Diario del ángel (Letras Cubanas, 2007), de Pedro Llanes, es un extraordinario libro de poesía. Pasma que su obra haya nacido en los Ochenta ya bien demarcados, pues lo que ha logrado imponerse como característico de esta década nada tiene que ver con lo que Pedro Llanes es como hombre de nuestra época y como artista verdaderamente singular. O es que debajo, al lado, por encima de lo que consideramos representativo de los Ochenta, hasta ahora un poco esquemáticamente, hay una poesía tremendamente hermosa que descubrir y reconocer de modo vertebrado. Pienso, junto a Pedro Llanes, en Rafael Almanza, Jesús David Curbelo, Heriberto Hernández, Roberto Méndez, que no resultan afines con lo que ya se nos antoja clásico de los Ochenta, que si bien cambiaron la estimativa de la poesía no supieron girar sino insistir sobre los instrumentos expresivos de lo que combatían. En el magnífico prólogo que para esta edición ha escrito Rogelio Riverón, testigo de primera mano y analista profundo, se nos informa que ya antes de 1989 la primera versión de Diario del ángel circulaba oralmente. Así que en el actual tomo poético que ahora nos ofrece Pedro Llanes disfrutamos su versión definitiva, completada con los Apólogos para la muerte de una nereida y los Sonetos de la estrella rota, sección que leí como libro independiente en 1999, como parte del jurado que le confirió el premio de las Ediciones Sed de Belleza.
Mucho cuidado tienen que tener los críticos que acepten como válidos los marbetes de contemplativa, desasida, sinflictiva, esteticista, para una poesía de alta elaboración, cuyos mecanismos de apropiación de la realidad no son periodísticos ni sociológicos. Sí nos parecerán justos, como ya lo arrima en el prólogo, desde Northrop Frye, nuestro amigo Riverón, los calificativos de enciclopédica y discontinua. El primero, porque sin vastedad de saber, buscando solo transgresiones éticas o públicas, el lector no topará con sus médulas líricas; el segundo, porque desde la ironía o la ingeniosidad, que necesitan discursos lógicos que revertir, no se podrá jamás entender la soberana fluidez y rapidez de lectura que poseen como atributos los textos de Pedro Llanes, asentados sobre matrices henchidas de saltos verdaderamente ecuestres, sin una aparente trabadura lógica.
Dado el espacio disponible, resumo con prontitud, solo como suscitaciones teóricas para demorarse más en ellas en algún momento, las coordenadas implícitas de su práctica poética: primera, la capacidad de enriquecer el discurso lírico desde los predios instrumentales de lo épico y lo dramático, visible en la concepción del poema como una entidad que narra sin narradores, sin diálogos, sin descripciones, sin acciones enmarcadas, conteniendo todos estos recursos en la amalgama de la atmósfera lírica, y dentro de una dramaturgia secreta, que ya prescinde de los nombres con parlamentos, de las acotaciones, de las didascalias, pues el sujeto lírico es ya el gran korodidáscalo, que todo lo sujeta y funde en el hilo de la figuración emocional; la segunda, su maestría absoluta de los enunciados poéticos, que se suceden versal y oracionalmente, sin grandes períodos constructivos, con una fricción léxica y sintáctica entre enunciados yuxtapuestos, que generan en la cadena ese enigma fascinante de su mensaje; la tercera, su habilidad para el trabajo simbólico, pues si algún poeta cubano de hoy maneja con inobjetable pericia los símbolos —la magna puerta de la poesía— es el autor del Diario del ángel. Son raros entre nosotros, los poetas cubanos de ahora mismo, los que han demostrado saber ofrecer la apoteosis de la Poesía a través del Poema. Pedro Llanes no quiere construir textos desmedulados, o artefactos visuales o léxicos, o denuncias periodísticas de nuestros dilemas ciudadanos, sino Poemas, espacios de sensibilidad donde palpite con acendrada fuerza la Poesía. Solo asumiendo la responsabilidad total del Artista se pueden alzar obeliscos de tal naturaleza. Pedro Llanes sabe que la poesía es el más alto obelisco simbólico de la especie humana.
Un lector de poesía que entra por un cuaderno de tal naturaleza y no ve los movimientos espirituales profundos del poeta, debe suspender la lectura, y solo entrar en tal recinto cuando ya sus sintonías intelectivas y emocionales estén listas para el ofrecimiento. Diario del ángel espera por ti, amigo lector, si te encuentras ansioso de espiritualidad, misterio y belleza.