Centenario de Dora Alonso.
¿El patico feo de la literatura infantil cubana?
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Carta autobiográfica al patito feo
Playa, julio 20 de 1988
Querido patito:
Te debo esta carta desde hace muchísimos años: tantos, que entonces yo leía solamente libros dedicados a los niños y usaba en la escuela las cuentas de madera de un ábaco.
Por aquella época, el pueblo donde yo vivía era tan chiquito que con cuatro aguaceros se inundaba; cosa que las ranas aprovechaban para celebrar su festival de coros, dirigidos por Casilda, nuestra antigua conocida de Cantel. Durante esos días, el vecindario se animaba, los niños no perdíamos ninguno de los conciertos y las ranas de mi pueblo se hacían célebres.
Mi casa, de madera y techo de tejas, era muy espaciosa. Contaba con patio y traspatio y muchos árboles y flores. A la sombra de los árboles y ante el pasmo de gallinas y gallos, abría el pavorreal su cola de abanico, graznaban gansos, volaban palomas y trinaban pájaros. Pero mis preferidos eran otros: Miguelín, un cernícalo que adopté al caerse del nido, y el conejo Alfredo Molina.
De este modo comienza la escritora Dora Alonso uno de sus documentos literarios más autobiográficos y menos divulgados hasta el presente, y en el cual, de alguna manera, se están definiendo los cánones estilísticos y morales que movieron su vida, su obra y su paso por este mundo.
Escrita a fines de los años ochenta, y a partir de una convocatoria de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC —que pretendía nuclear numerosas cartas de todos los autores de la literatura cubana para niños y jóvenes dirigidas a los personajes de Fantasía en un volumen cuyo título de producción fue precisamente “Cartas a Fantasía”—, esta misiva de Dora a quien considera su álter ego, el célebre patito feo de Hans Christian Andersen, deviene uno de los testimonios más conmovedores y sentidos que la autora rubricara sobre su propia persona.
Quiero señalarte, patito, que yo era una niña fea. Cosa de suma importancia en esta historia. Me miraba al espejo de mala gana, pues, enseguida, aparecían en él mi nariz pecosa, el pelo, más que lacio, alicaído, y una figura delgaducha, desteñida, sin gracia, para la cual no valían galas ni modas.
La belleza, patito, es un precioso don de la naturaleza. Quien la posee parece llevar una luz que a todos encanta. De ella sólo recibí el leve destello de un fósforo.
Por todo lo expuesto, comprenderás que yo era una muchachita triste, tímida y acomplejada; si bien trataba de ocultarlo al mostrarme risueña e indiferente. Emulaba con Miguelín, apelando al engaño de aparentar desenvoltura y formas de aventajado camorrista.
Para mantener tan vigorosa personalidad y en el intento por hacerme respetar, hasta donde fuera posible, de los burlones de la escuela y el barrio, aprendí a manejar el tirapiedras con igual destreza que manejara Robin Hood el arco y las flechas; a trepar a los árboles ágilmente y segura como un camaleón y, sobre todo, a sobresalir como lanzador en el equipo infantil de pelota. Lo que, en aquella lejana época y tratándose de una mujercita, dejaba boquiabiertos al resto de los jugadores, varones todos. Yo utilizaba una curva efectiva, parecida a la de Vinent, pero algo menos rápida. Debo agregar que cabalgaba como un vaquero, ya que mi familia era gente de ganadería, y casi toda formada por excelentes jinetes.
Valiéndose de toda su mitología infantil, permeada tanto de seres imaginarios (o tomados de los libros) como de criaturas reales de su entorno natal, Dora nos regala una de las esquelas autobiográficas más sinceras y espontáneas, desprovistas de afeites o cualquier postura, que alguna vez se hallan escrito en la historia de la literatura universal.
En este documento, la autora es profunda, realista y cruda como la que más, y en catarsis perfecta reconoce algunos de los temores y complejos que la atormentaron de pequeña —¿acaso es fácil el mundo de la infancia, tan lleno de inseguridades y miedos y cosas por conocer y domeñar?—; parece decirnos en cada párrafo de esta hermosa carta que, como la proa de un barco, surca valiente su vida entera desde los comienzos hasta el ocaso.
Pero esta carta autobiográfica deviene también un documento, reivindicador como pocos, del poder “medicinal”, “salvador” y “purificador” que puede ostentar la literatura en el alma y la vida de un niño.
A grandes trazos, la autora relata cómo conociendo del penar de otros, como aquel patito feo que un día espera iniciar el vuelo de un cisne, ella pudo mitigar un ápice su penar por no ser tan bella como estipulaban los cánones e ideales de quienes la conocían.
Los siguientes párrafos lo ilustran perfectamente:
Tal como lo describo eran las cosas para mí, cuando, al cumplir mis diez años y entre otros regalos, recibí un libro de cuentos. Uno de ellos refería de un patito, feo como yo; amargado como yo. ¡Tan sin nada los dos, patito! Decía el cuento que, junto a mamá-pata y sus lindos hermanitos, el pequeñuelo soportaba la pena de su fealdad. Al saberse motivo de burlas y bromas pesadas, recurría a la fuga para refugiarse en el campo y allí se amigaba a las codornices y algún anciano buey sabio y comprensivo.
La lectura de esa narración, que realizaba instalada a mis anchas en las ramas cercanas a la copa de un añoso tamarindo, me hizo cavilar por tratarse de un caso que me afectara directamente, y formularme una pregunta: ¿Por qué, dentro y fuera del libro, nadie parecía entender algo tan sencillo como que tanto el patito como yo no habíamos escogido nuestro lamentable aporte al ornato del mundo? Éramos feos, sin derecho a cambio o devolución, lo que se me figuraba una gran injusticia. Y lo peor: ignoraba a quién debíamos reclamar o cargar la culpa del desaguisado.
Mientras leía el cuento y razonaba de esa forma, lloraba a lágrima viva. Tu pena, patito, era la mía, y te acompañaba y sufría contigo. Pero algo cambió al llegar al final del relato; al saber de qué modo dos grandes, bellísimas alas blancas te elevaron sobre el corral hasta situarte en el espacio azul, entre la luz más pura. Sentí con ello, pequeño amigo, algo suave y dulce penetrar en mi pecho y sosegarlo. En ese instante —nunca lo olvidaré— surgió en mí, con el deseo impetuoso de obtener tu misma suerte, mi primera esperanza.
Todavía mi memoria recoge la emoción de aquel nuevo sentimiento. Una idea seguía a la otra y presentí, sentí confusamente, que toda ayuda debía esperarla de mí misma, de mis propias fuerzas y sin huir ni avergonzarme. En lo alto de mi silvestre lugar de lectura me afirmé en el propósito de hacerme valer, pese a mis muchas desventajas, entre los venturosos elegidos de la belleza. A los diez años comenzaba a entender lo que hoy afirmo: la vida es generosa y a todos ofrece cabida, caminos y horizonte, siempre que no perdamos el valor o nos falle la voluntad.
Aquel día, al cerrar el libro, bajar del tamarindo y tomar tierra, me sentí otra. Lejos de atormentarme y sufrir por lo que no estaba a mi alcance componer o disimular, me dediqué a observar todo lo hermoso y bueno que iba descubriendo a mi alrededor, para luego tratar de describirlo en mi cuaderno escolar. Así llegué a muchacha, con aspiración de ser escritora —que es otra manera de volar—, y, a pesar de no poder hacerlo bien al principio, no cejé; seguí adelante con firmeza y valor, sobreponiéndome a las muchas dificultades que hallara en el largo camino de los años.
Hoy, patito, creo ser una escritora hecha, aunque no muy derecha ya, que te escribe, recuerda y agradece con todo su corazón.
Cuando, conmovidos, llegamos al final de tan singular, emotivo y anticonvencional documento, nos podemos convencer una vez más de aquel axioma que asegura que todos los secretos y pasiones de un adulto se suelen esconder en las razones (¿o quizás sinrazones?) de un niño.
En el alma de aquella Dora tan segura de sí que todos conocimos siempre quedó una pizca de la chiquilla que se volvió rebelde y montaraz —desafiando cualquier moda o tradición— con tal de asumirse a sí misma en una nueva personalidad, pues, como comentara jocosa en más de una entrevista, el traje de princesa no le iba nada bien a su desgarbada figura.
Con las alas de su imaginación, con el dominio de un oficio que conoció como pocos, con el ejercicio pleno y casi diario de su labor, Dora Alonso demostró con su obra cómo quien un día se sintió el más feo de los paticos fue capaz de alzar el vuelo, convertida ya en uno de los más grandes y magníficos cisnes de la literatura infantil cubana.