Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 8:18 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 216 | ver otros artículos en esta sección »
Página
Una conversación inusitada
Marla Muñoz , 14 de junio de 2008

Zeta, protagonista de Cien botellas en una pared, ha entablado conmigo un diálogo que quiero compartir. Gira en torno a una manera de observar el racismo en el que reconozco, al menos, una parte de mi visión del asunto.

Entre otras cosas, ella dice: “Podrá parecer raro, pero no. Conozco gente así, que ven a los negros como si fueran bultos (con los chinos pasa lo mismo), siluetas de carbón, imprecisas oscuridades…”.

Yo también creo que es así. Me parece que esa es una de las formas más despiadadas de ese prejuicio, que tiene que ver con la percepción de que “todos los negros son iguales”, lo que, naturalmente, incluye el físico. Dudo que haya quien se atreva a decir que eso no tiene lugar. No importa que la apreciación la rescate una novela, género que coloca al libro del que Zeta es narradora en la esfera de la ficción, y que “ficción”, estrictamente hablando, sea antónimo de “realidad”. No importa.

El racismo contra los negros tiene aquí, como en otros sitios, supongo, muchas maneras de expresarse. Más allá de esa tremenda que Zeta anuncia (o más bien denuncia), en mi opinión la peor es la que lo asocia a la broma, al chiste, porque es la forma más común, la que se recibe y transmite con más deleite, atenida a una supuesta, benevolente y única relación con el carácter nacional, con el choteo criollo, lo que, supuestamente, disminuye su nivel de indecencia. Parece que viene, como todas, además, de hace muchísimos años. En mi memoria al menos, de la época que ciertamente me antecedió (decididamente no soy tan antigua) del vernáculo dúo teatral del gallego y el negrito. Y terca y generosamente se extiende, más allá de la calle y el barrio, que son sus lugares por excelencia, hasta los humoristas de hoy, ya sea en el teatro Mella o en la discoteca El cocodrilo. Con la televisión no se atreve abiertamente, como tampoco se atreven otras cosas, anden o no por caminos necesarios, que no es eso lo que interesa ahora.

En contra de esa primera apreciación Zeta probablemente recuperaría, a través de un personaje que no sea uno de sus amigos, esta frase: “Compadre, si yo tengo montones de amigos negros…”. Pero con seguridad, junto a mí señalaría que esa declaración, que viene de personas blancas y resuena con cierto tonillo justificativo, aunque a primera vista pudiera parecer que da cuenta de un posicionamiento antirracista, es decir, socialmente justo, incluyente, como se dice ahora, no es de tal índole. Si no, ¿por qué un grupo de gente blanca se vale de ella con alguna frecuencia? ¿Por qué nadie dice nunca: “Compadre, si yo tengo montones de amigos blancos”? Entonces, ¿será que la declaración primera encierra una sospecha?, ¿será así? Otra vez creo que sí. Y es Zeta la que anota ahora que “(…) resulta bastante desagradable cuando algún blanco exhibe (sus prejuicios) delante de uno, con tremenda naturalidad, como dando por descontado que uno piensa exactamente lo mismo: que los negros son la peor basura que existe sobre la faz de la Tierra”.

La declaración aludida, que repica generalmente ante una eventual protesta –de lo que la “gordita socarrona” bien pudiera recelar-, sostiene una manera, que me parece muy rara, de hacerse ver no racista. Por ahí va su trotar, disfrazado de inocencia.

La frase, nos guste o no, presenta otra de las maneras en que el racismo se eleva en nuestro entorno social, a pesar de la cantidad de negros y negras que hay en Cuba; no obstante que, como afirmamos, “aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí”; más allá de que nunca fue como en los Estados Unidos, por ejemplo; a pesar de que en esta isla nadie se llama a sí mismo afrocubano, sino simplemente cubano; pese a los presupuestos antirracistas que la política nacional ha pronunciado honestamente en oportunidades varias del triunfo revolucionario acá.

Efectivamente, en un trabajo publicado en La Gaceta de Cuba, Alejandro de La Fuente  recuerda que: “A sólo tres meses del triunfo revolucionario, Fidel (…) declaró que “El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los más complejos y difíciles de los que la revolución tiene que abordar…”

Consta en mi memoria, que no soy investigadora social ni nada por el estilo, que de ahí en adelante la voluntad política en ese sentido, como en otras cosas, sería clara y decidida. “El movimiento revolucionario que tomó el poder (…) -sigue diciendo De la Fuente-  se identificó rápidamente con la visión popular del llamado problema racial cubano. (...) varios actores sociales y políticos interpretaron el triunfo revolucionario como una oportunidad –quizás la oportunidad- para acabar con el racismo de una vez por todas”. Así creo que fue.

A partir de ahí, o más bien por ahí, el racismo sería “oficialmente” erradicado. No hay duda alguna que la Revolución lo despreció tan honradamente como a muchos otros males sociales heredados. Pero junto a eso, como problema, sería también olvidado en la agenda de debate público. Por lo menos así me parece a mí. Claro que ya no hubo más sociedades de blancos, de negros y de mulatos, cada una por su lado. Cierto que ya los negros y negras no tuvieron que pasearse por sus zonas en los parques de los pueblos. Verdad es que por allá por los años ochenta, en derroche de úkases y orientaciones, se abrieron paso políticas que privilegiaban la contratación y promoción laboral a favor de mujeres, negros y jóvenes, hecho que ahora creo que se llama “acción afirmativa”, bajo el cual, digo de paso, se ponía en discreta evidencia que, como país, todavía nos las veíamos con exclusiones diversas.

Pero la cosa no pasó de ahí, o más bien se detuvo ahí: las orientaciones, las promociones forzadas sustituían el examen –que entre otras cosas tiene que ver con la historia- alrededor de preguntas como estas: ¿por qué mucha gente sigue siendo racista?, ¿por qué también mucha gente quiere seguir “adelantando”?, ¿por qué ante un hecho delictivo perpetrado por un hombre negro se dice: “Tenía que ser”?, ¿por qué a veces hay que aclarar que “es negrito, pero decente”?, ¿por qué María, que es una amiga mía, negra, le dice “mi negrito” a su hijo y yo no le digo “mi blanquito” al mío?

Entonces, ante la ausencia de respuestas a esas y otras preguntas, me parece que esa manera de que el país se valió para arremeter contra el asunto fue carencial. Me parece que no se percató con la hondura necesaria de que se trataba de meterle el pecho a un asunto de cientos de años de vida y, por lo tanto, de profundo enraizamiento nada más y nada menos que en la cabeza de la gente, lugar de donde, como se sabe, es complicado tanto extraer cosas viejas, dadas por sentadas, como inculcar otras que “nos mueven el piso”, lugar de sostén de las certezas aparentes, entre otras.

No recuerdo que hubiera debates intencionados hacia las esencias de esos temas raciales. No los había, al menos, en los ambientes donde yo me movía. No recuerdo que se educara especialmente sobre el particular. En su lugar, eso sí, por aquellos años bastaba que hubiera una indicación, un ligero olorcito a cosa-fea-que-no-se-hace para que la gente se limitara a la hora de poner al descubierto su racismo. Entre revolucionarios, que éramos mayoría, no era bien visto ser racista. Mucho menos hacerlo saber. Eso sí lo sabía perfectamente todo el mundo.

¿Qué hizo entonces la gente con su viejo racismo? Pues lo mismo que con su religiosidad: esconderlo. De la misma manera en que, en casos dados, al llenar una planilla para ingresar al partido se colocaba una crucecita al lado del NO, en la pregunta: “¿Cree en Dios?”. “Total, que más da, si lo que se lleva por dentro sólo uno mismo lo sabe. No hay planilla que lo descubra.” Esa parecía ser la lógica de ese comportamiento.

Porque para un grupo de gente, de gente buena incluso, esas eran mentiras blancas , no dañinas. En el caso de la religiosidad la cosa para muchos y muchas aparentemente iba por aquí: “Yo creo en Dios, y quiero ser militante del partido, porque me reconozco en su programa, porque comparto sus ideas y propósitos, porque serlo es alcanzar el más alto nivel de legitimación de mi posición política. Entonces, ¿qué más da que niegue a Dios en una planillita si eso está dentro de mí, no se ve, no daña a nadie y Dios mismo me lo va a perdonar?”.

Con el racismo la cosa era un tanto diferente, pero también se movía por los escondites. Cierto es que nunca la planilla de marras preguntó si se era o no racista. Pero la gente sabía, ya lo dije, que serlo no era bien visto. Una complicación más se añadía aquí: al ser censurada la religiosidad, también se censuraba la práctica de las religiones llamadas afrocubanas, que a mí me gusta más decirles cubanas de origen africano, las de los negros.

Pero como en todo lo que tiene como asilo al alma, ahí también era fácil mantener la artimaña: “No lo declaro, o más bien me declaro no racista, pero ¡que me voy yo a empatar con ese tipo que es un negro!, ¿será fresco?”. “Si mi hija se casa con un negro, me muero”. Quiere decir que el asunto se resolvía en casa. No había que socializarlo y san se acabó. ¡Total, qué más da!

Así creo que era. También Zeta, mi cómplice en estas notas, se concilia con mi apreciación, a pesar de que su mirada es mucho más joven que la mía. Ella dice que “Mucha gente lo niega, pero en este país hay un racismo (…). Antes, cuando yo era chiquita, se disimulaba un poco. Ya ni eso.”

Ciertamente, antes de los noventa, período el último en que transcurre la historia que ella narra, era así: el racismo se disimulaba más. Yo diría que, en general, se ocultaba deliberadamente lo más posible. Como la religiosidad, estaba privatizado.

El problema es que lo que es de la zona de la subjetividad se privatiza ahí mismo. Por lo tanto, habitualmente sigue en ese lugar, aunque no se vea con los ojos, y cuando le dan un chancecito, vuelve a echarse a andar. Quiere decir que para sacarlo de ahí hay que trasladarlo de lugar y “darle coco”, como bien pudiera decir Zeta. No hay otro modo de  exterminarlo.

El contradictorio período especial, entre otras cosas, como se sabe, se ha encargado de desatar desprivatizaciones, muchas de ellas resguardadas en la profunda intimidad personal.
La gente empezó a llenar las iglesias, muchos y muchas se hicieron y se hacen santo. Por ahí fue la cosa en cuanto a la religiosidad. El suceso no fue insólito. Todas las crisis económicas y sociales elevan la religiosidad. Así como algunos pueblos a lo largo de la historia se han convertido a otra religión porque sus dioses anteriores no les respondían, también cuando la sociedad no puede responder a las angustias personales, se vuelve a los dioses, a los santos y al copón bendito. No hay originalidad alguna en lo que pasó con la religiosidad en la Cuba de los noventa, lo que, además, a mí no me parece dañino.

El racismo también se desprivatizó. La apertura que sucedió en algunos terrenos a los pocos años de iniciada la crisis no podía tener resortes que garantizaran que unas cosas entraran y salieran y otras no. La libertad que da jugársela para sobrevivir, que fue lo que nos pasó, desanudó prácticas, sentidos –malos y buenos—que teníamos dentro, y las echó a rodar públicamente otra vez. Ejemplos hay. No es raro que sea así.

Pero lo que no es bueno es que pervivan comportamientos que nada tienen que ver con la idea de sociedad de futuro a la que, yo creo que sinceramente, muchos cubanos y cubanas hemos puesto un empeño tremendo, casi sin recesos para tomar aliento. El chiste racista retoma espacios de lujo en teatros y discotecas cubanas. Negros y negras no los protestan, más bien los ríen y hasta los dicen. El Salón Rosado de La Tropical, como se vio en Suite Habana, es solamente negro, como si al resto de habaneros y habaneras no les gustara bailar.
Sí, hay más parejas interraciales. También hay más blancos y blancas que se hacen santo. Menos mal. Pero más de una persona me ha dicho que Santiago de Cuba –ciudad que visité hace poco luego de más de cuarenta años, y que me pareció que el período revolucionario ha puesto  preciosa—está horrible porque “cada vez hay más negros”. ¿Qué quieren?, ¿que haya suecos?

Pero cuidado. Si desprivatizar el racismo nos dio la dolorosa medida de su permanencia, peor aún es privatizarlo. Cualquier privatización en estos campos sociales -de la que las prohibiciones son antecedentes-, lo único que da son posposiciones incómodas y eventualmente peligrosas. Y el tiempo, diga lo que diga Einstein, que no sé bien lo que dijo, no es infinito. Por lo menos no lo es para nosotros y nosotras en esta hermosa isla, una de cuyas cosas más bonitas es, precisamente, su mezclada racialidad.

Una aclaración:

En la contraportada de Cien botellas en una pared se dice: “Tomando como escenario La Habana de los años noventa la protagonista se desplaza por el mundillo artístico y marginal…”. Yo añado: no sé si tan artístico ni tan marginal. No sé si mundo o mundillo. Sí creo que ocurre  en ambientes reales. Eso sí. No soy crítica literaria ni ocho cuartos, pero la novela me parece muy divertida y aguda, que una cosa no quita la otra.