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Centenario de Dora Alonso.
Agua pasada: un remanso de infancia

Enrique Pérez Díaz, 27 de marzo de 2010

En una prosa poética, sencilla y ceñida, Dora Alonso ha logrado con incomparable maestría rescatar para siempre del olvido y el tiempo perdido el mundo maravilloso de su infancia, transcurrida en un pequeño pueblo matancero. Así nos brinda con gracia y fervor estas pequeñas viñetas —iluminadas por ese irresistible encanto que siempre nos ha subyugado en sus conmovedores cuentos infantiles— donde la poetisa, embargada por la nostalgia, va reviviendo las figuras de seres queridos, animales, objetos del vivir cotidiano, sensaciones y otras vivencias que han perdurado en el recuerdo a través de los años. Agua pasada es la obra donde la laureada escritora Dora Alonso ha alcanzado el momento más alto de su brillante carrera literaria.

Con esta magnífica presentación que un intelectual tan sagaz como el crítico y editor José Rodríguez Feo hiciera sobre este singular libro de Dora —refiriéndose a su primera edición publicada por la UNEAC en 1981—,* bien poco más podría decirse de Agua pasada, salvo que es una de esas “pequeñas joyas” que solamente se pueden escribir una vez en la vida.

Libro atípico como el que más, Agua pasada deviene volumen de memorias sin llegar a serlo, inspirado conjunto de crónicas siendo incluso algo más que eso, acierto narrativo aunque no sea siempre el de la narración el tono predominante en su elegante, precisa, depurada y muy sugerente prosa, que rebasa cualquier frontera, no solo de géneros literarios sino de época.

Refiriéndonos ya al controversial tema del rango etário para el cual está destinado este hermoso fresco sobre la infancia de la autora en su tierra natal, cabría decir que es de esos libros que no conocen edad, sobre todo por su apertura hacia todo punto de vista y el aire casi coloquial que a cada paso adquiere la narración.

Un libro que trascienda esa a veces infranqueable barrera de la edad será precisamente aquel que abran con igual expectación y asombro, desde el niño que da sus primeros pasos en el hábito de la lectura, hasta el adulto más avezado en el “deporte” de las letras. Sin embargo, muy pocas obras lo consiguen, transmitiendo a la postre, con sus acentos, perspectivas y argumentos, un mensaje abierto a cualquier receptor, sin que importe su formación o acercamiento a la lectura.

En cada viñeta de Agua pasada, primorosamente cincelada, palabra a palabra, como si de una joya exquisita se tratara en cada caso, la autora volcó su inagotable caudal de amor por ese mundo que ya sabía perdido, el irrecuperable mundo de la niñez, la famosa edad de oro que todos añoramos cuando lamentable e irremisiblemente, con el paso del tiempo, nos vamos alejando de ella.

Aunque no es un libro escrito ex profeso para niños, Agua pasada sí deviene un texto útil para los menores, sobre todo por el raudal de anécdotas que la autora brinda entre sus páginas, anécdotas que van desde la intimidad de un hogar hasta los sueños de una niña que crecía imaginando personajes en cuanto ser le rodeaba o leyendo aquellas primorosas y hoy exóticas ediciones españolas de Saturnino Calleja, célebres para generaciones de lectores del mundo entero.

Como en toda su creación, muy lejana siempre de cualquier visión pintoresquista del entorno que le correspondió vivir y a veces no comprendió o no pudo aceptar, en Agua pasada Dora censura con pupila insomne aquellos males terribles de un tiempo ido para nunca más volver.

Y esa es la perspectiva que la creadora asume a lo largo del texto íntegro, la de quien recuerda las contrastantes luces y sombras de un tiempo que, sin duda alguna, dejó profunda huella en su entonces imberbe persona de niña pecosa e iconoclasta, niña curiosa y rebelde que se lo preguntaba todo, aunque en ocasiones la vida le escamoteaba las posibles respuestas que esperaba encontrar.

Obra muy conectada a Ponolani —no solo por el estilo fragmentado de las viñetas literarias, mezcladas con la crónica costumbrista o familiar que Dora Alonso utiliza con soltura y a capricho, sino sobre todo por el tema y el mundo que se encarga de reflejar a cada nueva página que abrimos—, Agua pasada es de esos testimonios de infancia que una vez leídos nunca pueden olvidarse, pues marcan al lector de manera indeleble.

Para quien, como Dora Alonso, siempre estuvo ajeno a la literatura comercial o de mercado, Agua pasada deviene pues un remanso en su obra narrativa.

Agua pasada también tiene mucho que agradecerle a buena parte de la poesía de Dora Alonso, o a su novela iniciática Tierra inerme, galardonada con el Premio Casa de las Américas en 1961, o a los propios libros de crónicas de la autora, que nunca pierden su énfasis y tono literario y se entremezclan entre sí: El año 61, Gente de mar y Once caballos, por citar algunos.

Es difícil opinar sobre si con Agua pasada, como bien dijera José Rodríguez Feo en una de las primeras reseñas que se publicó sobre esta obra, su autora “alcanza el momento más alto de su brillante carrera literaria”. Pero nadie, tras leerla, podrá dudar que marca un hito en la narrativa de Dora Alonso, un hito irrepetible incluso para ella misma, inimitable por cualquier otro escritor, pues libros como este se escriben una vez en la vida, se pueden leer más de una vez y, por supuesto, se recuerdan por siempre jamás.

Nota:
* La Editorial Gente Nueva publicó una posterior en 2007.