“A veces me parece que jugando con el desenlace uno llega a familiarizarse con él”, así se refirió a la muerte Lisandro Otero en una entrevista cuando cumplía setenta. Cinco años después, un jueves de enero frío, como de ficción, fallece quien fuera un narrador vital, soldado y cazador de leones en sus fantasías.
Cuando recibió el Premio Nacional de Literatura en el 2002 se reconocía una obra que había marcado un periplo definitivo en las letras hispanoamericanas: La situación (premio Casa de las Américas), En ciudad semejante y Árbol de la vida; Pasión de Urbino, Temporada de ángeles y Bolero, novelas que se inscriben ya por derecho en el inventario de lo mejor de la narrativa escrita en lengua española.
Decimos adiós al escritor, al periodista, el capitán de la Academia Cubana de la Lengua, con el desconcierto natural que la muerte provoca. Lisandro Otero, que confesó ser el conjunto de todos sus personajes, nos podría decir ahora como el Luis Dascal de La Situación: “El horizonte está enrojecido y no tengo conciencia del tiempo”.