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La educación como resistencia: el derecho a la universalidad cultural en la futura revolución educativa de Cuba

Dmitri Prieto Samsónov  , 13 de abril de 2010

El sistema educativo de un país es, junto con la familia, un punto neurálgico para la creación de una ciudadanía culta, decorosa y protagónica. En Cuba, ha sido reconocido en múltiples espacios y ocasiones la urgente necesidad de revolucionar nuestro sistema educativo en aras de garantizar la continuidad de los valores que han animado históricamente nuestro proceso emancipador. Por otra parte, nuestra ciudadanía es esencialmente multicultural y multirracial, pues incluye significaciones y sentidos culturales provenientes de las más diversas partes del planeta y diversificados también según los distintos territorios y comunidades del país; igualmente, ha incorporado elementos de muchos grupos raciales, situación que a través del proceso de mestizaje más que progresar hacia una uniformidad se ha ido haciendo cada vez  más compleja. Es por tanto imprescindible que todos/as los/as nuevos/as ciudadanos/as de nuestra República tengan la clara posibilidad de identificarse con sus modelos y ancestros históricos a medida que se profundiza su formación, a través del proceso de enseñanza-aprendizaje, en las instituciones docentes del país. Al mismo tiempo, la continuidad de la Revolución cubana se asimila a la posibilidad de que tal identificación opere en claves emancipadoras, a través de valores de dignificación de lo humano-diverso.

Y es que como ya bien lo comprendía Martí, no es posible aislar la formación patriótica de la universalista. El mismo Apóstol de la independencia de Nuestra América afrimó, en más de una ocasión, que el substrato de la nueva educación a ser sembrada en el continente ha de basarse en su propia historia. No es porque la historia de los griegos sea menos “importante” que la de los mayas, sino que los mayas los tenemos más cerca, nos es por ello más apropiado buscar las inspiraciones en sus fuentes para la creación de la nueva ciudadanía americana. Los griegos también, por supuesto, pero dentro de una correcta perspectiva de universalidad desde Nuestra América.

La labor de los historiadores en las últimas décadas ha sido estimulante en materia de la concientización de que cualquier “universalidad” es relativa, porque está a priori comprometida con la cultura (social, clasista, religiosa, geográfica, racial, étnica, de género…) que la produce. Pero considero que no sería correcto renunciar al concepto de universalidad. Es imprescindible tener nociones orientadoras y ordenadoras a la hora de aprehender el conjunto de los hechos en los que se asienta la propia cultura. Si no hacemos universalidad, será peor, pues nos arriesgamos a que triunfe el chovinismo, o bien aquel espíritu del “aldeano vanidoso” tan criticado por Martí.

En el caso de Cuba, nuestra historia de los últimos 500 años es de apertura al mundo, a veces conducida subrepticiamente, otras veces proclamada desde las plazas. El compromiso internacionalista de los cubanos/as, y la necesidad urgente de insertarse en una economía cada vez más planetaria, reafirman esa tendencia histórica en el presente. Por lo cual es imperativo que se conozcan cada vez más las raíces históricas, las genealogías, las trágicas o gozosas secuencias de eventos que han conducido al pueblo cubano a su presente y que, con el favor de los espíritus propiciadores, lo llevarán a un futuro mejor. No es por tanto posible aprender la historia de Cuba sin saber la historia universal; si queremos tener una República de ciudadanos y ciudadanas con capacidad de discernimiento sobre sus destinos, necesitamos no sólo garantizar la enseñanza de la historia patria, sino también de la universal.

Pero, ¿cómo es la Historia Universal que se enseña en nuestros centros docentes? ¿Cuál es el concepto de universalidad que promueve? ¿Cómo conecta con la cubana? Y en particular, ¿cómo trata los destinos de la “gente sin historia”, de los “condenados de la tierra”?

Es de reconocer que el concepto de universalidad incorporado a los programas docentes de nuestra educación es un concepto lastrado de colonialidad, eurocentrismo y racismo. Más que en ningún otro punto, ello se pone de manifiesto en el modo en que es tratada la historia de África.

Nuestros estudiantes (lo he confirmado empíricamente en más de una ocasión) suelen saber que existen España, Inglaterra y Francia, pero habitualmente no pueden nombrar ni un solo nombre de país o Estado africano de los tiempos en que surgió la diáspora negra del Nuevo Mundo. Tampoco conocen mucho sobre los imperios etíopes o de Monomatapa. Sus conocimientos sobre la historia antigua de África se restringen a la civilización egipcia, ampliamente promocionada por nuestros medios. Esto es un hecho grave, pues evidencia una ignorancia estructural sobre cuáles fueron los puntos de partida (geográficos, biológicos, étnicos) de cerca de la mitad de nuestro genofondo nacional. Es un desconocimiento que se constituye en aliado epistemológico-estratégico del racismo, pues refuerza la idea de la incapacidad de los pueblos africanos de generar una praxis política o una poiesis más allá de los estereotipos eurocéntricos al uso de los poderes hegemónicos, y por ende, la noción de incapacidad (cívico-cultural) de las personas de raza negra para desarrollar la creatividad autónoma y la vida pública. 

Considero perentorio revisar el modo en que se imparte la historia universal y cómo esta se conecta con la de Cuba. Primero, como ya se dijo, es imposible entender la historia cubana sin conocer la universal, y el comercio trasatlántico de esclavos es un elemento indispensable para entender no sólo nuestras raíces y resistencias, sino también el surgimiento de la modernidad misma. Segundo, me parece urgente  enunciar el derecho a la universalidad de la gente de las periferias. La universalidad ha sido un invento hegemónico, pero podemos reivindicarla para nosotros/as y ponerla a trabajar a favor de las resistencias: podemos concebir nuestra propia universalidad. Tercero, todo este saber no solo ayudaría en su calidad indispensable de la “cultura general integral” a formar un pueblo culto, sino también contribuiría a la gestación activa y protagónica de una nueva cultura de emancipación, una cultura donde se subvierten los estereotipos y la misma gente participa a través de su autoidentificación histórica en la concepción directa de los destinos de su país, más allá de las delimitaciones construidas de carácter racial, regional o de género.