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Mitos marcianos: Los cráteres gemelos en Marte y la Luna (4)

Bruno Henríquez, 10 de diciembre de 2009

Si no está en nuestro poder el discernir las mejores opiniones, debemos seguir las más probables.

René Descartes

El hecho de la concentricidad de algunos cráteres marcianos y lunares, despertó la curiosidad de los científicos y de los cazadores de mitos y señales, que vieron en este hecho algo más que una simple coincidencia o un fenómeno natural, que aparecía como reflejo de leyes, hasta ahora desconocidas por nosotros.
En el apéndice VI de su exhaustivo libro El gran enigma de los platillos volantes, el fundador del Centro de Estudios Interplanetarios de Barcelona, Antonio Ribera, presenta un interesante artículo donde hace la comparación entre dos estructuras extraordinariamente semejantes en la Luna y en Marte. Al revisar la literatura que se refería al planeta Marte, encontré  otro artículo donde se hacía alusión a las formaciones de cráteres concéntricos y los resultados que mostraban eran no solo asombrosamente coincidentes, sino que también arrojaban más luz acerca del problema. Para plantear los hechos, según su aparición cronológica, se mencionan primero los relacionados por el estudioso español y los comentarios al respecto, para después exponer los resultados de las investigaciones soviéticas y norteamericanas.

Ribera hace un estudio de las fotos enviadas por la nave espacial Mariner-4, que mostraba la superficie de Marte con un detalle no alcanzado nunca antes. Estas primeras fotos,  como destaca el citado autor, dieron un golpe de muerte ya definitivo a la imagen tradicional que se tenía de Marte, desértico, pero no tan árido como la Luna. Al mostrar dos fotografías (una de la superficie de Marte y otra del cráter Clavius en la Luna) a personas no especializadas, éstas no pudieron distinguir la diferencia entre ambas, por lo que Ribera y sus colaboradores realizaron un estudio cartográfico de ambas fotografías: la llamada foto 11 del  Mariner-4 y una foto del cráter Clavius,  tratadas de forma adecuada para poder efectuar su comparación. En este análisis, al comparar cada detalle de ambos accidentes se le da una evaluación, cuyo valor máximo es 10, en caso de coincidencia total. Para   el análisis de las 36 semejanzas se obtuvo un valor promedio de 6,5 lo que significa, según Ribera, más de 50 % de similitud entre todas las características topográficas examinadas. Como en muchos otros casos de estudios semejantes, cuando se van a analizar las coincidencias entre fenómenos que no deben tener relación entre sí, se evalúa cuál es la probabilidad de que ocurra el hecho esperado por una concurrencia casual de los fenómenos que lo originan. Aquí se analizó la probabilidad de que las coincidencias se den por una concordancia casual entre las configuraciones de las características topográficas del terreno, con la ayuda de la Agrupación Astronómica de Sabadell, y se obtuvo que la posibilidad de concordancia para que estos dos accidentes geográficos se produzcan en astros diferentes con una semejanza tal como la observada, se representa por la probabilidad de 2,128 * 10-56. Es decir, una probabilidad casi nula, por lo que es un suceso prácticamente imposible y lanza entonces Ribera un reto a los astrónomos para que expliquen el fenómeno.

Se debe recordar un comentario que hace Martin Gadner, famoso divulgador científico, ante un análisis similar, cuando recuerda que la formación de una figura regular por la agrupación casual de moléculas de agua que se encuentren flotando en la atmósfera es del orden de la probabilidad antes mencionada; sin embargo, cada vez que cae nieve aparecen millones y millones de cristalitos de hielo formados por moléculas de agua agrupadas en cristales hexagonales, o sea, geométricamente regulares, sin que intervengan en ello otras fuerzas que no sean las de la física clásica.
Pero los copos de nieve aunque son regulares y tienen simetrías semejantes, no son idénticos, tampoco lo son estos cráteres concéntricos, que fueron tratados equivocadamente en su tiempo como si fueran “gemelos”.

Al publicar el artículo, el señor Ribera recibió una carta del ufólogo francés Aimé Michel, el 26 de diciembre de 1965,  que se reproduce textualmente  de la versión de su citado libro:


Debo confesar que vuestra comparación me ha dejado estupefacto. ¿Cuál es la explicación de esta similitud? Por conocer un poco a muchos elementos responsables de la experiencia americana, sé que una superchería es imposible, materialmente irrealizable, teniendo en cuenta la gran división del trabajo. Como decimos en francés, algunos hombres pueden construir un barco sin que se sepa, pero no centenares. Entonces, no quedan más que dos explicaciones, tres en realidad. O bien, una casualidad prodigiosa -la de dos paisajes que se corresponden rasgo por rasgo- o bien, no fue el Mariner-4 quien envió las "fotos" descifradas por los americanos, sino "alguien" que se burló de ellos; o quizás, otro "alguien" se divirtió reproduciendo sobre un astro el paisaje de otro astro. De todos modos, es algo extraordinario y deseo que vuestro artículo se publique. Oliver y yo lo enviamos a la prestigiosa publicación planetaria y lunar americana The Strolling Astronomer (El Astrónomo Ambulante), dirigida por el eminente hombre de ciencia doctor Walter Haas, donde se publicó en febrero de 1966. El trabajo apareció también  en italiano y alemán Notiziario del CUNUFO Nachrichten, y Jaques Bergier nos propuso su publicación en la URSS. Os felicito por vuestro magnífico trabajo. Muy amistosamente, A. Michel.

Aquí se observa cómo se crean las condiciones  para la formación de un nuevo mito: Ribera presenta un hecho verdaderamente interesante, que podría tener relación con las características geológicas de Marte y la Luna, o la dinámica de formación de cráteres: la aparición de cráteres concéntricos. Pide su concurso a los astrónomos, y enseguida, antes de seguir el camino científico de la comprobación, el estudio, la búsqueda de repeticiones, la primera proposición que llega y ¨que Ribera publica como colofón¨ es la aparición por generación espontánea de "alguien" capaz de modificar las fotos de los satélites, los cráteres de un  planeta o los ojos de los terrestres; y pregunto: ¿por qué no, una cuarta - o quizás primera causa - que pudiera ser una ley o regularidad natural en la formación de los cráteres, debido quizás a la estructura interna de los aerolitos? No ataco a la imaginación galopante que permite descubrir lo que se oculta a nuestros ojos, ni los sueños de la ciencia ficción, que cultivó o de la fantasía, ni creo que esos comentarios se deban acallar con un tapabocas o con la censura, sino con la respuesta de un estudio detallado, como el que permitió descubrir las características del fenómeno y tratar de entender por qué ocurre. De las ideas audaces, y quizás también equivocadas, surgen las interpretaciones científicas y los temas de las novelas, pero cada cual define en un momento dado su camino.

A continuación se presenta lo que mostraron las observaciones posteriores de los cráteres de los planetas.

En un artículo titulado «Algunas particularidades de la estructura de los grandes cráteres concéntricos en la Luna, Mercurio y Marte»  de T. N. Skobeleva y J. F. Radionova, publicado en el Noticiero astronómico de la Academia de Ciencias de la URSS, tomo XIII, no. 4, 1979 aparece que la coincidencia no es sólo entre Marte y la Luna, sino también en Mercurio. Se podría decir, por los más osados, que "alguien" está regando cráteres similares por todos los planetas. Pero ésta es una enfermedad que se sufrió con los OVNIs, los canales de Marte, la artificialidad de los satélites de Marte y hasta de la Luna, y muchos otros fenómenos más, que pudieran resultar interesantes, aunque por el enfoque desacertado que se da desde un principio, y el velo de pseudociencia con que se cubre, hace que pierda si no el interés, al menos la seriedad, y que no se le dé el lugar que merece como misterio de la naturaleza, que debe ser aclarado.

En el artículo de Skobeleva y Rodionova se analizan los aspectos morfológicos de los cráteres concéntricos; las características comunes que presentan son:

1. La presencia de cadenas y valles situados cerca de los cráteres, y dentro de ellos.
2. La cordillera exterior, como regla, se conserva mejor que la interior. 
3. La superficie de una depresión interna está cubierta con un  menor número de cráteres que una superficie entre la cordillera interior y la exterior.

La razón de los diámetros de los anillos interior y exterior de los cráteres concéntricos es 2:1 en la Luna, Mercurio y Marte. Los cráteres de triple anillo en la Luna se caracterizan por una relación 2:1,5:1. Al aumentar la masa de los cuerpos (Luna, Mercurio, Marte), los cráteres concéntricos son menores en dimensiones y su intervalo se hace mayor. 

Parece, sin embargo, más lógico inclinarse a pensar en una regularidad originada por características de la estructura interna de los meteoritos que debe ser estudiada más a fondo, antes de emitir  juicios  superficiales, pero eso puede ser tema de otro trabajo.
 
El hecho de que aparezcan algunas estructuras regulares en las observaciones astronómicas, y de la naturaleza en general, merece el estudio y la atención de los científicos y del público en general, pero querer ver en cada nueva regularidad o estructura singular la  acción de los extraterrestres es más bien una aberración del pensamiento. Muchas veces es preferible no emitir ningún juicio hasta no tener una información más abundante, que caer en ese vicio generalizado de sacar sus propias conclusiones, aunque no se disponga ni de conocimientos ni de criterios especializados.