La poesía cubana del siglo XIX recoge los nombres de numerosas damas que esplendieron en el panorama cultural de la colonia. Entonces suele recordarse a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a Luisa Pérez de Zambrana, a Mercedes Matamoros, a Julia Pérez Montes de Oca, a Juana Borrero… Cuando se ahonda un poco, emergen los nombres de autoras como Brígida Agüero, Úrsula Céspedes, Luisa Molina, Aurelia Castillo y varias más, entre ellas, el de Rosa Kruger y del Busto, una autora que nunca alcanzó la plena madurez vital y cuya obra, apuntan los críticos, adolece precisamente de esa falta de tiempo que padecen cuantos mueren jóvenes.
De Rosa, llamémosla así porque en ocasiones firmó sus trabajos solo con su nombre, no abundan los datos como para conformar un esbozo biográfico que satisfaga las apetencias de conocimiento del lector exigente. Unos y otros comentaristas apuntan que nació en La Habana en 1847 (sin más precisiones), y se conoce que sus poemas aparecieron en las páginas de El Siglo, El Occidente, La Guirnalda y Revista de Cuba, particularmente en el período comprendido entre los años 1877 y 1881, el de su fallecimiento.
El Diccionario de Literatura Cubana (1980), en un pequeño apunte, observa que “su vida literaria no fue muy activa”, en tanto José Manuel Carbonell, en su exhaustivo estudio sobre La poesía lírica en Cuba (tomo IV, 1928), considera que “sobresalió en la poesía descriptiva, para la cual estaba dotada de imaginación pintoresca y frescura de estilo, como lo patentizan casi todas sus composiciones.”
Curiosamente, J. M. Carbonell no ofrece el retrato de la poetisa, como hace con el de los restantes autores, lo cual es prueba de que por su prematura muerte, Rosa no alcanzó siquiera a dejarnos de recuerdo su rostro para las páginas de una antología.
Un tercer especialista, Max Henríquez Ureña, escribe de ella que fue “una poetisa de inspiración sencilla, apenas si apuntó en su verso algunas ideas elementales en relación con cuadros o aspectos de la naturaleza: era correcta pero insustancial. Su muerte prematura influyó en que se exageraran sus méritos.”
Como ve el lector, hay cierto grado de discordancia en los criterios, pero al mismo tiempo, en el fondo, subyace una cierta convergencia: a Rosa Kruger no le alcanzó la vida para depurar una obra que llegara con solidez a nuestros días.
No obstante, en su tiempo, fueron varios los autores que la elogiaron, desde Ramón Zambrana y Anselmo Suárez Romero, hasta el literato y orador José Antonio Cortina, quien le tuvo en alta estima y gracias al cual se imprimieron los versos de Rosa en un volumen titulado Obras de Rosa Kruger, publicado en 1883, dos años después de la muerte de la autora.
Tampoco puede pasarse por alto que tradujo un estudio del escritor norteamericano William H. Prescott sobre Moliere.
Nosotros, ni defensores ni fiscales, nos limitaremos a presentar un fragmento del poema titulado “Orillas de un arroyo”:
Bello es soñar cuando la luz del día
se ve palidecer,
y de los montes en la cima umbría
fugaz atardecer.
Bello es soñar en retirado asilo
de calma y de quietud,
cuando palpita el corazón tranquilo
en plena juventud.
Rosa Kruger murió el 4 de abril de 1881, a los 34 años. Desde entonces, han transcurrido 128 años. Ser demasiado exigentes con la poetisa no lo consideramos justo. Sobre todo, porque su condición de mujer —aún cuando dispusiera de medios—, y su juventud, debieron serle verdaderos obstáculos para romper los moldes de su época y con sus versos en las manos hacerlos publicar.