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La palabra digna de nacer
Osmany Pérez Avilés , 07 de enero de 2008

La poesía me pertenece como el oxígeno o como la sangre...
DULCE MARÍA LOYNAZ

Irrefrenable impulso lleva a cruzar la verja, donde la poesía tiene cautivo su misterio. Muchos autores del género, inmersos en el hecho poético, han expresado sus concepciones en relación con el tema. Poe, Baudelaire, Banville, son algunos, pero si la definición proviene del “claro y profundo arroyo de poesía”1 que es Dulce María Loynaz, esa agua de río “[…] que se está yendo siempre… ¡Y no se va!”, seguramente nos ha de contagiar con la transparencia de su portentosa poética.2

“El poeta —escribe Virgilio López Lemus en su libro Aguas tributarias— tiene la misión de crear (o recrear) el mundo, o de transformarlo, de modo que cada orbe poético es un universo en sí”.3 Sin duda, se trata de una perspectiva creacionista, en la que el poeta, al decir de Vicente Huidobro en su “Arte poética”, “es un pequeño Dios”, cuya impresión se equipara con la auto-proyección que Sartre le concede al hombre en su “deseo de ser Dios”. Mas esto último solo conduce al fracaso. Huidobro ha empleado sencillamente una metáfora.

Una definición afín con la del poeta López Lemus, donde el vínculo que las asemeja es la re-creación del universo, la ofrece Dulce María Loynaz: “Un poeta es alguien que ve más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además, debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”.4 Porque en la autora de Jardín, la poesía tiene otra dimensión: la realidad invisible; de ahí que ese “hacer ver lo que ve” solo es posible a través de la comunicación, cuyo factor es esencial para el poeta.

Ante la elección de las palabras —el sistema de signos tomados de la interpretación personal del mundo, donde es válido recurrir a la tradición lírica anterior—, el poeta escribe los versos obedeciendo a su ideal estético y a “[…] su gran potencia observadora”,5 sin descuidar al receptor, quien ha de reconstruir el significado, el cual acomoda continuamente.

No olvidemos la aguda mirada de Baudelaire: “Hay que ir al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, decía el simbolista, quien, como lo cataloga A. Rimbaud, […] es el primer vidente, rey de poetas, un verdadero Dios”, cuyo original acierto estriba en su acercamiento, por vez primera en la historia, a la función poética, abordada conscientemente “[…] como conocimiento sistemático de los misterios del alma”.6

Por tanto, el poeta, creador de una poética —entendida esta como ese “conjunto de principios o reglas, explícitos o no”— en consonancia con su gusto estético, puede definir lo que es para sí la poesía.

El poeta Eliseo Diego, bajo la influencia de “esa enigmática experiencia humana”,7 quedó atrapado en su propio atisbo cuando intentaba definirla. Por eso, se interesó por la definición de Gustavo Adolfo Bécquer:

[...] Quizás, al fin y al cabo, la mejor definición sea la célebre de la romántica rima según la cual «poesía eres tú» si por tú entendemos, no solo la linda muchacha a quien Gustavo Adolfo Bécquer dijo el requiebro cierta mañana, o tarde, o noche, de su vida ya acabada, sino la realidad en pleno que está en torno nuestro, siempre que la miremos con amor, o con odio, o como sea, pero al modo en que se mira a una mujer cuando le decimos tú con los sentidos bien despiertos.8

Como algo inmanente al ser, cada poeta entiende la poesía según el aspecto que esta tome en sus sentidos. Decir “tú” a esta realidad, cuya esencia “tiene el sentido que camina y la melodía que vuela”,9 halló, para Edgar Allan Poe, inspiración en la vigilia; para Baudelaire, expresión de belleza y hastío y, para Banville, una suerte de magia o de hechicería, lo que revela solo escasos ejemplos de cuán variada y misteriosa pueda ser la naturaleza de la creación poética.

Dulce María Loynaz la define de esta forma:

La poesía es traslación, es movimiento [...] Si la poesía no nace con esta actitud dinámica, es inútil leerla o escribirla: no puede conducir a ningún lado. Es necesario que esta facultad esté enderezada al punto exacto, porque de lo contrario solo lograría caminar sin rumbo y no llegar jamás.10

Fuerza ciega o enérgica, que adquiere movilidad, “enderezada” hacia una meta, limpia de expresión, son los tres postulados que Dulce María otorgó a la poesía. Esta definición se relaciona, en principio, con la del autor hindú Rabindranath Tagore, quien le otorgaba carácter de infinito. Asimismo, la definición loynaciana, inevitablemente mueve a citar el poema “Meta”, quizás uno de aquellos que intercaló para ampliar sus Juegos de Agua: “Yo seré como el río, que se despeña y choca, y salta y se retuerce... ¡Pero llega al mar!”.11
 
Nada sobra y nada falta en esta breve prosa poética. La hojarasca, como Dulce María consideró al adjetivo, ha sido podada antes del apego con las palabras, puesto que “[…] hay que expresarlas sin recurrir a ellos, o recurriendo lo menos posible”.12 El uso de los verbos connota —son verbos de movimiento—, un movimiento raudo y vigoroso. El agua del río al fin llega al mar: su meta. Este hermoso símil resume el alcance de su pensamiento.

Reflexiva como soñadora, el talento en Dulce María va del verso a la prosa, pues la lira no abandona su horizonte de imágenes y metáforas, cualquiera que sea la forma de expresión. Su voluntad de escribir bien está impulsada por el don, que es innato; he aquí el “rango de milagro”, cuyo ministerio ha de ser el noble servicio de escribir poesía.13
 
Dulce María apunta que “la poesía debe tener igualmente instinto de la altura”;14 esto es no quedarse en el arbusto, sino crecer hasta igualarse con el árbol, “[…] con agilidad y precisión, de lo contrario perderá el impulso original antes de alcanzar la meta”.15 No debe adornarse, porque los aditamentos frenan la celeridad de ese crecimiento. Tampoco ser oscura, ni descuidar el mensaje destinado al público, aunque nuestra poetisa, a pesar de los esfuerzos por impedirlo, haya reconocido en su bregar literario a la luna, con “[…] una mitad en la sombra, que nunca —¿nunca?— podrá verse desde la tierra”.16
 
Resulta atrayente cómo dentro de la realidad, la aprehensión estética —quizás la más importante para la verdad poética, entre las aprehensiones práctica y científica— permite a Dulce María expresarse mediante lo emotivo, lo sensorial y lo intelectivo; resortes que no se encuentran separados en la personalidad que cultiva la poesía.

En nuestra poeta-escritora se observa cuál de estas capacidades predomina en los diferentes momentos del conjunto de su obra. En Versos, 1920-1938, prevalece lo emotivo, con el grifo de íntimas esencias; en los Juegos de agua, fascinados por el oído y la vista nos conduce por el rumbo de la senso-percepción, donde nos confiamos a su juego acuífero-imaginativo; en Poemas sin nombre, nos entrega una poesía propiamente intelectiva. Nos obstante, las tres capacidades de la aprehensión estética, se aprecian en toda su obra.

Otras alusiones de poēsis se reflejan en sus textos; por ejemplo, en el "Poema CXVII", donde el concepto se enlaza con el dolor; en la libertad que alcanza su verso en el poema “En mi verso soy libre” y en la síntesis lograda en el "Poema CXI".17 Del mismo modo se devela su oposición a la oscuridad del verso en la opinión encontrada en una de las epístolas dirigidas a Emilio Ballagas.18

Ahora el público le sonríe y aplaude. Tal vez comprende que la poesía nace también de la inteligencia, el talento y el don de Dulce María, quien aseguró que nunca se propuso escribir versos sobre un tema específico. Mientras la imagino complacida, aclamada en el Lyceum de La Habana por la selecta concurrencia, entiendo por qué ha dicho que “escribir no es cosa fácil en mí”.19 La poesía es la gracia del instante, un instante puro de sensibilidades. Pero ese instante de creación es doloroso. Acaso entonces, la voz de Dulce María resuena todavía como un eco que viene del lejano agosto de 1950, con absoluta precisión, y el autor de estas líneas repite con ella la sentencia que versa: “[...] sólo con sangre y con espíritu es la palabra digna de nacer”.20

Notas:

1 Carmen Conde: “Una isla que conserva intacto su misterio”, en: Pedro Simón: Dulce María Loynaz, serie Valoración Múltiple, Ediciones Casa de las Américas y Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1991, pág. 105.
2 Dulce María Loynaz escribió el texto intitulado “Mi poesía: autocrítica” a petición de su amigo Raimundo Lazo, cuyas páginas presentó a un grupo de alumnos de la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana, en agosto de 1950, en el Lyceum de La Habana.
3 Virgilio López Lemus: Aguas tributarias. Ediciones Unión, La Habana, 2003, pág.15.
4 Pedro Simón: Ob. cit., pág. 81.
5 José Martí: “La poesía”, en: Obras Completas., T. VI, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pág. 368.
6 Cintio Vitier: “La rebelión de la poesía”, en: Crítica sucesiva, Ediciones Unión, La Habana, 1971, pág. 27.
7 Eliseo Diego: “Homenaje”, en: revista Letras Cubanas, Editorial Letras Cubanas, año II, no. 5, julio/septiembre, La Habana, 1987, pág. 33.
8 Ídem.
9 Rabindranath Tagore: Obras escogidas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1985, pág. 418.
10 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en: Pedro Simón: Ob. cit., pág. 81.
11 Dulce María Loynaz: Poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, pág. 83.
12 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en: Pedro Simón: Ob. cit., pág. 95.
13 Dulce María Loynaz no pecó de falsa modestia ante la pregunta que le hiciera el amigo e investigador Aldo Martínez Malo. Ella reconoció que escribía bien, cuando declaró: “Amigo mío, si no, no hubiera escrito”.
14 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en: Pedro Simón: Ob. cit., pág. 81.
15 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en: Pedro Simón: Ob. cit., pág. 82.
16 Carmen Conde: Ob. Cit., en: Pedro Simón: Dulce María Loynaz, serie Valoración Múltiple, pág.104.

17 “He ido descortezando tanto mi poesía, que llegué a la semilla sin probarle la pulpa” (Poemas sin nombre).
18 Los ejemplos hasta aquí ofrecidos se abordan más a fondo en textos siguientes.
19 Dulce María Loynaz: “Mi poesía: autocrítica”, en: Pedro Simón: Ob. cit., pág. 97.
20 Ídem.