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Malqueridos y malditos
Rafael de Águila , 11 de enero de 2008

Ómnibus y cárceles suelen ser sitios con algún grado de presencia humana. Por fortuna, en el caso de los ómnibus la presencia suele ser mayor. Ese, aventuro, podría resultar el primero de los correlatos cuando se trata de Los hijos que nadie quiso, de Angel Santiesteban y Los malditos se reúnen, de David Mitrani, libros ganadores en sus respectivos años del Premio Alejo Carpentier. En ambas obras los personajes deambulan (en Santiesteban de modo aún más explícito y brutal) sobre las arenas de lo que Mercedes Melo llama espacios malditos  o tal vez entre uno y otro la malditud no ofrezca sino un rostro otro. Sin embargo, si los seres en Santiesteban parecen habitar tales espacios como outsiders (des)naturalizados, inmersos en eventos o contextos extremos, en Mitrani los personajes (que se relacionan animados por una turbulencia browniana) deambulan en un loci cotidiano. Y es precisamente el espacio, el contexto (o al decir de Eco, el frame) desde donde puede inferirse el drama que circunda y bate a cada personaje. Los espacios que elige Santiesteban llevan en su núcleo las células madres del via crucis que arrebatará a los seres que los habiten. Se trata de seres extremos insertados en espacios extremos que no parecen tener otra opción que vivir situaciones extremas. Ahí están esos espacios; la cárcel, una selva africana; una balsa que flota en el Estrecho; sitios que excluyen, desde su misma naturaleza, la irrupción de multitudes o las sosegadas y tranquilas luces de lo cotidiano. En Los malditos..., en cambio, los espacios delatan la más clara cotidianidad, clara, entiéndase, solo en apariencias. Todo puede emerger de la modorra del hombre que viaja en un ómnibus o el barman que coloca sobre la barra un doble; espacios comunes al vulgo, mas no nos llamemos a engaño; el fatum corretea por esos sitios, ata un personaje a otro y este a su prójimo y aquel a un tercero en una reacción en cadena que desata todo un engranaje (cuya fuerza motriz es un entramado de azar) para hilvanar una historia extrema, maldita. En Los hijos... se trata de personajes que han resultado elegidos (o empujados) a asumir actitudes que los adentran en determinadas zonas de exclusión. En Los malditos... no parece haber elección; es la multitud desde la que se eleva un ser cualquiera, llamado a escena a ojos cerrados, un ser al que las extremas madejas de lo cotidiano lanzarán sobre otro ser y así ad infinitud. Si en Santiesteban se adivina detrás de cada personaje un pasado condicionante, un ascenso al detritus desde sus primeras manifestaciones, un tsunami que los arrastra desde allí, en Mitrani los personajes transitan desde el pasado aburrido del vecino que cada mañana bosteza en el balcón hacia el presente que lo aherrojará con fuerza inexplicable. Uno explora al hombre en situaciones límites; el otro al hombre en el límite de las situaciones. 

“Erecciones en el bus” y “No hay regreso para Johnny” resultan las historias más representativas de lo browniano que sacude y lanza; el azar concurrente (y cómplice) va tejiendo una historia en la que cada ser es una partícula elemental de ese gran átomo que es lo narrado. La primera de estas historias es inaugurada por el hociquear de un perro, un can que apenas merodea dos párrafos ante el lector; mas no se cometa la ingenuidad de subestimar la importancia del animal como dramatis personae. Los planos subsiguientes aluden al pasado y el presente de seres que viajan en un ómnibus (incluso de aquellos que no están presentes en él); una provocativa chiquilla, su víctima erotizada, una segunda víctima que sufre la presencia de un falo en los glúteos, el chofer del ómnibus (que ha disfrutado de un affaire con la mujer del falosufriente), reacción en cadena que se desata desde el azar de un frenazo, frenazo, dígase al fin, al que se arriba en aras de no apachurrar al perro merodeante, animal que alguna vez perteneció a la víctima erotizada. Toda una suerte de cadena intervinculante anuda pasado y presente de cada ser para concluir con la feroz mordida de un perro, el can hociqueante de los inicios. En una hiperquinesia de lujo una lente cinematográfica se las arregla para regalarnos un vendaval de planos alternos (largos y cortos), locos travellings; del bus al perro merodeante, de la parada del bus al chofer, flash back y close ups en función de hacer correr ante los ojos del lector el leitmotiv de cada ser; todo cuanto ha sucedido y sucede a cada uno será la causa (¿el efecto?) que lanzará a unos sobre otros. El entorno cotidiano será escenario de extremas coincidencias. Algo similar ocurre en la segunda de las historias citadas. Mitrani se amuralla en esas dos narraciones donde lo browniano anima a un puñado de seres cuyas historias se imbrican con asombro. No fue precisamente el azar, tan invocado, el que llevó al autor a elegir ambas para iniciar y concluir el libro, nada de eso, esas historias son las key story.               

Por su parte Santiesteban ha elegido para concluir su libro una historia que bien pudiera ser llevada al cine; se lee “Los olvidados” y de inmediato acuden al recuerdo Full Metal Jackect, Platoon, o algún otro inolvidable drama bélico. Aquí la cámara se mueve lenta, con total parsimonia, si la cotidiana estrechez de un bus demanda la más rotunda hiperquinesia, el horror de la vasta selva invoca la parsimonia que acrecienta ese horror. No es el azar quien enlaza y hunde, es el espacio, el loci, quien impone sus tragedias, espacio en el que se ha incurrido a instancias de fuerzas externas. Si en Mitrani no se advierten culpas de elementos factuales no presentes en las historias pero actuantes como ocultos generadores bajo ellas, en Santiesteban tales culpas marcan inexorables el leitmotiv de cada drama. Si en Mitrani los personajes parecen libres de elegir, en su colega están forzados a elegir. Si para uno el fatum es el azar, para el otro es lo causal. En ambos casos, no obstante, los personajes no son en modo alguno dueños de sus destinos, vientos diversos les mueven, les asfixian, les hunden, el gobernalle no está en sus manos. El derrotero marca la derrota, elemento aquí indeleblemente trágico en su doble acepción de rumbo y capitulación. 

En Los hijos... se advierte en las víctimas un hálito de nunca olvidada humanidad; seres baldados y perdidos temen, sufren, lloran, explotan de ternura, remordimientos, atenciones para con su prójimo; la Perra siente lástima del golpeado; a los balseros se les despide en la orilla y a los ojos acuden lágrimas. Los contextos marcan destinos, sí, mas no cercenan  sentimientos. En Los malditos..., en cambio, los destinos tendrán su muesca, en ocasiones terrible, indeleble, pero no habrá lágrimas, los ojos quedan secos, la frialdad es absoluta. En el primero los personajes pueden ser víctimas o victimarios, cada uno tiene conciencia de ello, sufre por ello. En el segundo lo cotidiano (o el azar) parece desleír esos sentimientos.

A Mitrani no le basta el mundo real; fiel a la tesis cortazariana hace brotar el absurdo de situaciones en las que (apenas momentos antes) imperó el realismo. En la historia que brinda título al libro la madeja de lo browniano lleva a una trisomía que hace dudar de la presunta individualidad y en algunas otras piezas el absurdo será invocado para aherrojar, esclavitud mediante, un barman a un pianista; lanzar, en aras de impedir un disparo, cierta sombra ectoplasmática sobre un sicario o hacernos cómplices de una performance suicida.1 Y se juega. Sí, se juega con el lector, con los personajes, con la literatura, con la propia realidad, todo en una suerte de exorcismo que hace suponer que los límites no son los valladares del mundo físico; he ahí el mundo psíquico para desvariar a sus anchas, para, no sin echar mano a la fabulación burlesca como mera hipérbole de la realidad, obligar al lector a viajar como un alucinado por tales parajes. Si algún culpable ha de hallarse para estas historias medra en ese espacio, el inscape.

En Santiesteban, en cambio, el realismo mueve y conmueve, un realismo en ocasiones llevado a extremos hiperbolizantes (a los náufragos de esas aguas, desde luego, les asistirán razones para negar la hipérbole). No hay juego y menos aún burla. El horror inhibe lo lúdico y lo paródico. No es lo carnavalesco bajtiniano, es simplemente el horror. Si el narrador en Mitrani, ajeno a lo épico, se adentra no pocas veces en disquisiciones filosóficas, teóricas o ensayísticas, exploratorias de la memoria cultural o la psiquis humana, tales divagaciones no existen en Santiesteban; inmerso en lo real el narrador sufre su saña. Su planteo es épico en tanto ese espíritu tiene en situaciones y espacios límites su natural hábitat. “Los olvidados”, pieza en la que desde la hipérbole se cree entrever el relente del absurdo, puede ser tomada, más allá del horror que inspira, como experimento socio/psicológico de la deshumanización en situaciones límites. De alguna manera pueden trazarse paralelos con el pathos que anima a Mitrani en “El esclavo del pianista” (antítesis de lo aristotélico- nietzscheano, inmanencia del esclavo en cada hombre versus voluntad de poder) o “Ya llegará el día del cazador” (distorsión del objeto del deseo a partir de fetiches mediáticos).  

Otro detalle mitranesco deriva de la incursión de los personajes de una historia en otra. Una búsqueda de ese modus operandi nos coloca ante elementos que obran como antecedentes, reminiscencias de Modelar el barro, el primero de los libros de este autor. Huevi, personaje de la historia inicial, asoma su testa en las postrimerías y algo similar sucede con la flamante chiquilla erotizante que hace de las suyas en el ómnibus; más tarde será victima erotizada por el fetiche mediático. Lo browniano tiene su hábitat no solo en cada historia sino que se extiende a todo el libro. En Santiesteban si bien el loci puede reincidir (caso cárcel), a los seres se les despersonaliza en coincidente taxonomía zoológica (la Puerca, la Perra);  seres en diferentes fases de un desarrollo signado por el hábitat que les condiciona y transforma. Nada, vaticino, impide pensar que el jovenzuelo tímido y adiposo de la Puerca representa lo iniciático en el proceso hacia una femenil y alocada Perra. De Puerca a Perra; la hiperonimia delata un ascenso justo.

Los personajes en Mitrani no reciben solidaridad alguna de sus congéneres. En Santiesteban al matarife de ganado mayor se le aguarda con nerviosismo en el hogar, se le admira, es un héroe, ha logrado alimento para los suyos, la vecindad acude, implora para ser alimentada. Algo similar sucede con la chica a la que madre, esposo y abuela colman de cuidados tras las habituales noches de laburo sexual; los niños la reciben anhelantes, lo obtenido se reparte a los vecinos, hálito de la épica postmoderna de un Sherwood urbano,  new fashion de la Marian de Robin, se peca para aliviar a “desposeídos”. Épica citadina, jineteril.2

Entre Santiesteban y Mitrani serpentean ruidosas y alocadas las aguas. Sobre ellas, inmersos en el devenir que los crea y descrea, los acaricia o los agrede, los ata o los desata, devenir que pocas veces los salva y casi siempre los pierde, malqueridos y malditos parecen elevarse para infundirnos el temor de los extremos, sitios a los que alguien o algo puede lanzarnos, o de aquellos otros, los cotidianos, a los que las infinitas fuerzas del azar, las ignotas del destino o las inextricables del absurdo, suelen transformar no pocas veces en escenario de tragedias.

 

Notas:

1.David Mitrani. Santos lugares, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1997, obra en la que se enseñoreaba el realismo, bullen las diferencias.

2.Sintomático resulta el modo en que concluyen ambas obras. Santiesteban, quizá parodiando el apotegma Nietzscheano, acaba sosteniendo la inutilidad de Dios; Mitrani se despide con la fiesta etílica de dos de sus “malditos”.    
              

 

Alberto Marrero, 2014-09-30
Alberto Marrero, 2014-09-15
Alberto Marrero, 2014-08-29