Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 7:04 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 312 | ver otros artículos en esta sección »
Página
Las noches y los días de Violeta
Teresa Fornaris , 06 de mayo de 2009

De primer momento me confieso asombrada, dudosa quizás, de llegar con la minuciosidad de quien debe persuadir, a las puertas de una mujer cuya voz aun retumba en mi memoria. Cuán difícil pudo ser su vida, qué dolores tuvo que la llevaron con tanta hondura a desangrarse en versos y canciones. El encuentro ha sido triste y alegre, y más que nada, sabio.

Custodiada por el poeta de Canto general, que la llama "santa greda" pura; por Pablo de Rokha que anuncia su esencia fuera de las categorías habituales, y luego por su querido hermano Nicanor, que nos avisa del “círculo infinito” de sus padecimientos, aparece Violeta Parra con sus Décimas.

Como parte de la colección de literatura latinoamericana y caribeña, y con motivo de su 50 aniversario, la editorial Casa de las Américas vuelve a publicar una de las voces más auténticas de Chile.

De gran sensibilidad, los versos de este poemario recorren la difícil vida de su autora. Violeta nace con las penurias propias de una familia pobre y numerosa. Su modo de cantar, su lenguaje diáfano y transparente, recorre, la mayor parte de las veces con dolor, otras con risas, los momentos y estados que abarcaron su existencia.

La hermana del que alguna vez fue llamado “el antipoeta”, prefería dejar sus tonadas con los desposeídos antes que entregarse a la oficialidad que nunca supo reconocer su mérito. Cruzó el interior de su país armando una arqueología musical de indudable valor para la cultura chilena y latinoamericana. En su ir y venir se reconoce alejada de la parafernalia del mundo moderno, hostil y discriminatorio, que le hace sufrir con creces las consecuencias de la desigualdad.

A manera de crónicas, las décimas de Violeta desbordan sabiduría popular. La musicalidad propia del octosílabo se une a la ingeniosidad con la que su autora atrapa palabras, las engarza o corta según su pronunciación en los ambientes de personas sencillas, del pueblo. Este modo de truncar las frases, lejos de hacerlas caer en la banalidad o el idilio de la vida campestre, le imprime veracidad a sus historias. Cada dolor que vio fue su dolor.

“Sin otra enfermedad que la tristeza” —dice Neruda—, Violeta Parra fue golpeada duramente por la muerte. Sobrecogida de niña por la enfermedad de su padre y el fallecimiento de un hermano pequeño, se refugia en la escritura y en el canto para espantar los males.

Casi como un diario de viajes —o de vida— estas Décimas traslucen la dureza del trasiego sin remilgos, todos los esfuerzos que hace para ganarse el sustento, a pesar de la fauna terrible que encontraba en los bares a su paso.

Hacia el final del libro aparecen referencias a algunos de sus triunfos como cantante. Viaja a Polonia, invitada al Festival de la Juventud, vive en Paris pero “La Flaca” como le llama Violeta a la muerte, no la deja tranquila. La pequeña hijita de nueve meses que quedó a cargo del padre fallece, sumiendo a la autora de estos poemas en una desolación interminable.

“La vida es bella”, recuerdo que decía una poeta amiga, cuando intentaba detener el salto, mas no le bastaron a Violeta sus propias canciones, sus otros hijos, su escritura. La pérdida de amores importantes, el dolor fiero acumulado, lejos de hacerle exorcismo en sus versos, pinturas o trabajos manuales, se fue acumulando, como piedras, que llegaron a pesarle demasiado en el alma. Este conjunto de décimas así lo afirma. La autora de Gracias a la vida dejó para ella toda la tristeza. Nos queda a nosotros la esperanza.