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Breve retrato de un amigo
Enrique Saínz , 30 de abril de 2009

Tener un amigo como Luis Álvarez es, ciertamente, un privilegio. Lo conocí hace ya un número de años que prefiero no precisar. Estudiamos la misma especialidad, Lenguas y Literaturas Clásicas, en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana en fechas tan distantes como nuestros nacimientos. Después yo derivé profesionalmente hacia la literatura cubana y él hacia la docencia en nuestro alto centro de estudios, todo un profesor de latín de cuerpo entero y verdadero, sin disneas de ignorancia ni banalidades que ocultan desinterés por la enseñanza. Más tarde, ya de regreso en su Camagüey natal, continuó su otra pasión: el conocimiento de los autores cubanos, al análisis de cuyas obras ha dedicado una buena parte de su labor durante largos años. Mientras Luis vivió en La Habana nos veíamos de manera irregular, a veces de modo sorpresivo en la calle, y ahí conversábamos sobre experiencias, libros, proyectos, casi siempre apurados por las múltiples tareas que ambos teníamos entre manos entonces. Por aquellos días, 1983, apareció publicado un poemario suyo: El rojo y el oro sobre el pecho, al cual le hice un comentario que entregué a no recuerdo cuál revista literaria nuestra, una aproximación que no era ni remotamente la que el libro y los lectores merecían, pero que habla de mi admiración por su quehacer lírico como parte de su trayectoria intelectual, a la que debemos sólidas y magníficas páginas ensayísticas y espléndidas clases en diferentes universidades extranjeras. La noche como un signo y Difícil de descifrar son los títulos de otros dos poemarios suyos en los que reaparece su voz tan plena, de tanta riqueza como la de sus prosas.

Es el suyo un nombre que siempre estimé como el de un estudioso serio, dedicado, lúcido, y que ahora continúo admirando con el mayor respeto como expresión de rigor, capacidad de análisis, nitidez en la prosa, didactismo del más alto linaje, dentro de la mejor academia, a la que vale la pena pertenecer. Siempre he sido defensor de la academia que cuenta entre sus miembros a Ernst Robert Curtius, Paul Valéry o Michel Foucault; la academia del conocimiento organizado, sistemático, de hondas raíces en la gran tradición, no la de ancianos o jóvenes que se reúnen para elogiar a bobos o a estatuas de mármol que deberían serlo de trapos viejos, como los espantapájaros. Creo que Luis pertenece a esa academia que conformaron los griegos de la antigüedad clásica y que ha llegado hasta hoy de distintas maneras, lo que no quiere decir que sea la suya, como tampoco lo era la de aquellos ilustres hijos del saber antiguo, una inteligencia cerrada a lo nuevo, a las necesarias transformaciones de la cultura, a los movimientos de vanguardia. La vanguardia es también académica, sólo que de otro modo. La inteligencia se sobrepone a toda tentación de estancamiento y de cerrazón, hasta imponerse como portadora de aperturas hacia nuevas formas del conocimiento. Si miramos con atención los trabajos de prosa reflexiva que Luis ha venido publicando a lo largo del tiempo: Conversar con el otro (1991), Estrofa. Imagen. Fundación. La oratoria de José Martí (1996), Nicolás Guillén. Identidad, diálogo, verso (1998), Saturno en el espejo y otros ensayos (2004), El Caribe en su discurso literario (2006) –en coautoría con Maggi Mateo y merecedor del Premio de Pensamiento Cultural de la Editorial Siglo XXI, de México–, El sueño y el laberinto (2007), Emilio Ballagas: un poeta neobarroco (2008), Visión martiana de la cultura (2008) –en colaboración con su esposa, Olga García Yero, también importante estudiosa–, veremos que sus exposiciones poseen una consecución impecable, sin concesiones a desvaríos ni a gratuidades o criterios infundados a la hora de hacer las valoraciones de los autores o de desarrollar las tesis que subyacen en cada uno de esos trabajos.

Siempre he admirado en Luis, además de esas virtudes de su poesía y de sus ensayos, que lo mantienen, entre los escritores e intelectuales cubanos de los últimos decenios, en un sitio relevante, la diversidad de registros de sus intereses y búsquedas, lo cual lo lleva a indagar y escribir acerca del Caribe y a traducir a Arquíloco, o a reflexionar acerca de Martí, con significativos juicios, y a sustentar inteligentes criterios en torno a la poesía de Ileana Álvarez. Su libro de cocina, escrito a cuatro manos con su esposa, nos revela a un artista dentro del mejor gusto, de lo que puedo dar fe gracias a mi reciente visita a Camagüey con motivo de la feria del libro, pues fuimos invitados mi esposa y yo a su casa para una cena familiar preparada por él y Olga, dentro de la más refinada tradición criolla, con platillos en verdad inolvidables por sus inconfundibles sabores felicísimos. Pero además, este amigo tiene otro don, el de ser un Cicerone de primer orden, como se evidenció en los recorridos que hicimos bajo su guía por esa maravillosa ciudad que antaño se llamó Santa María del Puerto del Príncipe, aún hoy de una belleza extraordinaria con sus plazas, calles y templos de un pasado que se nos aparece cuando nada más nos asomamos a esos espacios llenos de misterio y de historia. Luis ama a su ciudad con el candor y la pureza de un hijo auténtico y al mismo tiempo con la inteligencia y la cultura de quien se ha adentrado en los hechos y vivencias que la han nutrido durante siglos. A medida que caminamos con él por los sitios del recuerdo nos va revelando anécdotas y acontecimientos que en verdad nos conmueven, sus palabras nos hacen revivir personajes que el tiempo quiso devorar y no pudo, entre otras razones, gracias a la singular memoria de Luis. Allí nos sentimos por momentos como habitantes del siglo XVIII y admiramos las magníficas bellezas que perviven tras el paso devastador del tiempo. Sin las lecciones de Luis esa experiencia no habría sido tan rica y perdurable. Ello nos dejó ver a un Luis que yo no conocía. En su casa, al día siguiente de la cena, mientras tomábamos café, o caminando de un lugar a otro, conversamos con un Luis jovial, simpático, de palabra fácil en el diálogo chispeante, con gran sentido del humor, familiar, gratísima compañía en el diario vivir así como buen maestro a la hora de comunicarnos el conocimiento y la sabiduría de los libros y de la vida. Les digo más: su libro acerca de la poesía de Emilio Ballagas, mi más reciente lectura de su obra, me conmovió por su nitidez y por la precisión con que supo evidenciarme otro poeta, distinto del que yo había leído recientemente. Ya yo conocía y había utilizado en mi prólogo a las poesías completas del gran poeta camagüeyano publicadas en 2008 por la Editorial Letras Cubanas, un ensayo que dio a conocer no hace mucho La Gaceta de Cuba y que era el núcleo fundamental del libro de Luis que  acabo de mencionar y que presenté en la feria de La Habana, luego en la de Matanzas y más tarde en la de Camagüey. Desde la lectura de aquel trabajo de anticipación supe que estaba en presencia de un texto importante. Considero ese libro paradigmático de la ensayística académica porque nos conduce gratamente a la demostración de sus criterios y de las tesis en la que descansa la reflexión. Hoy, algo más alejado de las impresiones que me causó entonces su lectura, sostengo los mismos juicios de aquellas presentaciones y reafirmo mi opinión de que sus páginas son ciertamente ejemplares. Su amistad y gentileza hacia mi esposa y yo no influyen para nada en estos elogios ni en esta caracterización de Luis Álvarez. Nos hicimos amigos antes de saber cómo éramos en el trato con los demás y específicamente entre nosotros mismos, compulsados sólo por nuestros intereses comunes, nuestras inquietudes espirituales, más profundas que el simple hecho de que hayamos estudiado la misma especialidad universitaria. Él me comentaba ahora en Camagüey que habíamos transitados por caminos similares en nuestros trabajos y nos habíamos encontrado en varias ocasiones andando por esos senderos de la investigación y el ensayo. Para mi amigo, un gran abrazo.

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