Entre los honores de este redactor, está el de haber conocido a Rafaela Chacón Nardi y haber contado con la inestimable colaboración de la poetisa en cuanto momento lo necesitó. Porque ella fue una mujer empeñada en servir, una dama de nobleza y sapiencias extraordinarias.
Rafaela estudió magisterio y licenciatura en Pedagogía con brillantes notas, ejerció como profesora en la Escuela Normal para Maestros y en los cursos de verano de las universidades de La Habana y Las Villas. Sus inquietudes creadoras las trasladó, desde muy joven, a las páginas de la Gaceta del Caribe, Noticias de Hoy, El Mundo, El País, las revistas Lyceum, Bohemia, etcétera. Ello, sin dejar de tomar el pulso al aula, donde paralelamente formaba hornadas de futuros maestros.
Con 22 años Rafaela vio editado en 1948 su primer poemario. Tiempo después recibía una carta de Gabriela Mistral encomiando los méritos de la obra, cuyo texto íntegro fue reproducido al publicarse de nuevo el poemario en 1957. Pero para conocer la dimensión de Rafaela —la Rafaela de Cuba, cual la denominara Gabriela Mistral—, conozcamos esta iniciativa de la entonces catedrática de la Escuela Normal de La Habana, tal como ella misma la narrara en 1986 para la revista Mar y Pesca:
“Reuní a un grupo de alumnos de tercer año para realizar el Primer Seminario Normalista de Educación para el Mejoramiento de la Comunidad. Consistía en brindar a los alumnos la oportunidad de enfrentar las características y problemas sociales de una comunidad pesquera de muy escaso desarrollo y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudar a solucionarlos o, al menos, aliviarlos. Playa Cajío, por razones de distancia y condiciones de vida de sus habitantes, era un escenario ideal para nuestro pilotaje...”
Así era Rafaela. Aunque su quehacer lírico —más de treinta títulos— ha sido trasladado al inglés, francés, italiano, checo, ruso, rumano, portugués, sueco, esperanto y al Sistema Braille, en el jardín de su cerebro nunca cesaron de brotar flores.
Diseñó y desarrolló originales experiencias pedagógicas en el campo de la plástica infantil para niños con limitaciones físicas. En 1971 fundó, con el auspicio de la UNESCO, el Grupo de Expresión Creadora, y a instancias de esa entidad, dirigió en Cuba los clubes de Promoción de Lectura, cuya eficiencia fue altamente reconocida por dicho organismo, sobre todo en la formación de adolescentes ciegos y débiles visuales. Organizó talleres infantiles para el conocimiento de la obra martiana, pues —son sus palabras— vio “(…) el arte como parte insoslayable en la formación de niños y jóvenes (...) Con el triunfo de la Revolución llegaron las oportunidades de hacer, de experimentar en ese campo. Recuerdo todavía la alegría sentida cuando supe que en el Primer Plan de Estudios promulgado para las Secundarias Básicas aparecía la Apreciación de las Artes Visuales.”
La Medalla Alejo Carpentier, otorgada por el Consejo de Estado cubano y otras distinciones, honraron a esta singular poetisa y educadora, que habitó en la morada dulce de su
“Solo de mar”
Dulce morada es esta que me invento
calladamente azul. Azul y sola
en marinera tierra, caracola
para la fina música del viento.
Dulce morada es esta que presiento
terrenal y celeste. Playa y ola
que al aire transparenta y tornasola
su luz y ritmo en libre movimiento.
Los muros de alta espuma, los vidriados
espejos de agua y nácar recamados
y las ocultas puertas de agua viva...
y mucho olvido y lágrima cautiva.
Y mucho gozo y soledad salvada
en mi increíble azul, dulce morada.
Rafaela nació el 24 febrero 1926 y murió el 11 marzo 2001. Es ella una de esas personalidades sencillamente inolvidables de las letras y la cultura cubanas.