aportes ha sido en el  terreno de estimular la discusión y la crítica entre mis colegas. Es cierto que, como todo historiador, he sacado a relucir algunos hechos inéditos, pero la interpretación que le he dado está por discutir. En fin de cuentas, no soy yo quien valore con más conocimiento de causa mi obra, sino las nuevas promociones de  historiadores.