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La poesía: una broma en los altares del horror
Yoandy Cabrera Ortega , 28 de marzo de 2008

Leer un poema de Virgilio Piñera es como caminar por un pueblo de provincia. Columnas carcomidas por el tiempo, fundadas sobre la propia miseria; espacios empobrecidos que no acaban de desplomarse y persisten, como perenne destrucción, sobre la luz amarga de un mediodía cubano. Cárdenas o Jagüey Grande en Matanzas, Sandino o San Juan en Pinar del Río, Mariel o Cabañas en La Habana… podrían llamarse “Elegía así”, “Canto”, “En estos páramos” o “El oro de los días”.

Aunque Virgilio hoy es más conocido como dramaturgo y narrador, se mostró públicamente como poeta en su juventud, y en 1942, después de algunas tensiones con los integrantes de Espuela de Plata, creó una revista cuyo título fue, precisamente, Poeta. Antón Arrufat asegura en el prólogo de esta edición1 que “con el tiempo su poesía se convirtió en un hecho exclusivamente personal”, y esta afirmación le da a la obra poética del autor de Dos viejos pánicos un sentido que la singulariza dentro de su creación literaria: nos interesa no solo como hecho artístico sino como testimonio íntimo de su existencia, sin anular, en absoluto, que su visión del mundo y del arte se reflejen en la narrativa y el teatro que creó.

Las Furias, cuaderno de 1941, está constituido por monstruos silenciosos y fríos. Piñera coloca estos poemas como pórtico de La vida entera, volumen que recoge su poesía desde 1941 hasta 1968, en el que pretende dejar la “casa en orden antes de cerrar, por última vez, sus puertas”. La murena, la ostra y la hiena conforman una galería de animales solitarios, que acechan desde la sombra helada y encarnan la tristeza.

“Las Furias” no es por azar el primer poema de esta sección de inicio. En él se anuncian temas medulares de la poesía piñeriana: la frialdad que recorre toda su obra, la insularidad vista como maldición, la luz violenta que el autor adjetiva como “furiosa” para (dos años después) asegurar que “un pueblo puede morir de luz como morir de peste”, la imposibilidad de redención, su postura irreverente ante los temas sagrados y su irreligiosidad: la negación de un paraíso o un infierno. La vida del hombre en la tierra es un descenso en que el mal y las Erinias se pueden leer como una inversión de los altares y que tienen un paralelo en los “no-dioses” de su Electra Garrigó, también escrita en 1941, que encarnan el vacío y el absurdo de la existencia. “La ostra” puede ser interpretado como imagen del poeta que “apoyada sobre su ruina/ […] la música trenza”. Esa frialdad con que el sujeto lírico describe su entorno y convierte la fatalidad y el abismo en una carcajada tormentosa se descubre cuando comienza diciendo: “(e)ste helado cristal de la persona/ entre Furias cayendo se divierte”.

No me parece casual que al reunir Piñera su poesía en 1968 deseche los poemas que escribió entre 1935 y 1940. Quizá su manera personal de entender el mundo y el escepticismo ante un texto como “Coloquio con Juan Ramón Jiménez” de 1937 le hicieron organizar Las Furias, que preludia lo que desea demostrar en 1943 con “El peso de la isla”, primer poema de la siguiente sección (“El oro de los días”) y nombre que da título al volumen que presento. Junto al lenguaje lírico de los textos anteriores ahora irrumpe el tono coloquial, que llena gran parte de la producción poética del autor. Mezcla de estilos y tonos, deconstrucción de lo que llamamos “identidad nacional”, reconocimiento de que no tenemos historia. Es innegable que su discurso tiene acento excluyente y, además de ser épico, persigue demostrar que somos obra de lo eventual o del fatum; sin embargo, el lector que simpatiza con el mismo no tiene por qué sentir aversión por otra manera de ver la poesía. Lezama y Piñera conforman una unidad de tensiones que nos nombra, negar una parte sería segmentarnos. La luz de este país es epifánica y mortífera a la vez, ser “criatura de isla” es dádiva y castigo, es sentirse unas veces elegido y otras, huérfano. De esas sensaciones contradictorias somos testigos a diario. Conformamos una isla que se divide y se devora. Orígenes queda en el recuerdo como un mito, donde la respuesta ante los problemas sociales consistió en erigir la poesía como salvación o telos. Virgilio tiene una vigencia rotunda; su obra, tan cuestionada por Vitier y Baquero, ha demostrado poseer un sentido profético que devasta toda opinión en su contra. Algunos de sus últimos poemas ―sobre todo los de la sección “Digamos que hemos vivido”― poseen un tono más sosegado, menos agresivo, de una lenta melancolía, en los que se percibe un cambio importante en su poética: al final de la vida cree en la trascendencia a través de su obra; por eso, en “Bueno, digamos”, dice a Lezama: “nosotros ahora empezamos”.

Desde “La isla en peso” se muestra en Piñera el uso de latinismos que reaparece en poemas de experimentos posteriores, recogidos en el póstumo Una broma colosal de 1988, que Luis Marré y Antón Arrufat organizaron. El quebrantamiento del lenguaje sobrepasa en él el mero experimento. En su caso no se trata solo de jugar con el lenguaje, donde la poesía se mira a sí misma y es su materia y su fin, como el “purismo” en Mariano Brull; existe una convergencia entre el problema social y la segmentación de las palabras, combina lenguaje coloquial con verbos conjugados en latín, moviéndose con un singular talento entre la parodia y la angustia.

Arrufat advierte en la primera página que la recopilación no es exhaustiva, algo que diferencia a este libro del que se ha publicado y reeditado en Cuba como Teatro completo, donde falta una obra como Los ciervos. La última sección del libro recoge poemas inéditos del autor que están fechados entre 1935 y 1977, esos que había dejado “a la voracidad de mis biógrafos”. Otros fueron publicados con una nota introductoria de Luis Álvarez en la revista Letras Cubanas.
 
Ha quedado en la obra poética de Piñera un sello indiscutible: mezcla de frustración y amargura, con ironía y burla: humor piñeriano, punzante. Los poetas contemporáneos cubanos han asumido de su obra la frustración y el hondo pesimismo; su risotada de horror se ha erigido como pedestal que solo a él pertenece.

Notas:

1 Virigilio Piñera. La isla en peso, comp. y prólogo de Antón Arrufat, Ed. Unión, La Habana, 1998, 291 pp.