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Damaris Calderón es La extranjera
Alma de la Hoz , 29 de mayo de 2009

Los Guijarros: sobre la densa oscuridad ontológica

Desolación y horror han nutrido este cuaderno de Damaris Calderón. Exposición fría y precisa, cuyas imágenes se suceden con cadencia, como en substancia amniótica. De este modo volvemos a escuchar la eterna interrogante, y una vez más nos responde el mismo eco sordo, adolorido.

Tanto cansancio hace que las preguntas fluyan, como por decantación, en plana espesura de materia intemporal. Al borde del suicidio, recurso al que se acude reiteradamente, cortarse las venas es un destino común –posible solución- al que se llega a través de cualquiera de los infinitos caminos, que a la larga no llevan a ningún lugar, o no resuelven el problema.

Pocos poetas cubanos han conseguido verter una sustancia tan genuina, tan desgarradora. Nuestra poesía está repleta de poses y pozos artificiales, de presuntuosos y acomodados cuya potencialidad radica en el discurso extraliterario, o más bien, pseudoliterario. En este contexto, pero con una saludable herencia poética insular, Damaris ha sabido muy acertadamente hacia qué punto dirigir su mirada.

 La precisión con la que ha conformado este cuaderno, en el que cada pieza responde a una unidad mayor, se debe a una concepción acertada del libro, donde nada sobra, y nada falta.


Parloteo de Sombras: nombrar lo inasible


“Porque la muerte es demasiado exacta –cita Kozer a Ciorán- y por ende hay que mirarla con exactitud”. He aquí la transición de una ficción a otra. Muerte despoblada en la que de vez en vez aparecen los fantasmas de Edgar Lee Masters, Lezama, y hasta el propio Dios. Pero lo más importante es la mutación; evolución de un vacío llenado por otro vacío, donde los pies son dos extraños, el paisaje sangra, y todo apunta irremediablemente a lo prescrito: la muerte y el desierto.
 
Mientras que en Los guijarros, Shakespeare, Horace Mc Coy, aquí Marinetti, Caravaggio, la torre Eiffel, como válvulas a la nada, al país, o a la frustración. Allá el mundo interior, aquí el exterior, y en ambos ha confirmado su condición de extranjera, (sabiendo su poética superadora de encajes de género, en su dimensión universal, cosmovisiva –como muestra su dibujo en la cubierta-) perseguida de cerca por nadie, dejando pedazos de sí, como babosa, a lo largo de su viaje.