Centenario de Dora Alonso.
El cochero azul: El libro que renovó la literatura infantil cubana
.jpg)
“Marca una época en nuestro impetuoso desarrollo de la literatura para niños. Es nuestro primer cuento largo y se escribirán muchos más en el futuro —no lo dudamos—; pero esta obra no sólo marcará en nuestra narrativa la transición del cuento breve a la noveleta infantil, sino que será también un modelo de calidad en el que tendremos que fijarnos y al que habrá que referirse cuando escribamos la trayectoria del cuento cubano para niños. Me atrevo a predecir: entonces tendremos que hablar con alegoría y reconocimiento de antes y después de El cochero azul, de esa gran narradora que es Dora Alonso”.
Alga Marina Elizagaray
En 1975, Dora publica, por Gente Nueva, la primera edición de El cochero azul, el que quizás sea el libro más popular de toda su trayectoria, lo cual resulta bastante categórico y arriesgado de afirmar si se recuerda que siempre, desde el estreno de su serie sobre Pelusín del Monte, la autora contó con el favor del público infantil.
El cochero azul evidencia un vuelco total en la narrativa de la autora y, a la vez, significó también un hálito renovador en todo el concepto de hacer literatura para niños que se promovía en el país.
Superada la controvertida polémica de realismo versus fantasía —tan excelentemente expuesta por Mirta Aguirre en un trascendental ensayo dado a conocer en el histórico Fórum de 1971—, entre los autores cubanos no se había superado aún del todo, sin embargo, la práctica de presentar a la infancia ideal en un entorno realista modélico, con libros con grandes ínfulas patrióticas e ideológicas —que algunos llamaron tecosos—, sin ápice de imaginación y llenos de animalitos, diminutivos o lugares comunes de la peor especie.
No es posible olvidar tampoco que, por esa época, gran parte de la opción de lectura de nuestra infancia llegaba de la mano de co-ediciones con países de Europa del Este y que, por tanto, al niño se le ofrecía un mundo de Petias, Mishas, Soyas y Fedias, de oseznos, raposas y lobos, en esencia totalmente ajenos a nuestro paisaje, idiosincrasia y tradición.
Es en este contexto, además algo empobrecido culturalmente de referencias actuales —al desconocerse los grandes clásicos modernos del género como Astrid Lindgren, María Gripe, Michael Ende, Gianni Rodari o Lygia Bojunga Nunes, por sólo citar a unos pocos tardíamente divulgados a fines de los años ochenta y principios de los noventa—, que Dora da a conocer un libro tan imaginativo, libre de cualquier atadura temática o formal y bellamente concebido como El cochero azul.
Esta singular obra demostró a todos, y principalmente a los autores y los niños, que la “tristemente célebre” literatura para la infancia podía resultar algo más que lo que ya se conocía; que una historia, sin apartarse de la cubanía ni olvidar hablar de nuestros niños, podía ser a la vez divertida, estar cargada de fantasía, llena de magia y contar con personajes tan atípicos que resultaría totalmente imposible imitarlos en obras posteriores. De hecho, desde su aparición, la historia de Martín Colorín y sus hijos Azulín y Azulosa, el caballo Azulejo y su Perro-Azul se convirtió, como previsoramente señalara Alga Marina Elizagaray en la afortunada crítica que sirvió para iniciar este artículo, en todo un canon dentro de la literatura cubana para niños.
El cochero azul se ha convertido en libro de culto hasta tal punto que, además de tener tantos y tan fallidos imitadores a lo largo de los años, por el gran carisma de sus personajes ha conseguido que cada uno de ellos se inmortalice y de un salto a la realidad cotidiana. Y, al margen de todo análisis literario, permítaseme anecdóticamente acotar que han florecido Cocheros azules o Martines Colorines en círculos infantiles, talleres literarios, salas juveniles de bibliotecas, concursos, etc., etc.
El cochero azul presenta numerosos aciertos narrativos, mas el mayor de todos es esa soltura de su autora para moverse a muy buen paso e hilvanar con gran acierto dos mundos paralelos. Partimos, como en toda su obra para la infancia, de un entorno realista, matizado repentinamente por un ingrediente mágico que desencadena una progresiva serie de hechos cuasi fantásticos y confiere innegables atributos míticos a cada personaje en cuestión. En este caso, un simple tinte azul y la voluntad de emprender un viaje que, a la postre, y restañando el sentido patriótico y el nacionalismo de su autora, únicamente consigue demostrar una vieja divisa, presente en su obra para niños ya desde los libros de lectura y muy bien expresada en este poema con el que generaciones de cubanos aprendieron a leer:
La cigüeña cigüeñita
sobre cien tierras voló
tanto voló y voló
que en las alas
sentía un fuerte dolor.Yo pregunté a la cigüeña:
¿Cuál es la tierra mejor?
La tierra donde se nace,
al punto me contestó.
Si en las Aventuras de Guille las situaciones humorísticas eran provocadas por los justificados terrores de la tía Lola ante tanto bicho raro (iguanas, gaviotas, caguamas, etc.) con que se tropieza en su viaje por aquellos hermosos cayos cercanos a Cárdenas, Matanzas, ya en El cochero azul estos terrores, incertidumbres, experiencias de crecimiento en definitiva, se producen de la mano de elementos mágicos como los tres payasos, la ciudad donde todos dormían o el mítico Pipisigallo, especie de rescate y transgresión del folclore que hace la autora, elemento a la vez iniciador de una nueva tendencia dentro de su obra: el retomar personajes muy conocidos del acervo popular para devolvérnoslos remozados, reverdecidos, más ricos, según su muy particular estilo narrativo.
Anticipándonos en el tiempo, vale aclarar que luego se reiterará esta praxis intertextual en libros como Tres lechuzas en un cuento o en el propio El valle de la Pájara Pinta.
Poco resta, pues, por decir sobre esta obra que ya no se conozca después de sus 35 años de vida muy bien cumplidos, con numerosas ediciones en el extranjero, sucesivas reimpresiones siempre agotadas en Cuba y, por supuesto, el innegable hecho histórico de que sirvió para imprimir un viraje total en las concepciones, a veces adocenadas por años de ejercicio equivocado, sobre qué era entre nosotros un buen libro para niños.
Celebrando el centenario de Dora Alonso, que se cumpliría el 22 de diciembre del 2010, vale reafirmar la vigencia de toda su obra literaria, en la cual, la literatura para niños y jóvenes ocupa un sitio especial, como bien demuestra El cochero azul, el libro que, hace tres décadas, renovó la literatura infantil cubana.