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Jorge Luis Hernández, valiente y desafiante
Yunier Riquenes García , 09 de julio de 2009

Jorge Luis Hernández Macías nació en Castellví, Alto Songo, Santiago de Cuba, el 21 de septiembre de 1946.

Abandonó los estudios a los 16 años cuando estaba haciendo el Pre, porque militaba en la AJR [Asociación de Jóvenes Rebeldes] primero y la UJC luego, y atendía muchas tareas, como distribuir el periódico (…) por toda la zona de Baracoa, Maisí, Manzanillo, casi todo el sur de Oriente. Eran momentos de mucha urgencia y los estudios le parecieron menos importantes. Por esa vía del trabajo cultural llegó a la radio (…)1

Fue actor y director, operador de equipos de audio, locutor y jefe de programas de la planta. Era flor de emisora, rata de radio, 24 horas cada día vivía en, de y para la emisora, hasta los sueños eran de radio (…)2 Afirmaba que no siempre quiso ser escritor de libros y decidió que un escritor del siglo veinte tenía que conocer una profesión del siglo veinte: la electrónica.3 Ingresó a la Universidad de Oriente y se graduó como Ingeniero en Telecomunicaciones en 1974, y comenzó a trabajar en el puerto, en la Empresa Terminales Mambisas de Oriente, hasta febrero de 1982.

Acceder a José Soler Puig le permitió adentrarse en el mundo de la literatura, conocer a otros jóvenes que también tenían aspiraciones de escritores, intercambiaban criterios y se trazaban poéticas.

A inicios de la década del ochenta se vincula con algunos proyectos del realizador Roberto Román y a los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana en Santiago de Cuba. Pretendía abandonar la ingeniería para emplazarse en un sitio que le posibilitara estar bien cerca de la creación artística. En este período dedicó una serie de documentales al universo de los sistemas mágico-religiosos: El cordón, La regla de ocha y Fundamento. Su cuento fílmico El sastre, cuyo argumento se desprende de una línea de Bertillón 166, obtuvo premio en el Concurso Caracol 1984.

Cuando cierran los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana en Santiago de Cuba, pasa a trabajar en las revistas Del Caribe y El Caribe Arqueológico. Fue editor y jefe de redacción de ellas.

Se da a conocer en la promoción de escritores cubanos nacidos, casi todos, en la década del cincuenta, integrada, entre otros, por Reinaldo Montero, Arturo Arango, Abel E. Prieto, Leonardo Padura, Luis Manuel García, Senel Paz, Miguel Mejides y Francisco López Sacha.

Hernández es uno de los narradores menos conocidos de su promoción: narrativa del ochenta,4 o segunda generación de la Revolución. Su obra narrativa es breve, dividida en dos momentos literarios importantes. En la primera se incluyen El jugador de chicago (cuento, 1985) y Un tema para el Griego (novela, 1987).

En El jugador de chicago, Jorge Luis comparte temas de tono cotidiano, adentrándose en los que revelan el cambio moral experimentado por los hombres que habitan una ciudad que constituye la cuna de la Revolución triunfante, proceso en el cual participaron en mayor o menor medida los hombres que la representan. Por sus páginas desfilan los más disímiles personajes: un padre separado de su hijo por las incurables contradicciones intergeneracionales; una madre preocupada por el porvenir de sus hijos; una mujer desorientada y sola; muchachos y muchachas que adolecen, que esperan algo, que aspiran a lo que el porvenir revolucionario pueda ofrecerle.

Pero si con El jugador… Jorge Luis transitó prácticamente inadvertido ante la crítica, con Un tema para el Griego sucede lo contrario. Un tema…, Premio de la crítica 1987, es un texto referido en los espacios literarios más importantes del país, lo que convierte a la novela y a su autor en una referencia obligada dentro del panorama narrativo de la década. La crítica coincide en resaltar la nueva visión sobre el socialismo y la estructura de la novela. Permite mostrar otro tipo de personaje formado en el proceso de la lucha revolucionaria, donde afloran rasgos negativos del nuevo régimen social.

En la segunda etapa literaria, marcada por quince años sin publicar, aparecen los libros El relumbre del oro (cuento, 2003), La evasión de Cristián Pied (novela, 2005) y Últimos mensajes (novela, Ediciones Unión, 2006). Estos textos van a tomar a la literatura como objeto de representación de la dureza de estos años; los sueños y esperanzas de hombres y mujeres que demuestran el cambio de pensamiento. Las preocupaciones de Hernández vuelven a girar sobre la familia, pero hace mayor énfasis en los elementos mágico-religiosos, en la emigración y en el amor.

El relumbre del oro es el primer libro de la segunda etapa literaria de Hernández. Algunos relatos habían aparecido ya desde finales de la década del ochenta, como el cuento homónimo; otros fueron escritos durante la década del noventa. La nueva entrega constaba de cinco piezas: “El esfumador”, “El relumbre del oro”, “Isis o la noche del espejo”, “Lo mejor de nosotros” y “Memoria”. En ella Jorge Luis habla sobre la identidad, la nostalgia que se siente al partir, obligados o no, al estar lejos, el recuerdo vívido a través de elementos aparentemente insignificantes. Los cuentos son ejemplos de la dura realidad económica de los años noventa, muy diferente a la que viven los personajes de El jugador de chicago y Un tema para el Griego. Jorge Luis evade las modas y diseña los personajes tomando distancia de los estereotipos; se trataba del paso a una nueva cotidianidad.

En La evasión de Cristián Pied es notable la apropiación del narrador y el mayor tratamiento de temas abordados en El relumbre del oro. Por ejemplo, se retomará la emigración de “El esfumador”, pero vista de otra manera; la confusión y claridad de la memoria, del cuento “Memoria”, y las relaciones familiares que persisten de la primera etapa, como la principal línea ideotemática que caracteriza toda su obra. Se mantienen los legados de José Soler Puig como un homenaje eterno, como discípulo de quien le sugiriera un montón de lecturas, visiones con el trabajo del narrador y el sistema mágico-religioso, como si hubiera alguna deuda o influencia determinante. Cuando el lector se sumerge en estas páginas puede desdoblarse en muchos personajes, puede llegar a soñar y a convertirse en un amante apasionado, y puede creer que la amistad existe, aun cuando la ruptura del medio familiar nos marque para siempre, o simplemente puede creer en las magias ocultas y aborrecer las marcas sociales.

Últimos mensajes es la novela inconclusa de Jorge Luis Hernández. Reitera la preocupación por el tratamiento de la ética, desplegado desde Un tema… Esta novela viene a reafirmar el interés por trabajar a fondo con la cultura popular cubana, pero también retoma el espacio familiar, personas que no se atreven a enfrentar su propio destino.

Su obra y su personalidad se caracterizan por la honestidad y el rigor. Lo reflejó en su posición ante el trabajo, en la seriedad con que asumía el acto de la escritura, no como un acto de desbocarse, sino de pensar casi matemáticamente, calculando el porcentaje de frases largas y cortas, la exactitud del lenguaje, los signos de puntuación, y en su paciencia desmedida ante el acto de publicar, sin miedo al silencio, hasta encontrar la mejor manera de decir, la limpieza de la prosa.

Escribir es siempre un riesgo. Por eso los escritores valientes y desafiantes siempre son admirables, sólo así se pueden hacer buenas obras. Jorge Luis Hernández lo ha sido, y el buen lector debe apostar por los escritores que se arriesgan. Jorge Luis, el cubano, mantiene los preceptos de Jorge Luis, el argentino, el del Aleph, de que cada palabra constituye en sí una obra poética.

Notas:
1- “Palabras difíciles: una conversación íntima con Aida Bahr” (Entrevista inédita)
2- Jorge Luis Hernández: “Puro juego, puro fuego”, en La Gaceta de Cuba, Año 34, No. 6, 1996, p. 15
3- Ibíd., p. 17.
4- Leonardo Padura Fuentes: “Escribir en Cuba, en vísperas de un nuevo siglo”, en La Gaceta de Cuba, enero-febrero, 1992, p. 46.

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