Bernardo G. Barros fue elegido miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras con poco más de 30 años, pero falleció antes de tomar posesión de su asiento correspondiente. La vida —mejor dicho, la muerte— jugó una muy mala pasada a este periodista y autor talentoso cuya firma llegó a ser familiar en la prensa cubana.
Nacido en la denominada Villa de Pepe Antonio, no otra que la muy antigua localidad (hoy municipio) de Guanabacoa el 5 de enero de 1890, Bernardo hizo los estudios de bachillerato y después matriculó la carrera de Derecho, solo para descubrir que no era su destino vestir una toga, y enrumbar hacia la pasión de su vida: el quehacer periodístico.
Una apreciable cantidad de diarios y revistas se publicaban en La Habana de los dos primeros decenios del pasado siglo. Estrenaba Cuba su condición de república y regresaban a la patria muchos emigrados políticos que desde el exterior habían servido a la causa de la independencia, algunos de ellos con bríos y dinero suficiente para sembrar de redacciones de prensa la ciudad.
El joven Bernardo no tardó en hallar un espacio donde colocar sus colaboraciones y ya hacia 1908 lo hacía en la muy leída y prestigiosa revista El Fígaro, donde llegó a ser secretario de redacción, y también en El Heraldo de Cuba, que figuraba entre los diarios de mayor circulación.
En este último colaboraba en la sección fija titulada “La vida literaria”, e igualmente perteneció a su equipo de redacción. Quien intente recopilar las crónicas y artículos publicados por Bernardo G. Barros deberá revisar las colecciones de La Discusión, El Mundo, Diario de La Marina, Letras, El Mundo Ilustrado, Revista de Bellas Artes, Social y Cuba Contemporánea (allí fue redactor) desde finales de la década del 10 hasta comienzos de la siguiente.
Y si tuviera la oportunidad, revisar además en las páginas de Revista de América (París), El Universal y El Tiempo Ilustrado (México), El Universal (Caracas) y Variedades (Lima), pues estas publicaciones acogieron o reprodujeron algunos de los artículos de Barros.
De este autor apuntaría Max Henríquez Ureña “que se dio a conocer en la prensa con crónicas ligeras en estilo galano y ameno”.
Desarrolló pues, una vida intelectual intensa. Fue uno de los disertantes que tomaron la palabra en los años de mayor actividad de la Sociedad de Conferencias, junto a otras figuras ilustres de la época (Juan Miguel Dihigo, Rafael Montoro, Enrique José Varona, Carlos de la Torre, Salvador Salazar y Eusebio Hernández, por citar algunos). Estas conferencias tuvieron gran alcance entre la población, pues resumidas o íntegramente circulaban por toda la Isla a través de la prensa.
En 1910 aparece —junto a José Antonio Ramos y Max Henríquez Ureña— entre los fundadores de la Sociedad de Fomento del Teatro, a la cual se adhirieron otros muchos intelectuales interesados en estimular el desarrollo de la creación teatral en Cuba.
Barros solo publicó un libro, La caricatura contemporánea, en dos volúmenes, editado en Madrid en 1918. Dejó escrito un trabajo titulado “Origen y desarrollo de la pintura en Cuba”, que se publicó en el folleto Discursos pronunciados en la sesión solemne celebrada por esta corporación a la memoria del académico electo fallecido Sr. Bernardo G. Barros y Gómez, el día 12 de mayo de 1924, es decir, dos años después de la muerte de su autor, acaecida el 20 de mayo de 1922.
Dos novelas y varios cuentos, así como traducciones y abundante crítica de arte, amén de su labor de conferenciante, hicieron de Bernardo G. Barros una de las figuras literarias más conocidas de la Cuba de un siglo atrás.