Manera obsesiva, de Rigoberto Rodríguez Entenza, expresa la angustia del hombre ante la fijeza de ciertas ideas en su cabeza. Desde esa angustia, de la que nacen las acciones, marcadas por el sino poético y patológico que dotan de intensidad y desgarramiento la escritura: el ademán esencial, la parte más sutil del proceso vital del poeta, a través del cual podríamos llegar hasta él, o a nuestra propia idea de su ser.
El dramatismo de estos versos, dictados desde múltiples máscaras (personae), nos propone un enigma. Reto sobre el que se basa su acto de comunicación, que brota con el solo obstáculo de los espacios en los que medita: me pongo a mirar el borde de la taza, que casi siempre llevan al hallazgo de verdades rotundas: en los ojos que se va a tragar la tierra. Esto hace que su manera implique la necesidad de no pocas lecturas. El volver a sus páginas, y descubrir a un tiempo nuevas perspectivas, da la impresión constante de una fuente inagotada.
Imágenes con el misterio de ocultar los objetos en los lugares más visibles, desde los cuales el autor plantea profundos cuestionamientos gnoseológicos; la inserción de trazos de una realidad cotidiana, metabolizada con la misma naturalidad y opuesto desengaño; el uso de frases y construcciones con mayores intereses lingüístico-filosóficos, en los que también la vivencia cobra importancia; la preocupación por la existencia del hombre, y más allá de ello, por la propia existencia del hombre-escritural, trascendiendo el lenguaje y la propia vida, son algunos de los ademanes observados en esta manera de construir la poesía.
El mundo es observado por el poeta, quien entra y sale de él con el mismo extrañamiento, en viajes en los que va escribiendo lo que ve. Una vez descubrió que: “En cada pieza, trazo, rajadura / o hilo de voz fulminante / habitan mis huellas / como una pequeña parcela de preguntas”. Es así que el autor no consigue desmembrar su yo de la realidad sensorialmente percibida, parcelada, enigmática.
Manera obsesiva consigue atrapar la cultura en una frase o libro que sufre por no poder romper con los límites que le aprisionan, por ello, en su mente, el individuo se agita, tanto como su especie.
Un segundo momento nos adentra en las alturas de La Parroquial Mayor, y desde allí, podemos observar el país, la historia, e intercambiar papeles con Dios.
En el orden formal, el uso del heterónimo, el apócrifo, la máscara, y los diversos recursos propios de la posmodernidad, se hace moderado, porque lo efectivo de la poesía no radica en pretendidos tecnicismos ni en el alarde de conocimientos teóricos y culturales: “por eso prefiero no hablar de influencias y sí de conceptos” —me confesó una tarde.
Auténtica posición para una poesía que también lo es, no obstante sus propias cárceles: el mito (o estigma) de la provincianidad, la doble tendencia de nuestra lengua a romper y conservar. Estos elementos son aprovechados en favor del discurso.
Manera obsesiva (Ediciones Luminaria, 2006) es más que un grupo de textos alrededor de un poema mayor (que da título al poemario); es un libro maduro, preciso, profundo y de agradable lectura.