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Centenario de Dora Alonso
Herederos de lo universal y lo cubano

Eldys Baratute, 29 de marzo de 2010

Mi primer acercamiento a la obra de Dora Alonso fue a través del libro de lectura de tercer grado. Con ocho años conocí a Palote Monigote y a Pelusín del Monte. Como a esa edad solo me interesaban los personajes fantásticos y sus historias, no me detuve a pensar en la autora, aunque ella también era un personaje fantástico, con el rostro y los poderes que yo quisiera inventarles.

Si bien Dora, como escritora, aún no existía para mí, Pelusín sí estuvo presente por años. Se convirtió en el amigo que necesitaba, formó parte de mis juegos, de las veces que me escapaba a la biblioteca para descubrir un libro, de mis confesiones de niño solitario y, por qué no, también de mis desilusiones. Él era más valiente, más aventurero y más ocurrente que yo; por eso era mi amigo. Yo quería ser como él y durante mucho tiempo me esforcé en conseguirlo. De cierta manera, y sin saberlo, su autora me había regalado este amigo.

Más tarde, y gracias a la televisión, conocí El caballito enano. A pesar de que, para mí, Dora continuaba siendo un personaje fantástico, mucho agradecí haber encontrado a Piccolino. No sabía exactamente qué era el respeto a la diferencia, pero sentía que, de cierta manera, él y yo éramos similares. Si ahora, desde la desmemoria que provoca la adultez, tratara de recordar todas las emociones que sentí al verlo (recuerden que fue la TV la primera que me lo ofreció), las emociones del niño que prefería las historias a los juegos, del niño al que le costaba trabajo relacionarse y que era incomprendido por compañeros de aula, maestros y hasta familia, las emociones que sentí al conocer que podían existir otros seres iguales a mí, de seguro no sería preciso. Lo que sí recuerdo es que, a partir de ese momento, estuve acompañado y protegido. Desde la fama del circo, estaba seguro de que el caballito enano velaba por mí.

Tiempo después, cuando comencé a tomarme la literatura en serio y decidí leer a los autores más representativos de cada época en Cuba, descubrí a Dora Alonso. La misma que conocía hacía mucho tiempo sin saber que era ella.

Recuerdo que mientras leía sus libros iba recordando al niño que tenía por amigo a Pelusín del Monte y que más tarde se dejaba acompañar por el caballito enano. Hice un viaje a mi infancia. Me percaté de que esta autora había estado tan cerca de mi niñez como mis seres más queridos.

Sobre otros caballitos enanos he escrito después. De hecho creo que soy un escritor de caballitos enanos. No con su maestría, por supuesto, pero sí con sinceridad y respeto. Mis caballitos enanos son Quiribín, un grillo que no quería tocar el violín como el resto de su familia; Marité, la rapera alocada que tenía más de un novio al mismo tiempo y le tiraba agua de fregar a las viejas chismosas; y Henrik, el niño que prefería jugar con muñecas.

Si en algún momento alguien decidiese estudiar lo poco que he escrito, podrá encontrar que Marité es hija de Isabela, la niña del Valle de la Pájara Pinta, amante de las aventuras y los riesgos; que Can-Can, uno de mis personajes empecinado en conocer el mundo, bien pudiera ser miembro de la familia de Martín Colorín; que la vieja Chicha, defendiendo su libertad ante los hombres, es heredera de Casilda, la rana de El cochero azul, la misma que desafía a su esposo y le dice “[…] ya es hora de que las mujeres se liberen. Soy progresista y reclamo mis derechos. Hoy no cocinaré. […]”; y que Juan Ligero, con su bondad, se confunde con otros personajes de mis cuentos. En fin, Dora está en mis libros aunque pasé muchos años sin saber que ELLA era Dora.

Además, estoy seguro que de una forma u otra también está en el resto de los jóvenes autores cubanos. Nosotros, que queremos romper con todas las reglas estilísticas y temáticas, si miramos con agudeza su obra, sabremos que ella lo hizo primero. En sus novelas podemos encontrar cajas chinas, intertextualidades, referentes literarios a los clásicos, defensa de todos los valores morales y, sobre todo, respeto a los seres humanos (a la mujer, a los niños, a lo diferente).

No importa si algunos escribimos de hadas, otros, de niños con padres divorciados, de güijes, de niños con problemas motores, de castillos, príncipes o princesas. En todos nosotros está Dora. Ella supo ser universal y cubana, y no en el sentido panfletario de la palabra, sino en uno más sublime. Universal, por querer que los niños conocieran lo que puebla el mundo, incluso lo malo. Y cubana, porque en todo lo que escribió emerge su país, sus costumbres, su naturaleza, y eso, indudablemente, sus herederos, los jóvenes autores cubanos, debemos agradecerlo.