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El rostro poético de Roberto Méndez
Roberto Manzano , 09 de abril de 2008

Una poesía de una estremecida autenticidad atraviesa El rostro (Letras Cubanas, 2007), de Roberto Méndez.  Su trayectoria poética, ampliamente conocida, ha venido evolucionando poderosamente, en correspondencia con su existencia misma, y hoy el poeta exhibe una maestría incuestionable: lo que llamamos, de forma estrecha, Cultura, y lo que llamamos, de forma amplia, Vida, son hoy dos hemisferios definitivamente soldados en su escritura del Mundo.

El rostro es un tríptico formidable —tan estupendo como los alcanzados por los pintores, quienes aventajan a los poetas en estas distribuciones simbólicas— que despliega tres haces de la misma luz asombrosa advertida por el poeta: la realidad cotidiana, tan signada por demonios meridianos, donde contienden el arte y la destrucción, la fluencia turbulenta de lo público y el recogimiento productivo de lo doméstico, la voracidad histórica y el relato dulce de la ensoñación; la aparición y propagación de la presencia fascinante de la Esposa, espacio demiúrgico, donde cuerpo y espíritu convidan a la reproducción del mundo, y donde lo interior alcanza un centro de plenitud exterior, y la posibilidad de encuentro y diálogo con la divinidad, su confortadora e imprescindible presencia, en las que el Arte, el Hijo y la Esposa concurren, como avenidas gloriosas, a la gloria inmarcesible del Rostro más alto.

Como puede verse por su misma estructura de significados, El rostro es un tomo de poesía que no se permite concesiones, que trabaja con los grandes asuntos desde la más cotidiana fiesta de los sentidos, y que gana plasmaciones simultáneas, como en todo genuino conjunto de poesía. La homogeneidad versal no le resta fluencia, sino que intensifica la identidad de la voz, a la vez que provoca cierto aire de ensalmo abierto, de oración proyectada desembarazadamente. Bajo unas improntas muy personales, sus versículos, de naturaleza narrativa, crean con fuerza, sin embargo, evanescentes atmósferas líricas. Leído el tomo completo, queda el gusto en la mente de haber visitado un especial frontispicio de emblemas.

El rostro constituye toda una teoría de las relaciones entre lo que suponemos real y lo que suponemos ilusión. Según sus páginas, tener rostro es alcanzar una plenitud de armonías, una trabajada congruencia de propósitos, una manera de estar o disfrutar las fronteras entre la destrucción y la salvación. El Poeta es el viajero, el paseante, el que escribe en la penumbra para dejar un testimonio casi hinóptico de estos desplomes y apariciones que nos ofrece la posibilidad efímera de estar vivos, y es el que cuenta, más que el que canta, esos relatos que nos deslumbran de cómo lo real se proyecta en las grandes mentes. El saber que no se sabe, la gratitud de poder dar testimonio, el deleite de amar y reproducirse en otro destino, son todos los premios a que debe aspirar el que alcanza facciones verdaderas. Por encima de todo, está el divino Rostro, en cuya misericordia infinita nos vemos definitivamente.

Ya sabe el lector que tiene un libro cosmovisivo, lleno de pensamiento y rico en sensaciones, que ha sido escrito con autenticidad y elocuencia. Como todo libro jugoso, ha de consumirse con detenimiento y paladeando sus ofrecimientos más altos.  El rostro, de Roberto Méndez, es una propuesta estética y humana de ejemplar complejidad y excelente factura artística.